Saciados, que nunca ahítos, surca de nuevo nuestra mirada en lo que tal vez acabe por erigirse en síntoma de rebeldía (no en vano el valor de la rebeldía comienza a entenderse cuando se reconocen como revolucionarios gestos o comentarios otrora surgidos desde el instinto); y que en última instancia no hace sino prodigarse en el último desquite que al Hombre Moderno le queda, a saber, el de auspiciar en la búsqueda de la línea del horizonte la que bien puede ser la última de sus búsquedas.

Supone la búsqueda, en sí misma, un gesto que bien puede ser interpretado desde un carácter de necesidad (hecho este apunte desde el sentido filosófico del concepto, o sea, reconociéndole en tanto que tal, al hecho en sí su propia causa, retribuyendo por sí y a su vez su propio efecto).

Se convierte por ello la búsqueda en todo un ejercicio de rigor, toda vez que su condición de apuesta de futuro habría de suponer suficiente aval a la hora de reconocer en aquellos destinados a tenerse por dignos de prodigarse en el ejercicio de la misma, la brutal tarea de erigirse en portadores de la esperanza; una esperanza hoy por hoy escasa, casi tanto como lo son los sueños, y que en definitiva redunda en esa fuerza inusitada desde la que tan a menudo la Historia reconoce los gestos de los que después, ya sea para bien o para mal, son unas veces reconocidos como héroes, otras entonados en arias, por estar su recuerdo llamado a ser entonado en salmos propicios a mártires. 

Redundamos pues una vez más en la que ya es nuestra sempiterna súplica (tenerla por infinita constituiría un gesto denodado), y reconocemos de nuevo en nuestros miedos los que en realidad bien pueden ser tenidos por propios que no por consabidos de una generación que poco a poco reconoce en su incapacidad para soñar, la certeza de un destino proclive al sufrimiento. Y no es que sufrir sea en sí mismo malo, no en vano sufrir te hace fuerte (véase en todo caso el efecto que el sufrimiento ha provocado en nuestros más cercanos antecesores); es que por primera vez en mucho tiempo nuestro sufrimiento será estéril, como lo es la tierra llamada a ser regada con esa metáfora de sudor que nuestra balada vital produce.

Nos reconocemos en un presente que provoca llanto, y sin embargo no nos reconocemos en el llanto de los que antes, en este mismo lugar, ya lloraron. Era aquel un llanto ácido, llamado a descomponer estructuras más o menos lapidarias que habían sido construidas engarzando con el falso mortero de la tradición, piedras que como tal estaban sólo destinadas a erigir estructuras pesadas, tan pesadas que sólo el efecto de la gravedad, acaudalada en el que se muestra como gran gestor, a saber El Tiempo, convencían o conmovían a todo el que tenía la suerte o la desgracia de cruzarse en su camino, quedando de manera irreductible atrapado por en encantamiento que ya fuera por el afecto del que se siente satisfecho, o por el oprobio del que se avergüenza, tejiendo con ello uno de esos enredos destinados a proporcionar sostén no tanto a la Historia, como sí más bien a los llamados a interpretarla.

Hoy, al contrario, está nuestro llanto desnaturalizado. Es nuestra sociedad una sociedad que no llora. Y no porque no tenga motivos, sino porque no tiene métodos, o en el mejor de los casos, porque eso es lo que piensa.

Perdida la esperanza (lo que se traduce en la derrota de cualquier aspiración de futuro), los llamados a conformar nuestra realidad han de afianzar todos sus esfuerzos en aras de la consecución de su verdadero objetivo, que no es otro que el de convencernos de la importancia extrema por exclusiva de el aquí y el ahora. Y a ese proyecto han destinado ya sí sin el menor disimulo, todos sus esfuerzos.

Puede parecer extraño, paradójico diría yo, que sea precisamente en el tiempo que parecía destinado a recoger los frutos de la generación más preparada para dejar su huella en la Historia; cuando los ingenieros destinados a pergeñar el gran plan se vean capacitados para quitarse la máscara, mostrándose ellos y su plan en todo su esplendor. Ya de por sí, y sin mayor añadidura, habrá de suponer algún día motivo de investigación. Una investigación justificada siquiera en una sola premisa, la que parte de buscar la causa que nos ha llevado a creernos no ya especiales, que sí más bien casi imprescindibles.

Habremos pues de detenernos un instante en nuestro devenir, para constatar hasta qué punto es nuestro tiempo tan especial. Para empezar, cabría reseñarse que el tomarlo por nuestro, obedece siquiera a una cuestión vinculada al Lenguaje (que se muestra en este caso demasiado concreto como para albergar un concepto que nos permita integrar cuanto queremos explicar). Dicho esto, los siguientes pasos son no ya sencillos, que si más bien evidentes, pues los mismos nos llevan a una suerte de tránsito destinado a poner de manifiesto nuestra incapacidad para reconocernos en el aquí y el ahora al que el tiempo queda reducido; siendo por ello incapaces para reconocernos ni a nosotros mismos ni por supuesto a nuestros actos, dentro de ese supuesto devenir.

Descabalgado pues el Hombre de la que inocentemente pensó estaba llamada a convertirse en su inseparable montura, se ve ahora éste condenado a divagar (pues para transitar por el tiempo hace falta una voluntad), y ésta se reconoce exclusivamente en la tenencia de un objetivo, objetivo inaccesible pues habría éste de quedar contenido en un futuro, que como hemos dicho hace tiempo que nos resulta inaccesible, por irreconocible.

Emprende pues el Hombre la que estará llamada a ser la enésima caminata por el devenir del tiempo, y lo hace una vez más con el sabor agridulce que en el cuerpo y en el alma dejan las llamadas a ser tenidas por victorias pírricas. Como tal, sale el hombre dañado en su cuerpo, y lo que es peor, también en su alma. Pues en las heridas del alma es donde mejor se reconoce el efecto sordo y verdaderamente mortal que sólo el efecto de la desesperación es capaz de provocar.

Renuncia el Hombre Moderno al futuro, y lo hace desde una posición hasta ahora desconocida, la de comprenderse como incapaz de prodigarse en el presente. Nos queda pues, y a lo sumo, el refugio del pasado. No en vano, nuestro presente, 2018, habrá de mostrarse pródigo en conmemoraciones. Así, noviembre habrá de permitirnos reflexionar sobre las consecuencias que para el Hombre ha traído sustituir la razón por el uso de las piedras (al cumplirse cien años del fin de la I Guerra Mundial); mientras que en España convendría alguien se acuerde de conmemorar el aniversario de, por ejemplo, La Generación del 98.

Habremos pues de estar muy atentos, si no a la hora de ser capaces de soñar, sí cuando menos en lo concerniente a reconocernos en los éxitos o en los fracasos llamados a trascender en lo que otros soñaron antes que nosotros.

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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