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¿El catalán es español?

Jordi Sedó
Filólogo y maestro. Su formación es fundamentalmente lingüística. Domina siete idiomas y, profesionalmente, se ha dedicado a la enseñanza, a la sociolingüística y a la lingüística. Se inició en la docencia en un centro suizo y, posteriormente, ejerció en diferentes localidades de Cataluña. Hoy, ya jubilado de las aulas, se dedica a escribir, mayormente libros y artículos periodísticos, da conferencias y es el juez de paz de la localidad donde reside. Su obra escrita abarca los campos de la lingüística, la sociolingüística, la educación y el comentario político. También ha escrito varios libros de narrativa.
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El espectáculo protagonizado hace algunos días, en el Congreso, entre algunos diputados de autonomías con lengua propia distinta de la castellana y la presidenta de la cámara, Sra. Meritxell Batet –catalana, por cierto– fue simplemente lamentable.

Fue nada más y nada menos que la constatación de algo, por otra parte, largamente sabido: que, de todas las lenguas que se hablan en el Estado español, éste sólo considera una verdaderamente española y de primera división: la castellana. Mientras que las otras parecen no importarle demasiado y las asume como una especie de estorbo inevitable.

Además, eso nos lo recuerda de manera permanente la sinonimia, que estableció la Real Academia Española, entre los vocablos ‘español’ y ‘castellano’ cuando se refieren al idioma. Si sólo el castellano, que es, como su nombre indica, la lengua de Castilla, merece ser sinónimo de ‘español’ ¿no podrían, los hablantes de otras lenguas del Estado, sentir un profundo agravio comparativo? ¿Se imaginan ustedes llamarle ‘británico’ al idioma inglés? Los escoceses, los galeses y los irlandeses protestarían, sin duda alguna, porque parecería que sus lenguas no fueran británicas. Pues algo parecido sucede en España si llamamos ‘español’ al castellano.

Disculpe, amable lector, este pequeño excurso, que no he podido evitar porque describe una estratagema tan torpe que me creo en el deber de denunciarla. Vuelvo al pretexto inicial, que da pie a escribir este artículo: por si algún lector no lo sabe, hablo de un incidente que se produjo en el Congreso el día 17 de los corrientes, cuando, primero el diputado Albert Botran de las CUP y, más tarde, Néstor Rego del BNG intentaron hacer su discurso en catalán y gallego respectivamente en el pleno y la presidenta se lo prohibió sin más, hasta el punto de retirarles la palabra.

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Ya se sabe que la única lengua que se acepta en el Congreso es el castellano y que el intento de esos diputados en la lengua propia de su comunidad estaba destinado a ser sofocado de inmediato, como así sucedió por la intolerancia de la que hace gala el Estado español para con las lenguas que, despectivamente, llama periféricas. La cuestión es si eso es lógico, razonable, justo y democrático. No si es legal, que sí lo es para vergüenza de nuestra democracia.

Naturalmente, en Madrid, ciudad donde tuvieron lugar esos incidentes, ningún ciudadano de a pie tiene la obligación de comprender el catalán o el gallego. Sin embargo, entiendo que eso es muy discutible cuando se trata de la Administración de todos los españoles. Porque es que el Congreso de los Diputados, aunque no lo parezca, no está en Madrid cuando hay pleno, señorías. Está en España. Y, en España, hay varias lenguas oficiales – no sólo una– en distintos territorios, pero según la Constitución, todos ellos españoles y, teóricamente, con los mismos derechos. Por eso, es tremendamente ilógico y muy poco razonable que, mientras que muchos diputados pueden hablar siempre en su lengua, la presidenta del Congreso y Gabriel Rufián, por ejemplo, tengan que hablar públicamente en castellano entre ellos cuando, en privado, lo hacen en catalán. ¡Con la de recursos técnicos de los que se puede disponer fácilmente si hay la voluntad democrática de no marginar ningún idioma…! Pues bien: ese desigual tratamiento de las lenguas, señorías, es injusto y nada democrático.

En Bélgica, por ejemplo, el francés y el neerlandés, llamado allí flamenco, coexisten con igualdad de derechos y, en el parlamento federal, ambas son oficiales. Los diputados belgas, sean valones o flamencos se pueden expresar en la lengua oficial que deseen y ninguna de ellas se atribuye para sí misma el monstruoso apelativo de ‘lengua belga’ como si Bélgica sólo tuviera una sola lengua. Una de las de verdad, de las de primera división y no una periférica. Pues bien, en España se hace exactamente eso cuando se denomina ‘español’ al castellano.

Por su parte, en Suiza, un verdadero modelo de funcionamiento democrático, el artículo 4 de la Constitución Federal de la Confederación Helvética reza así: «Son idiomas nacionales el alemán, el francés, el italiano y el romanche». ¡Los cuatro en todo el territorio! Y, más adelante, en el 18, garantiza el uso de cualquier modalidad lingüística como derecho fundamental que es. Sin distinción alguna. Se llama respeto a los ciudadanos. A todos los ciudadanos. Hablen la lengua que hablen y por muy minoritaria que sea.

¿Por qué, entonces, en España, donde hay quien tiene la patética pretensión de que su democracia es perfectamente homologable a la de cualquier Estado europeo, un diputado por la provincia de Burgos, Valladolid o Cáceres tiene derecho a expresarse en su lengua, con las facilidades que ello comporta en cuanto a manejar con destreza los elementos discursivos, y los que lo son por la provincia de La Coruña, Vizcaya o Lérida no lo tienen?

Si los poderes del Estado nos quieren decir que las lenguas oficiales distintas a la castellana, a diferencia de lo que sucede en estados multilingües con democracias solventes, son de segunda división y, por eso, no se pueden utilizar en cualquier ocasión, ya es otra cosa. Pero, entonces, tendrán que reconocer que no todos los españoles tienen los mismos derechos. Porque no es cierto. Y, a las pruebas, me remito: todo español tiene derecho a expresarse en su lengua en todas las ocasiones, excepto si su lengua no es el castellano.

Pero aun siendo que las lenguas distintas a la castellana reciben un trato de segunda división, todavía tienen el cuajo de atreverse a exigirnos, a los ciudadanos del Estado español que tenemos otra lengua como propia, no ya que nos sintamos a gusto en este Estado que no asume la nuestra y sí la menosprecia, sino que, además, pretende que nosotros sí asumamos como propia una que no lo es. ¿Es que no tienen bastante con obligarnos a ser españoles? ¿Tenemos que ser, además, castellanos? ¿O es que no reconocen lo catalán como español? Porque si es así, ya nos vamos entendiendo… Pero, entonces, tendrán que actuar en consecuencia con las libertades y con el derecho de autodeterminación de los pueblos… ¿O es que la democracia no vale para eso…? ¿O es que los catalanes, vascos y gallegos somos españoles para unas cosas y no lo somos para otras?

Visto lo visto, que la lengua castellana tiene más derechos que cualesquiera de las otras que son oficiales en algún territorio del Estado, ¿creen ustedes que los que tenemos como propia una de esas otras lenguas oficiales podemos sentirnos cómodos en un Estado que las considera de segunda división y que las ningunea hasta el punto de prohibirlas como si fueran pecado, en lugar de aceptarlas, asumirlas, fomentarlas y sentirse orgulloso de esa riqueza? Pues, entre otras muchas más razones que no son de orden lingüístico, ésa es una por las que una gran cantidad de catalanes que queremos salir de este Estado.

Porque –métanselo en la cabeza de una vez–, por mucho que, con esa visión unívoca, cerril, cerrada y provinciana de la noción de lo que es español, la Constitución y todas las leyes que ustedes quieran promulgar consagren la lengua castellana como la de todos los españoles, no lo es. No lo es. El castellano, que domino ampliamente y que amo como cualquier otra lengua, como amo todas las lenguas porque soy un enamorado de la facultad humana del habla…, el castellano –decía– no es mi idioma. No. Mi idioma es el catalán y ningún otro. Y, afortunadamente, puedo expresarme en varias lenguas más, pero la mía es sólo una. Y no es la castellana. Es la catalana. Se lo digo tantas veces para que quede diáfanamente explicado. Eso es lo que yo siento y, por muchas prohibiciones, leyes y constituciones que proclamen lo contrario, no harán más que provocar resentimiento en mí. Resentimiento contra aquéllos que niegan la certeza que albergo en lo más profundo de mi conciencia. Y no sólo eso. Sino que alimentará mi convencimiento de que los que no tenemos la castellana como lengua propia somos una anomalía y que, como tal, hay que procurar combatirla para neutralizarla. Como si tuviéramos que curarnos de algo. Pues bien: no me interesa esa españolidad. Esa, no. Es intolerable. Con otro talante, con otra concepción de las cosas completamente distinta, con una mentalidad más abierta –y ahora no hablo sólo de la lengua–, quizás se podría iniciar un acercamiento de posturas y llegar a algún punto de entendimiento. Así, mi forzada españolidad me resulta del todo inaceptable desde cualquier punto de vista y en cualquier grado. Y estoy seguro de que muchos catalanes incluso de los que no tienen el catalán como primera lengua estarían conmigo en mis planteamientos.

¡A ver si va a resultar que los que proclaman a los cuatro vientos su infinito amor a España, de hecho, no pueden soportarla…! Por lo menos, no tal como es… Y, por eso se ven obligados a intentar cambiarla por la fuerza a imagen y semejanza de su quimera imposible y, a cada intento, topan patéticamente con el recio muro de la realidad, que, una vez tras otra, les devuelve su embestida y les muestra que la España que sueñan, esa España uniforme y castellana, que intentan, una vez tras otra, forjar a sangre y fuego, como ya han hecho varias veces a lo largo de la historia, no existe ni ha existido jamás, y que la España de verdad es una España diversa, un conglomerado de naciones de ningún modo uniforme y que clama por que le permitan ejercer su diversidad en paz, libertad y armonía.

Y que conste que he gozado con el ejercicio de bucear en el rico léxico castellano para hallar el vocablo más preciso, el giro más adecuado y la frase más pertinente para traducir, desde mi mente catalana a la bella lengua de Castilla, cada una de estas palabras que acaba usted de leer, respetado lector. A una lengua que es tan bella como la mía. Porque las lenguas nunca son culpables. La culpa debe recaer siempre en las personas, que, a menudo, las utilizan torticeramente en beneficio de unos determinados intereses. Es sólo que la de Castilla no es la mía. Y eso introduce, en mi razonamiento, un matiz fundamental que es imprescindible para poder entender lo que he intentado transmitirle. Porque si España no puede asumir eso, yo tampoco puedo asumir España.

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7 Comentarios

  1. Quienes tiene prohibido al 55% de los catalanes escolarizara a sus hijos en su lengua propia y les vigilan para que no la hablen en el patio se indignan porque no pueden utilizar la suya en el Congreso.

    Quienes en una comunidad con el 55% de ciudadanos de lengua española tiene una TV pública que solo emite en catalán se indignan porque en Congreso no les dejan utilizar su lengua.

    Quienes en una comunidad con el 55% de ciudadanos de lengua española rotulan las calles y las señales públicas solo en catalán se quejas de que no les dejan utilizar su lengua en el Congreso.

    Quienes tienen institucionalizado un régimen étnico mediante el cual el 35% controla el poder económico y político, el 80% de los altos cargos públicos, y viven en los barrios privilegiados se quejan de ser discriminados.

    Si usted se siente mal señor Sedó porque le «discriminan» puede imaginarse como nos sentimos nosotros; el 55% de los catalanes.

    PD. En Finlandia se habla sueco y finés. En las «zonas» con hablantes de las dos lenguas los niños son escolarizados cada uno en su lengua y los letreros públicos y comunicados son bilingües. Hagan lo mismo en Cataluña y prediquen con el ejemplo.

    • Sr. Ortiz.
      Su planteamiento (muy bien elaborado por cierto) es clásico de quien quiere que el mundo se adapte a él y no al revés. No soy catalán de nacimiento, vivo aquí hace más de cuarenta años y me gusta hablar en catalán con los catalanes, lo que además de entender su lengua me ayuda a entender su mentalidad gracias a su idioma. No es difícil entender el catalán para un castellanoparlante, no se trata de un idioma complejo como el chino mandarín, pero es más cómodo mantenerse en su zona de confort y no querer salir de ella, rechazando la ventaja que para el cerebro humano representa hablar más de un idioma.
      Los que por una razón u otra vinimos a Catalunya ya la encontramos así y no somos quienes para pretender ajustarla a nuestro gusto.
      Creo que Catalunya no necesita de nosotros, pero nosotros si necesitamos a Catalunya, en el momento en que no me guste tengo la absoluta libertad de buscar otros horizontes más de mi agrado, ya que no estaría bien tratar de convertir este lugar en lo mismo de donde he venido.

      • Sr. Rafael, en Quito capital de Ecuador viven gentes nacidas en cualquier parte de Ecuador; nadie les llama «emigrantes». Tampoco son emigrantes en Nueva York los ciudadanos nacidos en Oregón, ni son emigrantes los vecinos de París nacidos en Marsella. Un leridano no es emigrante en Barcelona, un cordobés tampoco.

        Los ciudadanos de las naciones modernas tenemos derecho a desplazarnos dentro de nuestra propia nación sin tener que dar las gracia a nadie. Si nací en Barcelona y me traslado a Reus, donde pago mi vivienda nadie me «acoge» y no tengo que estar agradecido a los ciudadanos de Reus.

        Usted vive en su país España, que en como la mayoría de naciones se hablan varias lenguas. Vive ademas en una zona donde «históricamente» se habla español y catalán sin que una lengua sea más legítima que otra.

        El español es tan legítimo en Barcelona como el catalán en Mallorca o Valencia (donde llegó tras ser invadida la isla y repoblada por colonos catalanes).

        En el mundo se hablan más de 7000 lenguas en muchas ciudades varias, y la mayoría de ellas no son originarias. El inglés no es originario de EEUU, Canadá o Australia, el árabe no es originario de Marruecos, Egipto, ni Argelia, el Español de Argentina, ni el catalán de Valencia. Sin que nadie ponga en duda de que esas lenguas son legitimas y propias de esos territorios y de las comunidades linguísticas que las hablan.

        Siendo las dos lenguas mayoritarias de Cataluña propias históricas e igualmente legítimas, que ambos grupos no tengan los mismos derechos es discriminación. Es neofranquismo; hacen lo mismo que Franco pero al revés. Tampoco vale la excusa de que el español se aprende en la calle porque la «igualdad de derechos» (que es de lo que hablamos), no puede estar sometida a razones instrumentales.

        Cuando los países se industrializan las zonas rurales se despueblan y los campesinos se trasladan en masa a las ciudades. Estos campesinos intercambian trabajo por salario en las fabricas, siendo los patrones los más beneficiados. (No es el amo quien alimenta al esclavo es al revés señor Rafael).

        Concluyo el español es tan legitimo en Cataluña como el Inglés en EEUU o el catalán en Mallorca, y ambos deben tener iguales derechos y reconocimiento.

        Los «ciudadanos» de cualquier nación pueden instalarse allí donde les plazca sin tener que agradecerlo a nadie. Si usted me ofrece alojamiento en su casa me «acoge» si alquilo un piso en su escalera y lo pago nadie me «acoge». Si nací en Lérida y me traslado a Barcelona no soy un emigrante, si vivo en Barcelona y nací en Valladolid tampoco.

        Está usted en su casa, en España señor Rafael, no tiene que agradecer nada a nadie. Y su lengua es tan «propia» de Cataluña como el catalán en Mallorca o el inglés en EEUU.

        No compre la mercancía nacionalista señor Rafel, está averiada; huele a xenofobia a discriminación y a racismo.

  2. Andreu Bosch
    Summari, Index, o epitome dels admirables, y nobilissims titols de honor de Cathalunya, Rossello,etc.. – 1628

    «Valdrá también, para satisfacer a un error comúnmente recibido, y vanagloria usurpada por los castellanos, que en las naciones extrañas, en paz y en guerra, se denominen Españoles, tomando solo por España Castilla, lo que no se puede fundar con razón, sino que es de burla, por cuanto España es todo lo que comprende de los pirineos a los Océanos, incluyendo 17 Provincias, entre los cuales hay 12 reinos, Castilla antigua y la nueva, León, Valencia, Toledo, Galicia, Algarbes, Murcia, Córdoba, Aragón, (…) y otros títulos de Principados, condados y otros, todos los cuales son tan españoles los unos como los otros… (…) Al que diga que los reyes de León y Castilla, cuando lo eran solamente de dichos reinos, se denominaban reyes de España, ya responde Gaspar Escolano (…):

    Gaspar Escolano
    Decada primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia – 1610

    No embota la lanza que los reyes de León y Castilla se llamasen de España, cuando solo lo eran de estas dos Provincias; y aun cuando no lo eran más que de León y de Asturias. Porque no dio ocasión a este título el ser España solamente a León y las Asturias (que a esta cuenta ni Castilla fuera España) sino porque el primer rey que alcanzaron en las montañas, después de la perdida della, si quiso llamar deste nombre, por parecerle que a el le pertenecían los derechos de último rey Godo Rodrigo (…) Mirando todo esto, no puedo dejar de dolerme de la impropiedad del hablar del vulgo castellano, que con ser su provincia una de las hijas de nuestra España citerior (…) se levanta a mayores (…) llamando a sola Castilla España y a solo los castellanos Españoles. Ignorancia es esta tan pueril, que merece ser condenada a risa (…) “

  3. El artículo es malo, malo. Propio de los que siguen resucitando a Franco a su conveniencia ideológica.
    Dice que es una vergüenza democrática que no se puedan hablar las lenguas autonómicas en el Congreso, pero, en cambio, no se escandaliza porque los catalanohablantes, gallegohablantes y vascohablantes puedan recibir la educación en su lengua materna y los castellanohablantes no, cuando en esos territorios tienen teóricamente los mismos derechos. Lo cual, obviamente, es una discriminación impropia en una democracia.
    Más gracioso es el ejemplo de Bélgica, donde precisamente la lengua es uno de los elementos principales de desunión (no de unión), de que los flamencos pidan la independencia, y de que las comunidades flamenca y valona vivan de espaldas. ¿Esa es su propuesta para España? (dejando de lado que hay otras democracias en las que no se permite el uso de las lenguas regionales en el parlamento).
    Por último, sólo aclararle al autor que si a un independentista catalán (y me temo que a uno vasco o gallego, en su caso) le pregunta si el catalán es una lengua española, le van a contestar que no porque se habla en varios países (también en Francia e Italia), y no sólo en España. De hecho, no es solo que no consideren el catalán como una lengua española sino que consideran que los territorios donde se habla catalán no son España.
    Por no citar ya que está totalmente aceptado que la lengua que se habla en Castilla es castellano, y las variantes que se hablan fuera de Castilla son español, porque además es la única lengua común a toda España.

  4. Los residuos del viejo imperialismo castellano que no español, sigue intentando reducir a cenizas a toda cultura y lengua que no sea el castellano. Si España es un territorio constituido en Estado, si quiere perdurar, está obligada a conformarse con su complejidad y diversidad; sino más pronto que tarde desaparecerá; puesto que los Estados ya no se conforman con la espada sino con la anuencia de sus gentes. Obviamente esto obliga a modificar las estructuras del actual Estado, y la primera es cambiar la capitalidad del mismo. Madrid no puede seguir siendo la capital de España, sino ésta desaparecerá

    • Quién tiene más independentistas, ¿España que cede ante todas las exigencias de los secesionistas para, según cierta teoría buenista y espuria, apaciguarlos y que se sientan felices e integrados, o Francia, que no cede en nada ante los secesionistas porque fomentar la diferencia va contra el espíritu de la REPÚBLICA (ya sabes: libertad, igualdad y fraternidad)? Pues eso.

      (Por cierto, que Franco estuviera equivocado no significa que hacer todo lo contrario sea lo correcto.)

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