Los que mencionan San Fermín como paradigma del lugar donde todo es posible sin duda tienen razón pero también es que no conocen a fondo la noche madrileña, y yo, que he vivido y he sufrido muy bien las dos, sé que una es un desfase bárbaro y temerario a contrarreloj en el que se rompen todas las normas para luego no acordarse de nada, y la otra es una ilusionante e inesperada aventura que se va cocinando a fuego lento en la que nunca sabes ni dónde ni con quién vas a acabar, pero que recordarás a la mañana siguiente con una sonrisa.

Aquella noche de principios de septiembre cometí un primer error de principiante, le pregunté si estaba casada, y me dijo “un poco”. No recuerdo cómo acabé con ella en aquel bar cutre de la calle Ferraz, ni me explico cómo es que estaba abierto a esas intempestivas horas antes del amanecer, sería uno de esos míticos bares de avituallamiento de taxistas que sólo conocen unos pocos privilegiados, al que van a parar las extrañas criaturas que pueblan la noche por culpa de la ausencia de amor durante el día. Tampoco entiendo que hacía yo en acaramelada actitud con una enfermera egipcia acariciándome con desparpajo y soltura en zonas a las que no llegaba ni yo, en un sugerente y exótico roce de culturas en el que ella no bebía pero mi mente occidental tenía las percepciones alteradas por la descontrolada ingesta de cervezas, y mi maltrecho cuerpo el agotamiento propio del que lleva muchas horas hablando, riendo y oyendo atronadora música heavy.

Todo el mundo sabe que no hay que hacer esa pregunta, pues es posible que si la cosa está funcionando lo único que haces es cortar el rollo a la persona que a lo mejor en esa noche de travesuras no está interesada en recordar esos pequeños e insignificantes detalles de su vida cotidiana que configuran la rutina de la que pretende escapar. Claro, que ella también casi me mata del susto cuando me dijo que estaba pensando separase de su marido, un policía nacional de baja psicológica y en tratamiento, oficio duro sin duda sobre todo cuando se trabaja de noche y se lidia con la peligrosa fauna que la habita.

Recuerdo sus rasgos árabes, su larga y rizada melena negra como el ébano, y esos grandes ojos oscuros maquillados de azabache que habían conocido las orillas del Nilo y lejanos desiertos y que ahora me miraban a mí, un espécimen melenudo y rubio como el oro, hijo de padre celta y de madre íbera. Yo era sólo joven pero ella era guapa como Nefertiti, y no lo decía yo, me lo aseguraban los chupitos que buceaban por mis venas, y de haber podido, aquella noche le hubiera devuelto sin dudar las llaves de Granada, aquellas que llorando entregó Boabdil a los Reyes Católicos.

La estúpida pregunta propia de quien tiene nublado el entendimiento causó el efecto no deseado y la magia se esfumó de repente, las primeras luces del alba hicieron su aparición por el este de la ciudad para indicarnos que la función se había acabado, los silencios se tornaron incómodos y los dos entendimos que se había bajado el telón. Y yo, que nunca dije adiós convencido, me despedí con un seguro beso frío pero caliente, y me subí al primer taxi que pasó. Nunca miro hacia atrás cuando me marcho, es una norma que cumplo a rajatabla porque a mi ego le gusta que me recuerden, pero aquella noche cometí el segundo error, la observé sin querer por el retrovisor del taxi, sola y triste en la acera mirando cómo me alejaba, como un perrito abandonado.

Yo era una persona con aparente corazón granítico pero con fondo sentimental, y aquella mañana me acosté con una grieta y dormí mal. No me gusta dejar cabos sueltos y si consiguiera escapar de un laberinto intentaría dibujar un mapa para que al menos el próximo que se perdiera pudiera salir.

Al sábado siguiente, cuando mis amigos ya se habían ido ignorantes de mi plan y teniendo esta vez la mente lúcida, acudí andando desde muy lejos al mismo bar y a la misma hora con la ridícula esperanza de encontrarla allí, y mientras unos pocos taxistas desayunaban tranquilos yo me metía entre pecho y espalda nerviosos gintonics a destiempo. Al tercero que pedí, el veterano camarero, tan psicólogo o más que un policía de madrugada, me dijo:

-“¿Crees de verdad que la morena va a venir? Hazme caso y vete para casa, que situaciones como esta ya he visto muchas”.

Salí del bar cabizbajo y con las manos en los bolsillos cuando quedaba poco para la alborada, y mientras me asomaba calle abajo desde el bordillo de la acera buscando una luz verde que me guiara hasta mi cama, oí una voz detrás de mí que dijo con suavidad:

-“Hoy no me acuerdo si tengo marido, me quiero ir contigo a hacer la locura del verano y ver juntos el amanecer en el Templo de Debod”.

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