Un distendido repaso a los mejores discursos de la Academia de Hollywood a lo largo de su historia

Damas y caballeros, muchos de ustedes ya habrán visto íntegra o a cachitos la ceremonia de los Oscars en su edición de 2017 -concedidos a principios de este 2018-, con su presumible plétora de discursos -speeches-, de agradecimiento. No en vano ello lleva sucediendo desde 1929. El maestro de ceremonias, Jimmy Kimmel, prometió una moto acuática al ganador con el discurso más conciso. Y seguramente habrán comprobado que este año, dentro de lo que cabe, el show tampoco ha estado tan mal. Las reinvindicaciones políticas y sociales han tenido un tono algo más atractivo que otras veces, Frances McDormand puso a las mujeres nominadas en pie y Gary Oldman dijo con gracia -tras agradecer, durante tres minutos seguidos, un nombre propio tras otro; perdiendo, por tanto, toda opción a esa moto acuática-, que su madre era aún más mayor que los Oscars, pues iba a cumplir 99 jóvenes años y que pusiera la tetera, que traía a Oscar.

Solo que en las últimas décadas -y salvo honradas y estimulantes excepciones-, dichos discursos a veces han salido, digamos, un poquito extensos y hasta sobreactuados. No pretendo olvidar que Greer Garson habló durante siete minutos seguidos durante aquellos Oscars de 1942 (premiada a la Mejor Actriz por «La señora Miniver«, aprovechó hasta para vender bonos de guerra, o eso se cuenta). Ni que hace relativamente poco Joe Pesci se limitó a decir: «It´s my privilege, thank you» y ya está por su papel en «Uno de los nuestros«. Pero no pasemos por alto que algunos de los más lacrimógenos e interminables discursos de la Academia –Gwyneth Paltrow; Halle Berry-, han venido produciéndose en los últimos veinte años, contradiciendo aquello de que menos es más, de que lo bueno si breve dos veces bueno, etc. Verdadera tradición norteamericana del espectáculo. Y extendida, por desgracia, a nuestra ceremonia de los Goya (clones suyos, aunque no sé si asimismo un poco clowns).

Estos premios demuestran, más que ningún otro en el mundo, que existe todo un posible arte del agradecimiento en público. Tanto al improvisar como pronunciando algo ya pensado con anterioridad y dicho como si a uno se le acabara de ocurrir. Cosa nada fácil, desde luego. Un acto de cortesía que exige adecuadas dosis de naturalidad, encanto y verdad. No necesariamente de brevedad, aunque sí de concisión. Un doble triunfo, superior al de honrar, entre espasmos, a todos y cada uno de los seres humanos que uno haya podido conocer en su vida.

Los mejores momentos de los Oscars se hallan contenidos en Youtube, y cualquiera puede contemplarlos cuando quiera. Yo mismo he curioseado en ellos para escribir estas palabras, divirtiéndome mucho. Es un experimento refrescante. Y en este artículo seguirán adjuntándose los links receptivos, por si quisieran echarles un vistazo. Ahora bien, la primera ceremonia televisada data de 1953 y es obvio que los tiempos han cambiado. Pero todas esas ceremonias del pasado no solo están contenidas en Youtube: su espiritu también lo es. Aún nadie acostumbraba a disponer, a toda costa, del tiempo limitado y permitido. Ni apuraba hasta que la apremiante música del foso le expulsara -¡al fin!- del escenario. La ceremonia, en definitiva, aún no suponía un espectáculo en sí mismo, dándose una mayor discreción y pudor, pasado ya desgraciadamente de moda. Joseph Leo Mankiewicz es capaz de ganar dos Oscars por «Eva al desnudo» en 1950 sin musitar siquiera sendos «Thank you» ante el micrófono (ahora que lo pienso, no se aproxima a este siquiera; y apenas pasa nada; es su opción.

Ray Milland por su interpretación en «Días sin huella» de Billy Wilder en 1946 al menos sí pronuncia ese «Thank you, I´m deeply honored«, pero poco más.

De hecho el propio Wilder aparece en el escenario junto a I.A.L. Diamond -ganadores del Mejor Guión por «El apartamento«-, limitándose a decirse mutuamente: «Thank you, Mr Diamond«, «Thank you, Mr Wilder«, antes de desaparecer como relámpagos.

Y años antes John Huston, muy en su estilo, celebró haberse llevado la Mejor Dirección por «El tesoro de Sierra Madre» alzando en alto el premio en 1949 para insinuar: «Si esto estuviera hueco y contuviera alcohol brindaría por Henry Blanke«.

Para largarse literalmente cuanto antes, a grandes zancadas, como para no molestar más (Blanke era el productor de esa maravillosa película).

Nada ha cambiado en lo esencial: repaso de nominados por categorías, camino al estrado, música que acompaña al premiado, etc. Pero el hipotético Oscar a la Mejor Improvisación data de 1974 y le corresponde sin duda a David Niven (quien diecisiete años antes ya había obtenido el premio en glorioso blanco y negro por «Mesas separadas«; corriendo literalmente hacia el escenario y sonriendo encantadoramente para admitir lo mucho que le había costado llegar hasta allí debido a sus bolsillos rebosantes de amuletos de la suerte; y que la gente había estado diciendo gracias durante treinta años en esos Oscars y él apenas tenía más que añadir excepto… gracias.

Bien, ahora un Niven fuera de competición luce, en color, un envidiable bronceado californiano, y con su personal encanto introduce otro premio hasta que un tipo completamente desnudo irrumpe desde el fondo, corriendo y alzando los dedos en señal de victoria, fuera evidentemente de programa. Una espontánea exclamación de sorpresa lo inunda todo, y aunque Niven apenas le ha visto pasar, permanece sonriendo divertido. Para comentar con inigualable actitud:

«Señoras y caballeros, esto estaba destinado a ocurrir… (risas aliviadas del público). Pero, ¿no es fascinante que probablemente la única risa que ese hombre obtendrá en su vida será a cambio de desnudarse y enseñar sus deficiencias?…».

La capacidad de concisión y originalidad en este formato también puede darse en nombre de otro premiado. John Wayne subió a recoger el Oscar a Mejor Actor en lugar de Gary Cooper en 1952 por «Solo ante el peligro»:

«Coop y yo hemos sido amigos durante más años de lo que me gustaría recordar. Es uno de los tipos más agradables que he conocido. No conozco a nadie tan agradable. Ambos nos caímos de los caballos en las películas juntos… (y cambiando súbitamente de tono). Y ahora que he mostrado tanta deportividad, iré en busca de mi agente y de mi productor para averiguar por qué razón no conseguí «Solo ante el peligro» en lugar de Cooper… Y aún cuando no pueda despedir a ninguno de esos tipos tan caros, al menos sí podré estrellar mi Chevrolet contra alguno de sus Cadillac recién estrenados…» (retirándose súbitamente, con desdén fingido).

Desplacémonos ahora a 1969, ya en color otra vez. Ese tipo de color más ingenuo y que ya no existe. Un tipo de escenario que ídem. Wayne ha sido nominado como Mejor Actor por «Valor de ley«, donde interpreta a Rooster Cogburn, un vaquero entrado en años que luce un magníficio parche en un ojo. Su mujer en la vida real agarra fuerte su mano a su lado. Suena su nombre de labios de Barbra Streissand (estaba cantado). Gran ovación. Y el Duque camina raudo por la curiosa escalera lateral, usada entonces, nada glamourosa por cierto, y bajo los dinámicos acordes de Elmer Bernstein:

«De haberlo sabido me hubiera puesto ese parche treinta y cinco años antes… Señoras y caballeros, no soy ningún extraño en este podio. He subido y recogido a este hermoso caballero dorado antes, pero siempre para mis amigos. Una noche recogí dos. Uno para el almirante John Ford y otro para el admirado Gary Cooper. Y estuve muy inteligente e ingenioso esa noche. Fuí incluso la envidia de Bob Hope. Pero esta noche no me siento ni muy inteligente ni muy ingenioso. Me siento muy agradecido, muy humilde. Y todo gracias a mucha, mucha gente. Quiero agradecer a la Academia. Y a todos quienes nos están viendo en televisión, gracias por tomarse tan caluroso interés en nuestra gloriosa industria. Buenas noches».

Existía, hasta hace unos años el Oscar Honorífico a toda una carrera, concedido en directo. Ahora ya desaparecido, conseguía aportar una suerte de particular emoción que no vendría mal retomar, aunque ya no parece existir suficiente tiempo para esas cosas. Dicho Oscar fue a parar al británico Sir Laurence Olivier en 1979, y Cary Grant le presenta como el actor favorito de los actores y otras muchas otras palabras de encomio. Olivier se encamina, imponente, al micrófono, y díganme cuando fue la última vez que oyeron algo así (lo que importa es como él lo dice; no solo no resulta cursi sino tan distinguido y elegante como su persona; propio de otra época, casi a años luz; cojan aire:

«Señor presidente y gobernadores de la Academia, miembros del comité, compañeros, aprobados maestros, mis amigos, mis condiscípulos: en el gran firmamento de generosidad de vuestro país, esta opción particular podrá ser vista por futuras generaciones como una mera excentricidad, pero el mero hecho de ella, la pródiga y amabilidad humana, deberá ser vista como una hermosa estrella en ese firmamento que brilla sobre mí en este momento, deslumbrándome un poco aunque llenándome con calor y el extraordinario júbilo, la euforia que nos invade a tantos de nosotros, tal y como el primer aliento de majestuoso brillo de un nuevo mañana. Desde lo álgido de este momento, en el solaz, en la amable emoción de mi corazón, en este momento les agradezco este gran regalo que me presta esta parte espléndida en esta, su gloriosa ocasión. Gracias…».

Dustin Hoffman presentó ese mismo Oscar Honorífico al también britaniquísimo Alec Guinness al año siguiente, 1980. Y en esa ocasión Obi Wan Guinness dijo:

«Cuando era estudiante de arte dramático, cuarenta y siete años atrás, me parece, había una dama formidable que impartía clases de lo que ella llamaba «técnica fílmica». Un día apareció con un marco de madera y lo situó frente a nuestros rostros, explicando qué era un primer plano, gritándonos que mostráramos miedo, angustia, alegría, desesperación. Y pronto aprendí a arrancar una risa o dos a mis compañeros de clase. Entonces caí en la cuenta de que si realmente quería labrarme una carrera seria en las películas lo más sabio sería… no hacer nada en absoluto… (pausa estudiada), Y eso es más o menos lo que he hecho desde entonces… Me siento muy fraudulento al recibir esto, pero (pone cara de palo). no permitiendome que expresión alguna marque mi rostro, les agradezco sinceramente su calurosa recepción y gran amabilidad. Y agarro esto mientras aún puedo…»

Y el propio Dustin Hoffman, recibiendo al Mejor Actor por «Kramer contra Kramer» el año anterior, acepta su estatuilla sonriendo, la deja en el estrado y se lleva las manos a la espalda. Le echa una mirada de reojo y dice :

«No tiene genitales y sostiene una espada (pausa). Me gustaría agradecer a mis padres por no haber practicado el control de natalidad (pausa; pero llenado ahora al grano). Tengo sentimientos encontrados, he sido crítico con la Academia… Y con razón. Estoy profundamente agradecido por la oportunidad de ser capaz de trabajar. Y me siento enormemente honrado por haber sido elegido por el productor Stanley Jaffe y el director Bob Benton. Y de haber trabajado en una familia con Meryl Streep, Justin Henry, Jane Alexander, Néstor… Y con el equipo de la película, que es parte de esa familia (…). A todos nos ríen las gracias cuando estamos subidos aquí, a veces por dar agradecimientos. Pero cuando trabajas en una película descubres que hay gente que está dando esa parte artística de sí mismos que va más allá de un cheque. Y no suelen subir aquí arriba, y muchos de ellos no forman parte de la academia, y nunca oímos sobre ellos. Pero este Oscar es un símbolo, creo. Y se concede desde el aprecio de esa misma gente a la que nunca vemos. Son parte de nuestra vida. Me niego a creer que derroté a Jack Lemmon, que derroté a Peter Sellers, que derroté a Al Pacino. Me niego a pensar que Roy Scheider perdió esta noche. Somos parte de una familia artística. Hay seis mil actores inscritos y muchos ni trabajan y muchos son afortunados de trabajar con guión o dirección. Porque cuando eres un actor sin un céntimo no puedes escribir ni pintar y tienes que practicar acentos mientras conduces un taxi. Y debido a esa familia artística que lucha por la excelencia estoy orgulloso de compartir esto con ustedes, y les doy las gracias».

Debemos aproximarnos ya al final del artículo (lo bueno si breve… etc). Y precisamente Walter Matthau nos obsequió en 1967 con un ejercicio de inteligente concisión al recibir el de Mejor Actor Secundario por «En bandeja de plata«. No en vano ya se está rascando la nariz de forma muy graciosa al escuchar los nombres de los demas nominados, les ruego reparen en el plano general de la imagen: puede observarse a un individuo anónimo inequívocamente dormido como un tronco, a apenas un par de butacas de distancia). La forma desgarbada de caminar de Matthau resulta más que digna de verse, y aún más al descubrir su brazo izquierdo cubierto por completo por una escayola, lo que no le impide vestir la chaqueta de smoking sobre los hombros de forma inimitable, incluso algunas magulladuras en el rostro. Ni decir con toda seriedad reflexiva:

«El otro día, mientras me estaba cayendo de la bicicleta (risas), tuve los siguientes pensamientos: me habían asignado una papel muy jugoso. Me había sido permitido trabajar con gente talentosa, estimulante y hermosa. Me había sido entregado por ello una gran cantidad de dinero y una gran cantidad de alegría… (Sonríe abiertamente al fin, como sin tomarse muy en serio). Así que, ¿no creen que esto es ya llevarlo demasiado lejos?…».

Pero mi agradecimiento favorito es -pese a todo lo mantenido anteriormente-, razonablemente reciente. El Oscar al Mejor Corto Documental de 1995, «One survivor remembers» de Kary Antholis, quien se dedica a hablar por un minuto entero mientras la protagonista de su obra, Gerda Weissmann Klein, superviviente del Holocausto, aguanta pacientemente a su lado. Una observación atenta de esa mujer permite detectar su respiración agitada, su nerviosismo al contemplar al otro. Suena la música de invitación a escurrir el bulto, e incluso la persona encargada de encaminar a los premiados a la salida comienza a instarles con gesto amable pero firme a retirarse. Solo que ella permanece anclada ante el estrado, sujetando la estatuilla, y con voz débil pero firme Gerda dice:

«He estado en un lugar por seis increíbles años, en el que ganar significaba un trozo de pan y vivir otro día más. Desde el bendito día de mi liberación me he hecho esta pregunta: «¿Por qué estoy aquí?… No soy mejor que nadie». Desde el ojo de mi mente veo esos días y me desvelo por todo aquel que no vivió para ver la magia de una aburrida tarde en casa… En nombre de todos ellos deseo agradecerles a ustedes por honrar su memoria. Y no pueden hacerlo de ningún modo mejor que el de retornar a su casa esta noche y darse cuenta de que todos y cada uno de ustedes, que conocen la alegría de la libertad, son ganadores. Gracias con todo mi corazón…».

Las traduje todo esto del inglés. Que yo sepa, no existen traducciones disponibles en ninguna otra parte.

Aunque no hace ninguna falta que me lo agradezcan.

Y si lo hacen, por favor, sean breves.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dieciocho + 13 =