De mi abuela materna, por María de Félix respondía, heredé un recurrente picor de espalda y una pertinaz cercanía por los perdedores. Lo primero vino muy pronto y desde entonces, y con escasísima fortuna, ando implorando a los míos acuciantes  rascamientos. Dicen que soy muy cansino y debe ser verdad pero ellos carecen de caridad  y no lo admiten.

Lo otro tardó algo más, no en llegar pues siempre estuvo ahí. Fui yo; siempre era yo quien tardaba demasiado tiempo en asumir la evidencia. A mi abuela le gustaba el fútbol pero nunca celebraba la victoria de equipo alguno. Se apiadaba del perdedor; siempre. “Pobreticos; qué pena me dan”; decía. Poco o nada importaba que la cara fuese la mismísima selección nacional y la cruz Macedonia, pongamos por caso.

En términos convencionales podría decirse que he ganado cosas y alguna que otra distinción, y dos son mis certidumbres. Que ningún mérito reuní y que nada bueno aprendí de ello. No escribo desde el cinismo de una humildad impostada, ni desde la soberbia ingrata. Un millón de gracias para quienes alguna vez vieron en mí mérito por recompensar. Que Dios les perdone por semejante exceso.

Cuando miro atrás y me veo en aquellas chicas y fugaces cimas siento bochorno. Aquél no era mi lugar; nunca lo fue. En esos instantes la jactancia y la fatuidad se apoderan de tu alma y te tornan en un ser grotesco.

En los reveses y descensos encontré el mejor magisterio pues, en efecto, la luz siempre me entró por las heridas. En la cruz están las respuestas y en el egoísmo la muerte en vida. Cuando de veras aceptas la propia nimiedad y que eres polvo que al polvo ha de volver; cuando comprendes tu infinita menudencia respecto a las estrellas que, desafiantes y majestuosas, te observan cada día, quizá tengas una oportunidad para ser feliz. No somos una amalgama de células ni mera materia orgánica con fecha de caducidad. Somos, por encima de todo, alma que clama por vivir en plenitud.

Por ello encuentro más mullida la derrota, junto a los que esta sociedad frívola llama caídos. Porque muchos pierden su vida para salvar otras; porque muchos pierden el sueño para regalar alboradas. Porque muchos pierden la salud de forma aleatoria e incomprensible. Porque demasiados arriesgan sus vidas y las de sus hijos por llegar a la orilla prometida. Porque muchos ya perdieron por nacer donde nadie les dio a elegir. Porque muchos duermen al raso, entre cartones e indiferencia. Porque muchos ven daños colaterales donde hay corderos sacrificados por asesinos con licencia. Porque a muchos se les niega la palabra y el grito. Porque apenas hay resquicio para la poesía donde reinan la prosa y el vinagre. Porque a muchos les esperan mazmorras y bozales. Porque muchos pierden su salud y la alegría, la libertad en definitiva, en un mercado que algunos tildaron de libre,donde una mano, que otros adjetivaron de invisible, mueve los hilos y dicta las normas.

Donde muchos pierden, ganar es una ofensa. Nada hay que celebrar salvo la vida que nos es concedida para ir tras la utopía; es decir, por aquello que jamás alcanzaremos pero que nos impulsa a seguir caminando, erguido el mentón y llorosas las pupilas.

En las cumbres jamás hallé inspiración. Las musas y los pensamientos más puros me aguardaban en las mesetas; también en los estuarios, donde ríos cansados de tanta brega se abandonan al mar.

Yo también lucho contra fantasmas y no quisiera perder esta batalla. Me bastará un cachito de mar esmeralda y un trocito de arena fina y un fragmento de cielo azul, donde pueda respirar por la palabra y caminar descalzo. Donde pueda amar a mi amada y a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

Quisiera perder para ganar. Perder mi barcaza para salvarme del naufragio final. Perderme yo para que ganen los míos. Mejor en la derrota, entre ascuas y cenizas, nubes y lloviznas. Mil veces, mil, antes persona que personaje, cuento que odisea y grito que lamento.

Que el Cielo me perdone y la tierra me sea leve, que nunca merecí nada y nada necesito salvo mirarme al espejo y sostener mi mirada. Benditos sean los perdedores porque ellos ganarán la VIDA.       

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