Durante el segundo semestre del 2012, me dediqué, full time, a analizar  y denunciar la estafa de la que había sido víctima mi entrañable amiga Pilar (así como miles y miles de ciudadanos hacendosos, honestos y ahorradores) y a defender la recuperación de sus ahorros estafados por Caixa Catalunya. Para ello, asistí a reuniones informativas, a reuniones con afectados, a mesas redondas sobre la estafa perpetrada por todas las entidades financieras. Y participé en manifestaciones en distintos pueblos del alfoz de Barcelona.

En todas estas vivencias y convivencias, encontré a afectados muy preocupados o, más bien, desesperados, desesperanzados, traumatizados y desorientados: como a la lechera del cuento, les habían roto el cántaro de sus ahorros y de sus sueños. Ahora bien, los afectados eran siempre personas de la tercera edad o personas entradas en años (maduras), que habían sido desplumadas de los ahorros de toda una vida, o desempleados de cierta edad que habían sido también desvalijados de las indemnizaciones por despido, recibidas de sus empresas. Todos estos afectados —con mentalidad de hormigas hacendosas y previsoras, y con mucho esfuerzo y sacrificio— habían conseguido tener una cierta capacidad de ahorro, pensando en el futuro, que es siempre incierto, y en el otoño de sus vidas.

Por su edad, estos afectados (personas mayores o ya maduras) habían formado familias tradicionales, cargadas de hijos.  Y éstos les habían dado nietos, ya talluditos. Ahora bien, estos hijos y estos nietos nunca los encontré en las reuniones, en las manifestaciones, en las mesas redondas, en los actos organizados para reclamar y defender los ahorros de sus padres o de sus abuelos. Como podría haber dicho el conde de Latores, Sabino Fernández Campos, “ni estaban ni se les esperaba”. Y, para más INRI, más de tres afectados me confesaron que tenían hijos/as o nietos/as, que eran juristas y que trabajaban de leguleyos. ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!,  me dije para mis adentros.

Este comportamiento de los hijos y de los  nietos de los estafados por las entidades bancarias me dejaron de piedra. Estos hijos ni-ni (ni estaban ni se les esperaba) y estos nietos ni-ni (ni estaban ni se les esperaba) habían dejado en la estacada, abandonados a su suerte, a aquellos que se habían desvelado y deslomado en la crianza de una familia numerosa y desempeñando, más tarde, las funciones de canguro de los hijos de sus hijos. Este abandono ante las fauces de esas cuevas de Alí Babá, que son las entidades financieras, me hicieron recordar el comportamiento de muchos hijos con sus padres que —en esta sociedad egoísta, hedonista y de consumo desenfrenado— los abandonan en asilos, denominados eufemísticamente hoy residencias de la tercera edad.

Sus retoños les pagan así los desvelos y los sacrificios de toda una vida. Por eso, el dicho del acerbo popular “cría cuervos y te sacarán los ojos” les viene como anillo al dedo a estos “ni-ni”. Los abuelos y padres estafados hicieron el bien a quienes menos se lo merecían y,  luego,  les dieron la espalda o los traicionaron y abandonaron ante esos desalmados de Alí Babá y sus ladrones de las entidades bancarias. Este comportamiento filial y “nietal” da la razón a Eurípides de Salamina, que dejó para la posteridad este aforismo, sólo aparentemente contradictorio: «Es un dichoso infortunio el no tener hijos«; y también a Federico García Lorca, que escribió: «Tener un hijo no es tener un ramo de rosas«.

Hoy, en el contexto de la pandemia del Covid 19, demasiados jóvenes tampoco les están poniendo la vida fácil a sus padres y abuelos, personas de alto riesgo desde marzo de 2020. En efecto, con sus botellones, con sus fiestas ilegales, con sus relaciones sociales temerarias,… se han pasado y se están pasando por el arco de triunfo las recomendaciones y las consignas, de obligado cumplimiento, de las autoridades sanitarias. Y, luego, pasa lo que está pasando: introducen, en el ámbito familiar, el tan temido, peligroso y agresivo virus chino de la pandemia, con las consecuencias letales que todos conocemos.

¡Qué tropa dejamos para la posteridad! ¿Qué ha fallado en la educación de los hijos? Según Enrique Jardiel Poncela, “realmente, sólo los padres dominan el arte de educar mal a los hijos«. En efecto, como escribió alguien de cuyo nombre no puedo acordarme, todos los padres “piensan en dejar un mundo mejor para sus hijos, cuando en lo que tendrían que pensar es en dejar mejores hijos para el mundo”.

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