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De Madrid al infierno

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Dicen que la memoria tiene las patas cortas pero el refranero es extenso en una España en la que la doble vara de medir es el segundo deporte nacional por detrás de la envidia. A veces, estas expresiones atribuidas a la sabiduría se basan más en deseos de justicia poética o en generalizaciones superficiales del tipo ‘si el río suena, algo lleva’ sin preocuparse del caudal del agua, del tipo de sonido o de lo que realmente lleva y por qué.

El utópico “el tiempo pone a cada uno en su lugar” sería deseable para recordar para siempre la infame gestión del gobierno en el coronavirus: enfoque recentralizador y negativa compulsiva a cerrar Madrid pese a acumular el mayor foco de contagio, anuncio en diferido y con retraso del estado de alarma, filtración de desacuerdos entre socios de coalición, propaganda españolista con las sumisas portadas en amarillo de la prensa y el espectáculo bochornoso de militares de la UME en la calle, al que no les ha dado tiempo de frenar a los que salieron en manada rumbo a sus segundas residencias. Antes su evasión que la empatía hacia el prójimo. Cuanto peor mejor, que diría Rajoy. ¿Alguien duda de lo que hubiera sucedido si Catalunya tuviera la mayor cifra de infectados?

Para algunos, más obsesionados en la anécdota y las cortinas de humo (como Moratinos y Gibraltar) lo más grave es un tuit de Ponsatí que posteriormente borró en el que decía ‘De Madrid al cielo’. Paren rotativas: la caverna mediática la convierte en “una golpista que se mofa de las víctimas”. Sin estar en el cerebro de la política catalana, dudo mucho que su intención fuera desear la muerte de los madrileños aunque si fuera así yo sería el primero en condenarlo. De hecho, en un artículo de 2014 del ABC se explica que “quienes pasan por debajo del puente peatonal que une el Parque de Roma con Moratalaz pueden leer que se dirigen ‘de Madrid al cielo’. Es decir, que como en la capital no se está en ningún sitio”. También se apunta a la posibilidad de que el dicho “se hiciera famoso a finales del siglo XVIII a raíz de las reformas que Carlos III realizó en la ciudad para embellecerla” gracias a las cuales “dejó de ser la anticuada villa castellana y pasó a convertirse en la regia capital de un vasto imperio”.

Entonces, ¿cómo se puede demostrar que su tuit tenía voluntad ofensiva si no se lo han preguntado, ¿alguien de los que la critican se ha llegado ni siquiera a plantear qué sentido quiso darle al tuit? ¿Por qué se ha validado sin más la interpretación partidista de ciertos medios? ¿Hubieran hecho lo mismo si el tuit lo hubiera escrito alguien de otra ideología? Y si el mayor foco de contagio hubiera sido la capital catalana, se hubiera armado el mismo follón si un político del PP, C’s o Vox hubiera dicho ‘De Barcelona al cielo’?. Son preguntas retóricas: la han condenado sin concederle el beneficio de la duda.

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Pero el virus de la criminalización y la calumnia ya se ha propagado y no hay cordón sanitario ni medidas institucionales que lo contengan. No hace mucho la alcaldesa de Vic recibió la lluvia tóxica de los difamadores profesionales por aplaudir la campaña ‘No me cambies la lengua’. Poco después el gobierno “progresista” PSOE-Podemos decidía elevar un 30% la altura de las vallas de Ceuta y Melilla y aplaudía las devoluciones en caliente avalada por el TEDH. Pero la racista era la alcaldesa.

Algo similar le sucedió a Quim Torra antes de ser president por un artículo contra la discriminación lingüística de Swiss Air, que le transformó en ojos de la opinión pública (coincide con la publicada según José Luis Sampedro) en un malvado racista, xenófobo y supremacista. Nada que ver con aquellas declaraciones públicas de Casado en las que amenazó a Puigdemont de terminar como Companys (o sea, fusilado). Entonces en la meseta no hubo ningún escándalo sino solo silencio cobarde y cómplice, porque los franquistas fusilaron con amor como dijo Ortega-Smith. Lo suyo son las sesiones de tiro y la amnesia histórica o la memoria histérica. Losantos también propuso literalmente “bombardear Catalunya”, Hernando dijo que ERC y CUP “querían muertos en las calles” en octubre de 2017 y altos cargos del ejército han manifestado en varias ocasiones su predisposición a una intervención militar. ¿Escándalo en plataformas y medios? No, sólo una gran mota de polvo como las de los westerns.

También fueron blanco provisional de la cerrazón cañí la waterpolista Roser Tarragó, que tuvo que cerrar su cuenta de Twitter tras recibir insultos y amenazas simplemente por llevar una estelada en la foto, o el jugador de hockey hierba Alex Fàbregas por declarar que se sentía catalán y jugaba con España “porque no tenía más opción”. No se recuerdan grandes indignaciones ni manifestaciones de solidaridad fuera de Catalunya. Sin olvidar los tuiteros que desearon la muerte de catalanes en el accidente de Germanwings, en los incendios de l’Empordà del 2013 o en los atentados yihadistas en Las Ramblas del 2017, cuya más que probable implicación del Estado (el imán de Ripoll, confidente del CNI) fue cortada de raíz por el mismo ‘nacionaljudicialismo’ que hizo oídos sordos a los anteriores episodios y a los otros muchos que hubo, incluida la frecuente equiparación entre independentismo y nazismo.

Mientras Ponsatí sigue siendo crucificada (como el muñeco de Puigdemont quemado en el pueblo de Coripe entre disparos de guardias civiles, aunque la Fiscalía no vio incitación al odio), continúa su forzoso exilio acusada de un delito que nunca cometió tras un juicio plagado de irregularidades, tal y como denunciaron el magistrado emérito del Supremo Martín Pallín y Luigi Ferrajoli, uno de los penalistas más importantes del mundo. Mientras Ponsatí sigue siendo masacrada en redes, también por gente de izquierdas que pica el anzuelo fácil del chivo expiatorio y el análisis en caliente, la salud de millones de españoles está en serio peligro, también su libertad de movimientos si no son de la capital. Y la ley mordaza que un día prometieron derogar, a punto para volver a reprimir y recaudar (416 millones de euros entre 2015 y 2018).

Dicen que rectificar es de sabios pero las disculpas de Ponsatí sólo han servido para que los energúmenos de siempre la hayan insultado con descalificaciones mucho más graves que su tuit inicial. Mientras Ponsatí, cuya petición de extradición ha sido rechazada por países democráticos, sigue siendo señalada un tal Juan Carlos recibió 100 millones de un régimen saudí al que vende armas. Además, su hijo, un tal Felipe, es el beneficiario de una sociedad offshore creada para recibir ese dinero pero causalmente acaba de renunciar a tal herencia y su progenitor ya no tendrá la asignación de los presupuestos. La comisión de investigación en el Congreso, nuevamente bloqueada. Ese es el coronavirus letal, crónico e inviolable. Antes rota que roja: la indisoluble unidad de la pandemia y la unidad del destino en lo vírico. Les dejo tranquilos para que puedan seguir linchando a Ponsatí como la gran culpable. Hubiera sido más apropiado tuitear ‘De Madrid al infierno’ donde ahora la queman.

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