Es innegable que vivimos en una sociedad tremendamente capitalista. Tanto consumidores como empresas han visto en la producción rápida un incremento de las ventas y un modo de ahorrar sus costes. Sin embargo, en muchas ocasiones decidirnos por la opción más económica puede ser un grave error, pues a la larga los problemas que sufren los productos y las constantes reparaciones conllevan un gran desembolso. Además, esta decisión no solo influye en compras elevadas o de gran presupuesto, pues la rentabilidad calidad-precio en productos cotidianos debería ser analizada antes de una compra esporádica motivada únicamente por el precio.

Invertir en lugar de gastar

A la hora de adquirir medicamentos, un consumidor no cuestiona si un producto es más costoso que otro, ya que da por sentado el beneficio a largo plazo. Al igual que ocurre con los medicamentos, los consumidores cada vez son más cuidadosos a la hora de seleccionar los alimentos que van a consumir, pues los estudios de los últimos años han demostrado cómo la calidad de los alimentos acaba repercutiendo en la salud.

No obstante, y a pesar de que cada vez son más los que toman conciencia de ello, en muchas ocasiones el usuario es incapaz de pensar a largo plazo. En la época del fast food y la constante llegada de estímulos, los individuos del siglo XXI nos hemos acostumbrado a la rápida consumición de productos que apenas duran en el tiempo. Ocurre así con la moda y la tendencia al fast fashion que se ha propagado en Internet, gracias a la cual las prendas están diseñadas para soportar la temporada y ser desechadas casi de manera automática. Lo importante es estar a la moda en el momento y no el coste que pueda acarrear.

Este problema tambiéna afecta a la tecnología. En octubre de 2018, Italia se convirtió en el primer país del mundo en imponer multas a Apple y Samsung por la “obsolencia programada”, es decir, disminuir la funcionalidad de sus productos para incentivar la compra de nuevos modelos. Guste o no, el desarrollo de la tecnología ha cambiado el modelo tradicional de negocio, y su innovación constante es una consecuencia directa.

Sin embargo, esta mentalidad no solo afecta a compras que se efectúan en momentos puntuales. El aumento de productos de marca blanca en los supermercados es un buen indicador de ello. Un consumidor medio, por ejemplo, prefiere comprar una pastilla para lavavajillas de marca blanca antes que las pastillas para lavavajillas de Somat, aunque tenga pleno conocimiento de que, a la larga, pueda acabar provocando problemas irreparables en el electrodoméstico.

La toma de conciencia y el análisis sosegado de calidad-precio es fundamental a la hora de adquirir productos. Como consumidores, tenemos la responsabilidad de informarnos y no tomar decisiones precipitadas motivadas únicamente por el bajo coste inicial. Además, al coste económico se une el coste ambiental. La sociedad parece ir apartado la impulsividad y cada vez son más quienes prefieren comprar con cabeza menos productos, pero de mayor calidad.

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