En breve, concretamente el próximo 15 de junio, se cumplirá en Almonte un año de la investidura de una candidata que representa a un partido minoritario de izquierdas. Hasta ese momento, la alcaldía de la localidad siempre había recaído, de una u otra forma, en el partido con mayor número de concejales. La llegada al poder político de Rocío del Mar Castellano cambió, por completo, esta tradicional inercia asumida por todos los partidos de la localidad y, sobre todo, por los componentes de la izquierda alternativa que han visto sobrepasado, ahora de una forma mucho más radical, el viejo tabú de limitar las alianzas puntuales hacia el PSOE.

El paso dado por Mesa de Convergencia (MdC), alcanzar la alcaldía bajo la fórmula de un gobierno con PP, PSOE e Independientes, nos muestra la normalización de un nuevo contexto político en el que el papel de la izquierda minoritaria pasa, de mero espectador con prejuicios, a actor protagonista. Sin embargo, el camino recorrido hasta alcanzar este hito, donde prima la estrategia y el empleo de las instituciones para la consecución de objetivos muy concretos, ha supuesto un alto coste a la izquierda alternativa como lo demuestra, durante las últimas dos legislaturas, el fuerte desgaste al que fue sometida IU (desde la misma izquierda alternativa) ante su valiente posicionamiento institucional.

Sea como fuere, y por primera vez en la historia de Almonte, el 14% del electorado local que apoyó a MdC e IU (aunque esta última no obtuvo representación), así como los simpatizantes de Podemos y la abstención que habitualmente vota a alguna de estas opciones, deben entender que cuentan con un representante en la alcaldía de la localidad. Al fin y al cabo, ese porcentaje (para nada desdeñable), viene a representar desde hace décadas a un mismo grupo ideológico, aunque heterogéneo en siglas, que de una u otra forma han militado o votado a dichos partidos. Por tanto, a todos los actores que forman parte de este variado y reducido grupo, con representación institucional o sin ella, se les presenta la oportunidad de mostrarse colaborativos para la obtención de resultados políticos conjuntos aunque, hasta la fecha, y como ha pasado en procesos electorales anteriores (desde 2015 se lleva intentando sin éxito la confluencia), dichos acercamientos parecen imposibles… ¿por qué?

A muchos les parecerá, empleando el típico tópico, que la ausencia de estos acercamientos se debe principalmente a la heterogeneidad propia de la izquierda. Quien así opina desconoce que, precisamente, es la pluralidad lo que da sentido a la izquierda alternativa y enriquece sus postulados. La cuestión del distanciamiento en Almonte no es política sino, más bien, se debe a las viejas rencillas personales y los correspondientes egos que enfrentan, en torno a posiciones diferentes ante un mismo tema, a todos sus miembros (entre partidos y dentro de los mismos). Quienes anteponen las cuestiones personales a la política denotan, a todas luces, una clara ausencia de estrategia política y madurez.

La reactivación de la izquierda alternativa pasa, irremediablemente, por superar esas limitaciones personales para, de una vez por todas, volver sobre el debate exclusivamente político. No se trataría de abandonar los profundos principios ideológicos con los que se piensa o construye la realidad futura de una localidad sino, más bien, de entender que solo una estrategia institucional bien planificada y defendida por todos sus miembros (aunque sea de mínimos), puede dar algún fruto a largo plazo. En ese sentido, el actual contexto político se muestra idóneo para superar el aparente impasse político en base, eso sí, a los principios de madurez estratégica y política.

En resumidas cuentas, el fracaso de MdC, de darse, también será, como ocurrió con IU, de todos aquellos que pudiendo aprovechar un contexto institucional favorable prefirieron anteponer su ego a la política. Cuando un grupo es derribado otro toma ese espacio y, de nuevo, vuelven a reproducirse los mismos errores, discursos y propuestas que, pese a estar dirigidas hacia a la mayoría social, no encuentran ni apoyos ni defensores en la calle.

El problema no estriba en la idoneidad de uno o varios partidos políticos sino, como bien se puede comprobar, de la ausencia de amplitud de miras (política, estratégica y reflexiva) en los miembros que forman dicho espacio plural. Por ello, si la izquierda alternativa quiere sacar provecho de esta especial situación, no le queda más remedio que poner freno a la dinámica antes expuesta y abrir, para lo que resta de legislatura, un espacio de debate en torno a la unidad de acción inmediata y futura.

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