Desde Murcia nos llegan los ecos del abochornante escándalo protagonizado por el consejero de Sanidad del Gobierno regional que, saltándose todos los protocolos sanitarios, se ha colocado en primera fila para que le pongan a él, antes que a nadie, la milagrosa inyección contra el endiablado coronavirus. Sonroja pensar en ese servidor público que debería dar ejemplo de ciudadanía, de valor y de capacidad de liderazgo que se ha remangado la camisa cobardemente ante la enfermera armada con una jeringuilla mientras sin duda pensaba aquello de yo primero, por si las moscas. El artista, que ha puesto como excusa que es médico y que responde al nombre de Manuel Villegas, no es el único que ha pasado a engrosar la infame lista de los aprovechados que han empezado a practicar la picaresca con las vacunas, sino que al parecer hay otros altos cargos de su departamento de Salud que también han hecho valer su poderosa influencia para inmunizarse cuando no les toca, lo cual no deja de ser un claro caso de flagrante jetismo, descarado morramen y trato de favor.

La estrategia marcada por el Ministerio de Sanidad establece que las primeras dosis de vacunación estarán dirigidas a los “grupos prioritarios”, entre los que se encuentran los residentes y personal de centros de mayores, trabajadores sanitarios y grandes dependientes. Es decir, los que figuran en primera línea de batalla contra la pandemia. Nada se dice de los políticos, que tienen que esperar en la cola como todo hijo de vecino, incluso quedar para el final, ya que no son precisamente un colectivo imprescindible para el buen funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, tal como cuenta la prensa regional murciana, el tal Villegas se ha adelantado como si estuviera en la cola del supermercado o entre los más ansiosos del camión de la metadona, lo cual lo deja en muy mal lugar por lo que su conducta tiene de falta de ética y de elegancia política. El consejero recuerda bastante a aquel siniestro personaje de El tercer hombre encarnado por Orson Welles que comerciaba con los medicamentos para su interés personal en la Viena devastada por las bombas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. O sea un monstruo.

Sin duda, el episodio protagonizado por este nuevo listillo del trifachito murciano, que oh casualidad es militante del Partido Popular, evoca a aquellas últimas escenas dramáticas del hundimiento del Titanic, cuando el célebre barco se iba a pique sin remedio y los ricos que viajaban en First Class trataban de sobornar a la tripulación e incluso pisaban las cabezas de los más pobres para conseguir un bote salvavidas que les salvara el pellejo. Resulta curioso comprobar cómo a menudo, y salvo honrosas excepciones, el nivel de decencia, honestidad y dignidad de una persona es inversamente proporcional a su estatus social o al tronío de su cuenta corriente. El poderoso y el adinerado siempre han traficado con su privilegiada posición para terminar de aplastar a los de abajo en los momentos más críticos de un país, como es una guerra o esta pandemia de proporciones babilónicas de la que no terminamos de salir.

La picaresca forma parte del gen español, como el color de la piel y del cabello, pero en este caso no estamos hablando del vicio ancestral de la tribu, sino de una forma de hacer política de esos gobernantes que nos han caído en desgracia desde los tiempos de Viriato. En este país el señorito se cree con derecho a todo, hasta quitarle el pan y el agua al humilde, o lo que es lo mismo, arrebatarle los remedios de la botica esenciales para su salud.

De momento el tal Villegas no solo no va a dimitir sino que seguirá en la poltrona convencido de que ha hecho lo correcto y de que tiene derecho al chanchullo porque para algo es el que manda. Así es la concepción elitista que tiene la derecha hispana de lo que debe ser la buena política. Primero yo y luego mi gente y mis amigachos. Provoca estupor escuchar las explicaciones que el consejero murciano acaba de dar en urgente rueda de prensa, donde en pocas palabras ha venido a decir que se han cumplido todos los protocolos porque él forma parte del personal sanitario. ¿Pero qué personal sanitario ni qué niño muerto? El susodicho es ante todo un político, uno de tantos, y como tal debe dar ejemplo de servicio público.

De momento, el escándalo ya ha llegado a Génova 13 y Pablo Montesinos ha tenido que salir al ruedo para echarle un capotazo al consejero bajo sospecha. “Se están dando explicaciones. Me consta que están atendiendo a todos los medios y periodistas que preguntan. Se les está explicando el protocolo que se ha seguido”, ha asegurado el portavoz oficial del partido.  

Está claro que el suceso debería investigarse hasta sus últimas consecuencias, como suele decirse, ya que en España hay miles de personas en situación de riesgo por contagio que no van a entender que un señor confortablemente instalado en su despacho se haya inyectado eludiendo los protocolos clínicos establecidos en la campaña de vacunación mientras las enfermeras y los ancianos caen fulminados en los hospitales. Sin duda, todo apunta a que estamos ante un caso de caciquismo sanitario y es precisamente en asuntos como este donde se demuestra la altura de nuestros políticos y la calidad de nuestra democracia. Si consentimos que los que mandan se salten a la torera las normas para inmunizarse antes que nadie estaremos consintiendo el tráfico ilegal y el mercadeo con las vacunas, que ya empieza a proliferar no solo en España sino en todo el mundo.

De no dimitir el consejero implicado en este oscuro chanchullo, que por lo que ha dicho en su rueda de prensa no parece, Pablo Casado debería tomar cartas en el asunto y cesarlo fulminantemente. De lo contrario volverán los viejos fantasmas de un partido que en los últimos años se ha destacado como el gran símbolo de la corrupción ibérica. Si el PP no ataja ya el caso Villegas, un claro ejemplo de trato de favor y falta de respeto a la ciudadanía que está cumpliendo con las normas y esperando su turno de vacunación pacientemente y con entereza, podremos decir que la fiesta del escándalo sigue en ese partido. Porque meter la mano en la caja B es un delito, pero hacerlo en el botiquín para quitarle la vacuna y la vida a un anciano que necesita esa dosis como agua de mayo es todavía más feo, egoísta y cobarde.   

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