Gracias al Dj y cineasta Kwame Ondo, actual coordinador de Panafricanos Barcelona y que pinchó en la fiesta posterior al estreno de la película en el CCCB y la insistencia del profesor africanista Josep Perlasia, he podido acercarme a la gran pantalla y disfrutar con palomitas al documental, El escritor de un país sin librerías, del periodista y cineasta catalán Marc Serena. El film, refleja la situación cultural, social y política actual de Guinea Ecuatorial a través del relato del escritor Juan Tomás Ávila Laurel, ( Malabo, 1966) protagonista del largometraje, está en el exilio español por su disidencia política desde 2011, tras iniciar una huelga de hambre durante la visita de José Bono a su país, protesta en la que el Movimiento Panaficanista organizó el comité de apoyo internacional. El autor de poesías, crónicas, cuentos, teatro y novelas como Arde el monte de noche o Cuando en Guinea se iba por mar, Rusia se va a Asamsé o Cuentos crudos; y de ensayos como, Cómo convertir este país en un paraíso: otras reflexiones sobre Guinea Ecuatorial. Es una película muy sensible sobre una persona africana de un país de negros que hablan castellano llamado Guinea Ecuatorial. La película se ha rodado más en Bata capital de la región continental que en la isla. Algunas imágenes han sido rodadas dentro del país con un buen trabajo de posproducción estética de los encuadres de la dictadura. Malcolm X decía que la sorpresa ante la traición es el arte de los perversos.

A mi lo que más me sorprende del cine es su capacidad de construir imaginario, es decir el cine como arma política, ha ayudado con sus matices y sus muchas variantes para construir el relato de la neocolonialidad donde Ávila se rasca los bicep. En esta recurrente escena explica un poco la razón de Estado de la dictadura más cruel y sanguinaria. El film nos lo traslada de una forma directa, concisa y clara sin la brutalidad típica de los dictadores negros que Hollywood tanto ama como Idi Amin, Biya u Obiang Nguema: pero esto lo sabemos no gracias al escritor anobonés, sino a través del músico rapero Negro Bey que salva la película y hace que valga la pena. Es una presentación clara y concreta de personajes, un paralelismo metafórico de la realidad y conducta cultural de un país donde Guillermina con sus 500 pares de zapatos fue ministra de cultura. Tras lo cual la historia de Guinea no está en los libros sino en películas como ésta. El escritor de un país sin librería es extraordinariamente liberal porque fue extraordinariamente individualista, y por tanto existencial. Las relaciones de alteridad que se presentan en el film son más bien Housse Negro de uno para con otro y los grand drama de los personajes es entenderse así mismos preguntarse sobre su propia relación con su existir, con su pasado con su memoria. Avila huye de una ficción de sí mismo con su pasado, con su memoria en cambio vivimos en este film parábolas sociales cercanas al kemitismo. A una ciencia ficción colectivista que huye de las parábolas sociales que buscan el existencialismo, y ésta es una constante en la obra de Marc Serena.

Al menos se aleja del tópico: todos los fang son salvajes, caníbales, homófobos y de paso: opresores. Aun así, la película desde luego no es panafricanista. Marc Serena no es Spike Lee ni Usman Semben Como diría Sister Souldjah, “es un poco comesandias” , pues el noventa por ciento de la narrativa del film es muy eurocéntrica, muy blanca y cuya mirada de Guinea, África y la Negritud es muy ONG progre misioneros blancos. Los afrocentristas y cimarrones no aguantarian cinco minutos ya que su narrativa anula la resistencia para optar por la esperanza, pero yo me la vi entera. Allí hay una realidad que opera fuera de la ficción y Marc lo incorpora a sus narraciones donde la contradicción: oportunidad versus oportunidades suponen un sustrato que al menos no cuestiona la colonialidad del ser de la tiranía nguemista y ese sustrato liberal neocolonial basado en la sobrerrepresentación en la ficción afro, está hecha para académicos e investigadores blancos alemanes democristianos de Kolh y Merkel, país donde los autores desean proyectarse. Es algo de parodia precisamente de esa hiperteorización donde puedo decir lo mismo y lo contrario. Una visión poética de Guinea Ecuatorial y la isla de Annobón. Juan Tomas Avila queda muy bien en la pantalla a lo Laurence de afroArabia anobonés. Sin embargo insisto es muy interesante, ya que es un aspecto que suma y está bien, por que es un dato objetivo, todo lo demás es interpelable.

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