Mai Oltra  pesaba 114 kg y medía 1,62 cm. Un año después, pesa 51 kilos menos. Sufría un TCA, un trastorno de conducta alimentaria denominado Trastorno por Atracón-1. Eso le llevaba a comer de una forma compulsiva sin presentar bulimia, es decir, comía compulsivamente sin vomitar ni utilizar ningún método de compensación.

Nos acercamos a esta historia de superación y también a una realidad alarmante. La obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas a nivel mundial, y cada año mueren, como mínimo, 2,8 millones de personas a causa de la obesidad o el sobrepeso. Según últimos datos de la OMS, desde 1975, la obesidad se ha triplicado en todo el mundo. La mayoría de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad se cobran más vidas de personas que la insuficiencia ponderal. En 2016, más de 1900 millones de adultos de 18 o más años tenían sobrepeso, de los cuales, más de 650 millones eran obesos. Y 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso o eran obesos. En este contexto, los trastornos del comportamiento alimentario representan la tercera enfermedad crónica más común entre las jóvenes llegando a una incidencia del cinco por ciento (nueve mujeres/un hombre a partir de la adolescencia).

Mai siempre se visualiza con sobrepeso. El primer recuerdo que tuvo de refugiarme en la comida fue con ocho años «me escondía en la despensa a darme un atracón, para que me doliera la tripa y así no ir al día siguiente a la escuela. Sí, no quería ir a la escuela porque en el colegio me hacían bullying por el simple hecho de ser gorda».

Desde los ocho a los 27 años lo hacía a escondidas. Comía y llorada en un duelo sin cuartel donde siempre ganaba la ansiedad por la comida. Un día no pudo más y se lo confesó por primera vez a su pareja. Nunca antes se lo había contado a nadie.

Ese fue el primer paso, el impulso que le llevó a dejar de comer compulsivamente. Y de todo ese duro y catártico proceso surgió su exitoso blog entretallas y un libro: 51 kg menos , editorial Arcopress. Un diario emocional en el que Mai se desnuda y nos cuenta momentos tan sinceros que jamás había contado antes. Mientras escribía tuvo que recordar situaciones de su vida que le hacían mucho daño. La experiencia literaria ha servido para conocerse mucho más y reencontrarse consigo misma, ahora Mai ya no quiere huir de nada, sobre todo no quiere huir de ella misma y ha conseguido que miles de personas la sigan y empaticen -a través de su cuenta de Instagram– con su historia y el infierno que supone depender emocionalmente de la comida.

-El 18 de septiembre del año 2015 fuiste a ver a tu médico de cabecera y le dijiste: «No puedo más». No eras feliz con tu vida ni con tu cuerpo… Ocho veces habías anulado esa cita anteriormente. ¿Qué te llevó ese día a no darte media vuelta?  

Diría que la desesperación, la incomodidad de saber que hay cosas en tu vida que tienes que cambiar y no sabes cómo hacerlo sola.

-Cuentas en tu libro, 51 kg menos que el paso definitivo lo diste con tu pareja. Nunca antes habías dicho nada. Me pongo en tu lugar e imagino que tuvo que ser muy duro, pero fundamental…

Sí, sin duda. Dejar de darme atracones en secreto, mintiendo, fue muy importante. No fue el primer paso porque yo no me sentía capaz aún de decirlo, así que estrictamente perdí todo el peso sin decirle a nadie lo que me ocurría, pero una vez se lo conté fue cuando sentí realmente que, por primera vez, podía conseguirlo, contarlo me ayudó mucho.

-¿Qué tanto por ciento tenía la comida en tu estado de ánimo? En tu libro hay escenas que te conmueven, como aquella en la que estabas en el sofá comiendo patatas fritas mientras llorabas. ¿Has aprendido por fin a distinguir el hambre real del hambre emocional?  

Muchísimo, la comida dirigía mis emociones, mi estado de ánimo, mis relaciones, mi forma de socializar. Todo. Es muy fácil llevar una relación tóxica con la comida a otros ámbitos de la vida.

Con el tiempo he aprendido a saber sobre el origen de mi hambre, he aprendido a escucharme y a saber qué me ocurre. Y como esto lo traducía en un impulso por comer, al escucharme he aprendido a saber qué es lo que mi cuerpo realmente necesita.

«Desde los ocho a los 27 años Mai se recuerda comiendo a escondidas. Comía y llorada en un duelo sin cuartel donde siempre ganaba la ansiedad por la comida»

-De 114  a 63 kilos en un año con deporte y buenos hábitos. ¿Qué tanto por ciento ha tenido cada uno? ¿Ha cambiado realmente el deporte tu vida? 

En realidad, es la suma de las dos cosas, creo que llevar una vida equilibrada es lo que me ha ayudado a ser capaz de adelgazar 51kg, aunque diría que en mi caso el deporte toma un poco más de relevancia. Yo en el día a día no me alimentaba mal (aparte de los atracones), pero sí tenía una vida muy sedentaria. Al incorporar el deporte, mi cuerpo lo notó muchísimo.

-Dices en tu libro que la comida es un anestésico maravilloso. Te hacía sentir eufórica, ¿Se puede salir de esa especie de droga? ¿Cómo se sale de ese círculo vicioso que los especialistas consideran más adictivo que la propia cocaína?  

Solo puedes vencerlo cuando eres consciente que lo que te aporta es menor que el placer que sientes, de lo contrario seguirás haciéndolo. Yo me di cuenta de que vivía anestesiada, pero eso no me dejaba sentir con libertad ninguna emoción más. Ha sido, y es muy liberador saber que no hay nada tan potente como el amor propio.

-Realmente Mai lo que te ha llegado hasta aquí no es el peso. No es haber perdido 51 kg. ¿Qué ha sido lo realmente importante de esta experiencia? Cuéntanos, ¿cómo es tu nueva relación con la comida?  

Es mucho más bonita y luminosa, ahora siento que la comida no es un enemigo. Como para nutrirme, para llenar mi cuerpo de energía. Lo importante de todo eso, lo que yo saco de aquí es el haber aprendido a quererme, a escucharme, a priorizarme, a hacerme feliz a mí misma.

-Imagino que es un libro también de agradecimiento. En el camino te has encontrado gente maravillosa y otras que no te han ayudado mucho. De estas últimas nos olvidamos, pero ¿a quién te gustaría hoy agradecer haber llegado hasta aquí? Aparte de a ti misma. 

Sin duda a mi pareja, mi familia, mis amigos más cercanos y a Alex, mi enfermero del centro de salud. Sin ellos no lo hubiera conseguido.

-Tu experiencia está ayudando a muchas mujeres, tienes miles de seguidoras que están pasando por tu misma situación y se ven en cierto modo reflejadas en ti. ¿Sientes que tienes la responsabilidad de ayudar a otros que están pasando por lo mismo que tú? 

Mira, durante mucho tiempo he sido un tipo de persona que intentaba «salvar/ ayudar» a todas las personas de mi entorno, cercanos o no, que me necesitaran, siempre han ido antes los demás. Con el tiempo he aprendido que yo no puedo ayudar a nadie, que se tienen que ayudar ellos mismos, lo que sí que puedo hacer es transmitirles fe. Transmitirles valores, amor, respeto, confianza, que sientan que lo que necesitan y lo tienen dentro no está en pastillas milagrosas ni nada parecido. En ese sentido sí siento que tengo una responsabilidad, que se den cuenta que no están solas, que hay personas, amigos, profesionales… que te pueden ayudar, sostener o guiar, y que no hay nada malo en contarlo.

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