Ha muerto el pintor valenciano Juan Genovés, el artista de la soledad del individuo y la multitud. Al igual que otros muchos de su generación, su lucha fue una búsqueda constante por la libertad en medio de la censura, la represión de la posguerra y el franquismo. Desde su paso por Los Siete al Grupo Parpalló y Hondo, de él siempre se ha destacado su carácter expresionista y provocador. Pero sin duda la obra que le dio la inmortalidad fue su pintura El abrazo, más tarde convertida en escultura en homenaje a los abogados asesinados de Atocha. El cuadro quedará no solo como gran símbolo de la Transición y tributo a los que, en uno y otro bando, supieron entenderse, perdonarse y mirar al futuro para conquistar la democracia, sino como un eco de aquel espíritu de la reconciliación que, por desgracia y para tragedia nuestra, hoy vamos camino de perder.

El abrazo, un acrílico y serigrafía sobre lienzo que Genovés pintó en 1976 como cartel para Amnistía Internacional, sigue expuesto en el Museo Reina Sofía, y hasta nos sugiere una escena ingenua, utópica, naif, ya que los tiempos han cambiado tanto y la realidad social y política es tan diferente que el cuadro parece sacado de una época remota y de un país que no es este en el que vivimos. Aquella frase de Alfonso Guerra –“a España no la va a conocer ni la madre que la parió” – se ha cumplido como una profecía, aunque quizá para mal.

Sin duda El abrazo será uno de esos cuadros que irán ganando con el tiempo, no solo en interés del público que cada año visita la pinacoteca madrileña, sino en proyección artística e histórica, ya que entre el Guernica de Picasso y la emblemática obra de Genovés se encierra la gran verdad de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que vamos camino de ser. Por desgracia hoy vamos sabiendo que aquel relato muy bien contado de la Transición tenía tanto de ficción como de realidad. En el 75 todos los españoles pasaron página, aunque es cierto que unos pasaron más páginas que otros, de modo que las renuncias, las injusticias y el olvido de la memoria sin restaurar quedó ahí, en suspenso, hasta el día de hoy. Con la Constitución del 78 aceptamos una monarquía que iba por defecto en el pack (el legado inevitable de Franco sin posibilidad alguna de elección), una bandera que pese a los retoques constitucionales no era la que fue ilegalmente arriada en 1939 y un himno pitado por muchos. Y sin embargo el invento funcionó, algo cambió para bien dando paso a 40 años espléndidos en los que el país ha vivido en paz, se ha transformado y ha logrado salir del atraso de varios siglos en el que estaba sumergido.

Genovés supo retratar con maestría la clave de ese éxito a medias: el espíritu de la concordia, la altura de miras, la generosidad y la madurez con la que aquella generación supo afrontar el momento trascendental. En el abrazo fraternal de esa multitud anónima y unánimemente de espaldas retratada en la obra de Genovés −que por momentos parece una instantánea fotográfica−, se contiene sin duda la semilla de oro, el legado que siempre deberíamos tener presente y que ya tardamos en grabarlo en el frontispicio del Congreso de los Diputados, entre Daoíz y Velarde. Esa lección que no nos conviene olvidar como país y como pueblo y que el artista valenciano supo retratar con clarividencia, sencillez y maestría, viene a decirnos que las dos Españas antagónicas −la de los liberales y absolutistas, la de los carlistas e isabelinos, la de rojos y nacionales−, tienen que quedar bien sepultadas como fósiles de la prehistoria. No en vano, Genovés eligió un fondo blanco y vacío en el que los personajes –los de uno y otro bando; los viejos y los jóvenes melenudos; los gafapastas intelectuales y los más rancios nostálgicos− parecen levitar en plenitud, exultantes, liberados por fin de las ataduras y rencillas ancestrales. Ahí está uno de los grandes aciertos de la obra del artista valenciano, ya que lo que el autor quiso decirnos es que debíamos pasar página, que debemos pasar página, para superar el trance de la sangre y el crimen y empezar a escribir la historia de nuevo.

Finalmente Genovés, el “realista político” por excelencia, se va con 90 años, casi un siglo de arte y conocimiento en libertad, en medio del inmenso drama nacional de la pandemia y de otro mal endémico español que parecía curado pero que por desgracia rebrota con fuerza: el cainismo ciego y secular, el odio guerracivilista que algunos en su delirio y en su locura se han empeñado en resucitar. Se nos marcha un pintor de vanguardia, uno de los pocos intelectuales casi centenarios que nos van quedando ya para dar testimonio personal de la memoria, mientras resuenan de nuevo los viejos tambores de guerra, las palabras malditas y el gañido salvaje de la ira, la rabia y la violencia que deberían estar enterrados para siempre.

Genovés nos enseña que el abrazo siempre es posible (pese a que ahora está terminantemente prohibido por prescripción de los virólogos). Y aunque resulta difícil fundirse en un achuchón con gente como Díaz Ayuso (que cree que la epidemia se cura mejor en hospitales con techos altos) o con Pablo Casado (empecinado en el “no es no” a unos nuevos Pactos de la Moncloa por puro sectarismo) o con Santiago Abascal (que cada vez que sube a la tribuna de oradores de las Cortes parece que va a sacar la Smith and Wesson para emular a Tejero) tenemos que recuperar como sea aquel espíritu que nos hizo crecer y ser mejores. Porque si algo nos enseña la historia de este país es que juntos todo es posible mientras que enfrentados vamos al desastre sin remedio.

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