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Cuando alguien dice que es apolítico, yo entiendo: extrema derecha. Cuando alguien me habla de Historia neutral, yo pienso: justificación. A nadie con una cultura media le extrañará que afirme que la Historia es la coartada del poder dominante. Es un tópico y bastante manido de primero de carrera. Pero nada nuevo hay bajo el sol y parece que estamos condenadas a repetir las mismas disputas en este bucle cansino que identificamos con lo humano.

Hay que volver a lo básico. La Historia sólo tiene una utilidad, la del análisis de los hechos a partir de los datos; pero no para la pura erudición o, mucho menos, para la construcción de los hitos de nuestro orgullo compartido: eso es conservadurismo embustido, y hemos abusado de ello hasta convertirnos en ceporros conmemorativos, conmemoramos sin parar ni reparar en si hubo dolor y sufrimiento en los hechos estudiados, jamás miramos a los seres humanos sino que ampliamos el zoom para ver la patria, las clases, las monarquías, las colonias, los imperios, las guerras, la política, la “Grandeur”…

Si no usamos los conocimientos para convivir pacíficamente hoy, ahora, la Historia sólo es una herramienta para el ejercicio del sometimiento. La Historia te fagocita, te aniquila, te anula, te diluye en la corriente de un tiempo que no es real, te quita el sentido para darte un sentido… Están de moda en nuestros pueblos las jornadas medievales o decimonónicas, la celebración de los personajes o acontecimientos del pasado; todo ello puede parecer inocente pero ante un público lego lo que supervive es la pura imagen, lo anécdótico, no lo que fue o es sino la visión personal, personalizada, inútil para el común o, peor, y de esto hablamos, justificativa de las propias ideas egolátricas.

Hay una parte de la Historia que es cuantitativa, partimos de datos y documentos, cuanto mayor cantidad y cercanía con lo estudiado: mejor. Ya lo sabemos. Pero lo interesante tiene que ver con lo pedagógico: esto es, reconducir el estudio a la exigencia de la razón como norma de juego, como ocurre (o debería) en un juicio; no podemos dejarnos llevar por lo emotivo, no podemos implicarnos… pero tampoco deshumanizar, así lo exigimos en la Medicina, por ejemplo. Ahí siempre estaremos expuestos en el equilibrio más delicado; y se requerirá fineza, no abundará, empero.

Un historiador patriota es un oxímoron. Una historiadora víctima no puede ser. Historia y objetividad son agua y aceite. La Historia no es sentimiento, si lo es: no es. La idea de una Humanidad con derechos, la idea de una Humanidad Universal (y una Legislación pareja) ha de relevar a los estudios históricos exaltadores de la epopeya, no hay más épica que la del dolor humano individual y así se debe estudiar en todos los centros educativos del mundo, expulsando al orgullo y a la idea de comunidad embarcada empós de no sé qué destinos.

Nos encontramos ante dos alternativas que se excluyen mutuamente: ora investigamos el pasado para recuperar la dignidad del ser humano ora para cantar las glorias de las naciones. La existencia de la nación histórica es tan malévola como la de la creencia religiosa, automáticamente se autoconstituyen eliminando al impío (al no iniciado); no se engañe, la creencia salvífica no tiene sentido si da igual que la profeses o no para tu salvación, y lo mismo ocurre con ser francés, inglesa o español, podría ser sin duda una emoción pero jamás resistiría una argumentación teórica: al construir ese concepto generamos al enemigo natural, al otro, a la foránea.

La Historia es la herramienta política más peligrosa. Los totalitarismos tienen todos ahí la sustancia de su razón de ser, el combustible de su irascible modo. La Historia jamás debe tener más utilidad que ser la referencia para no repetir errores: nunca volver, nunca llegar, la Historia más allá o acá del presente es elucubración, fantasía, una “Excusatio non petita…”.

No cabe más hermandad que la suma de voluntades individuales. La subversión verdadera es la libertad del individuo y su pensamiento, otra opción cualquiera es sólo la encubierta del Poder y provocará la reacción más airada; la sumisión de la individualidad es el objetivo único del miedo como instrumento educativo o socializador: el temor a la libertad, a la paz, al amor, a la sostenibilidad, al placer, a la muerte como hecho natural y límite absoluto y definitorio de nuestra breve existencia, el pánico a la decisión que nos obligue a enfrentar la vida solos, la soledad esencial que nos explica…

La Historia es el proyecto megalomaníaco y protector de quienes pretenden la trascendencia, la Historia es al tiempo lo que Dios a la Creación, es la eliminación del yo animal mortal, es el portalón a la locura disfrazada de solemnidad y de heroísmo, es el exterminio en la memoria de ese 99’99% de personas cuyo valor es sólo haber servido de grasa para el engranaje del egoísmo loco de la otra infinitesimal porción de la Humanidad que ha soñado borracha de “Hýbris” con ser más que incluso los dioses. La Historia ha muerto, ¡viva la Historia!

 

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Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es

2 Comentarios

  1. La historia es necesaria, no somos pescados. La historia ni da ni quita razón,, no es sabia, no es culta, no es presente ni justifica nada. Yo soy uno de los devoradores de historia y no me interesa la tuya, sino la mia. Gracias a esto puedo contestarte, y no creo que leedor de JRJ pueda argumentar contra la historia. Si tal escritor es historia, ls que nos oblugaban a leer en tiempo de Franco. Es seguro que tal escritor, erudito de letras no reparaba en la historia porque había un catón y una barrera para no traspasar. Yo escribo cuentos que hablan de historia. De hambre, de guerra, de traiciones y de creencias. Esta última, aplicada a ti, me dice que como buen gallego no crea tu doctrina.

  2. De la historia se puede decir lo de las enfermedades. De éstas se comenta: “no hay enfermedades sino enfermos”. De la historia, por mi observación admito que totalmente subjetiva, me atrevo a decir: “no hay historia sino historiadores”. Américo Castro y Sánchez Albornoz investigaron y comentaron la misma historia pero no escribieron lo mismo. Es conocida la anécdota de la editorial que quería escribir una nueva vida de Cristo a partir de lo que hoy se conoce. Decidió no escribirla. La mayoría de españoles conoce bastante poco de la propia historia… real. Porque también existe una historia “objetiva”.

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