El príncipe Andrés de York con Virginia Giuffre

“El príncipe Andrés sabe lo que ha hecho y espero que lo aclare”. Así de contundente se ha despachado esta mañana Virginia Giuffre, una de las mujeres que reclaman justicia en el proceso contra Jeffrey Epstein por presuntos abusos y explotación sexual. Cada día que pasa parecen más estrechas y evidentes las conexiones del heredero al trono británico con el magnate financiero acusado de ser “un depredador” y “un traficante de menores”, tal como lo ha calificado la prensa internacional.

Lo curioso del asunto es que Epstein apareció ahorcado hace unos días en su celda del Centro Correccional Metropolitano de Manhattan, llevándose consigo buena parte de los secretos del caso, mientras la Oficina del Forense de la Ciudad de Nueva York terminó dictaminando “muerte por suicidio”. Todo lo que se va sabiendo sobre Epstein y su sórdida historia resulta sospechoso, oscuro, inquietante. Y mucho más después de que se haya abierto una investigación para esclarecer la supuesta relación de amistad del millonario con el heredero a la corona del Reino Unido.

No es la primera vez que Virginia Giuffre acusa al hijo de Isabel II. El príncipe Andrés ha negado los hechos en varias ocasiones pero ha salido a la luz pública una serie de documentos comprometedores que lo ponen en una situación extremadamente delicada. Así, el duque de York ha sido señalado como responsable de diversos supuestos abusos sexuales contra varias mujeres en la mansión de Epstein en Manhattan.

Sin embargo, y aunque  la denunciante ya ha contado su historia en los medios de comunicación y durante una audiencia extraordinaria ante un juez de Nueva York, existe el riesgo de que la Justicia dé carpetazo al sumario tras el suicidio del magante norteamericano, lo que supondría una sentencia absolutoria anticipada para el heredero, que se libraría finalmente de una investigación.

Una vez más nos encontramos ante un caso de corruptelas en el seno de una dinastía europea, en este caso la británica, que cada vez se va pareciendo más a aquella familia depravada de los Tudor con el promiscuo Enrique VIII a la cabeza. Los reyes no tienen sangre azul, solo ADN, basura desoxirribonucleica, como todo mortal, y los crímenes monárquicos se van acumulando generación tras generación sin que la Justicia intervenga aplicando la ley. Hoy los latrocinios de palacio se conocen porque hay democracia, prensa libre, Parlamentos, y la podredumbre que brota de la institución monárquica se derrama en el telediario de las tres. La batalla de la información está ganada, también la de la libertad de expresión, pero de una forma o de otra sigue sin hacerse justicia en un extraño privilegio feudal mientras el rey, sea el que sea y del país que se trate, siempre es amparado por un manto de silencio.

Y no es que no haya habido ocasiones para procesar a los monarcas de los caducos linajes europeos. Ya sabemos lo que ha sido del caso Corinna y la sombra de las comisiones del AVE a la Meca que planea sobre el hoy convaleciente rey emérito Juan Carlos. En Suecia, un empresario pagó los gastos de la lujosa luna de miel de la heredera al trono, lo que provocó la denuncia por corrupción de unos ciudadanos contra Victoria de Suecia y su marido. En Bélgica el príncipe Laurent se vio envuelto en otro asunto sucio tras conocerse que había amueblado su palacete con fondos de la sufrida Marina belga. Y en Holanda la Casa Real protagonizó uno de los escándalos más sonados cuando el marido de la reina Juliana y padre de la reina Beatriz, el consorte Bernardo, fue acusado por una compañía aeronáutica de soborno en el cobro de un millón de dólares por sus gestiones para que el Ejército holandés comprara aviones de caza, según El Plural.

Pese a que de una forma o de otra todas las casas reales europeas se han visto enfangadas en casos de corrupción, de momento ninguno de sus miembros ha pasado por un tribunal, ni siquiera en Inglaterra, país que presume de ser una de las democracias más antiguas y serias del mundo. Curiosamente, a fecha de hoy solo hay un caso de insigne integrante de una Casa Real que se haya sentado en el banquillo de los acusados para responder de sus delitos: nuestro conocido duque de Palma, Iñaki Urdangarin. Lo cual debería hacernos pensar que quizá, a fin de cuentas, nuestra democracia no esté tan degradada como se suele decir.

Hoy es Virginia Giuffre, una mujer valiente −una de esas víctimas inocentes a las que Epstein, con sus acosos de sátiro sexual, “robó sus sueños y su inocencia”−, la que ha tenido el valor de tirar de la manta ante un tribunal de Manhattan. Otra palada más de tierra sobre las caducas, elitistas y sospechosas monarquías europeas que se tambalean como olmos viejos carcomidos por el tiempo y los vicios humanos.

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