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Cuando el parto no es suyo

Alejandro Sánchez Moreno
Docente en educación secundaria e historiador. Especialista en historia del movimiento obrero andaluz. Es autor de numerosos artículos de investigación y ha publicado las monografías históricas José Díaz, una vida en lucha (Almuzara, 2013); ¿De qué se nos acusa? (Utopía Libros, 2014); y La lucha por la unidad (Utopía Libros, 2015), además de la novela "En el panel derecho de El jardín de las delicias" (Leibros, 2017) El autor escribe habitualmente en prensa escrita y digital y ha colaborado en medios como Viva Sevilla, Cuarto Poder, El Correo de Andalucía, Infolibre, Tercera Información o eldiario.es. Actualmente es jefe de opinión de El Común.
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Mi mujer está otra vez embarazada. Y es el tercero. Así que estando como están las tasas de natalidad, se podría decir que sin ser nosotros miembros del Opus Dei -Dios nos libre-, vamos a ser una familia anómala en este país. No animan los tiempos a ir teniendo hijos, la verdad. Pero nosotros estamos contentos. Y eso que el nuevo embarazo vino sin avisar, así de sopetón. Pero como siempre quisimos tener tres, pues todos contentos. Aunque si les soy sincero no todo es bonito, y estos nueve meses de embarazo que tanto se han idealizado son un verdadero suplicio para ella. Y no. No crean que hablo de los malestares propios del embarazo, ya de por sí bastante molestos, sino de algo que, no por normalizado deja de ser escandaloso. Y es que hasta que mi mujer tenga al niño, va a ser tratada como si de una vasija se tratase.

Hay pocas experiencias capaces de mostrar tan claramente el machismo institucional como un embarazo. Miren ustedes, mi mujer lleva tres semanas con un dolor abdominal que va variando en intensidad y que a veces se torna insoportable. Como haría cualquiera en nuestro lugar, cada vez que esto ocurre, acudimos a urgencias hospitalarias, y de allí siempre la derivan a Ginecología por su estado. Una vez comprueban que el niño está bien, nos mandan a casa sin más, a pesar de nuestra insistencia en ver a un especialista digestivo en el Hospital General. Pero no nos dejan. Y si tiene dolores, pues se aguanta, ya que lo que importa es el niño, ¿no?, y total, en su estado pocas pruebas le podrán hacer, así que con el ginecólogo va que chuta.

A veces, la mejor manera de ser conscientes de la discriminación entre personas es invertir los papeles entre sujetos. ¿Se imaginan que fuésemos los hombres los que quedásemos embarazados? ¿Nos tratarían así? Porque a una mujer se la infantiliza desde el mismo momento en que esta queda embarazada hasta el parto. Así, a una mujer se la explora sin que a nadie se le ocurra pedir permiso para meter las manos en sus partes más íntimas, y nunca se le da explicación alguna de lo que ocurre (que dirán que exagero, pero a un hombre no le mete un urólogo el dedo en el trasero sin más) Aunque este y otros muchos ejemplos que se pudieran poner, quedan al final en nada comparado con lo que llega el día del feliz alumbramiento, momento en el que ellas,y su opinión ya no importan absolutamente nada.

Yo no dudo de que si fuésemos nosotros los que pariésemos la cosa sería bien distinta. Pues a pesar de ciertos avances en la atención a las madres en el embarazo, el parto y el posparto, queda tanto por hacer que casi me da vértigo sólo de pensarlo. El exceso de instrumentalizaciones a veces innecesarias como episotomías o cesáreas, que priman la comodidad del médico frente a los efectos secundarios que puedan tener esas intervenciones; la aplicación de molestos enemas o el rasurado que no benefician en nada a la mujer pero hacen menos desagradable la experiencia al personal; la falta de información sobre medios no farmacológicos para el alivio del dolor; el abuso de incómodos tactos vaginales… Vamos un no acabar, al que se suma en caso de parir en un hospital público, la posibilidad de que tu vagina sea expuesta a grupos de estudiantes de Medicina en proceso de aprendizaje (cosa que conste que entiendo perfectamente, pero creo que deberían contar al menos con el permiso de la paciente)

Así pues, vivimos en un mundo patriarcal en el que ni siquiera algo tan exclusivamente femenino como el parto les pertenece a ellas. Aunque por suerte esto pasará, y como premio tendremos a un hijo al que querremos tanto que todo habrá merecido la pena. Y finalmente ella recuperará su condición de persona adulta, y podrá ser tratada con el respeto que merece. O tal vez no, porque entonces será madre, y toda la sociedad  estará pendiente de ella. Y será juzgada hasta en sus últimas acciones porque una mujer convertida en madre ya solo puede dedicarse a eso, sin que ningún esfuerzo en la crianza de sus hijos pueda ser visto como algo digno de alabanza. Mientras esto le ocurre a ella, a mí, solo por llevar a mis hijos al parque ya me considerarían un padrazo. Y es que mira que es jodido ser mujer, a pesar de que todavía muchos no sean conscientes de sus privilegios.

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