Este artículo se comienza a escribir el 19 de marzo de 2020. Quinto día del “confinamiento”. En un momento ascendente de esta distopía que ha pasado de “situación ficticia indeseable” a realidad. Cuando el mal sueño tiende a pesadilla. Donde la incertidumbre le gana terreno a la esperanza. Tiempo en el que se empieza a cuestionar la credibilidad de las decisiones y cuando la restricción de la libertad parece pasar, de anécdota necesaria a categoría difícil de asumir.

Una evidencia, desconocida para la mayoría, se ha puesto en práctica: en menos de 24 horas se puede tomar el control de un país, para bien o para mal. El maldito virus, se ha convertido ya en un hecho para la historia, que por tanto, tendrá un antes y un después de momento impredecibles. Y sin embargo, nunca como hasta ahora es más trascendente apelar a la tranquilidad y responsabilidad individual, como única forma de conseguir el objetivo colectivo.

Sin darnos cuenta, la necesidad de priorizar esfuerzos en una causa, provoca que el disco duro de nuestro cerebro, clasifique como archivo no deseado, aquellas otras cosas relevantes que siguen ocurriendo en nuestro entorno más cercano o en aquel otro, que, erróneamente, consideramos no lo es tanto.

Pero precisamente por todo lo anterior, esta crisis, debería servir para cambiar los parámetros de reflexión sobre la empatía con otros. Ahora que vivimos en carne propia una experiencia desconocida y complicada, con nula capacidad para entender el presente y mucho menos, predecir el futuro, podría ser un buen momento para recuperar alguno de esos archivos no deseados y ponerlos, al menos, también en cuarentena.

Igual somos capaces de acercarnos un poquito y con honestidad, a lo que supone tener que abandonar tu casa, tu país, tu familia, porque algunos han decidido que la vida deja de tener valor y vivir en paz se convierte en algo imposible. Pensar ahora en el confinamiento físico, jurídico y mental de un campo de refugiados nos debería llevar a otra actitud, o no?. Solo imaginar la aniquilación sobre el futuro a la que se ve sometida la gente en la franja de Gaza o con el horizonte cerrado por un muro en Cisjordania, podría ahora trasladarnos con más facilidad a una realidad que tenemos a menos de cuatro horas de avión. La indignidad con la que aniquilamos la riqueza de África y sumimos en la pobreza a sus legítimos propietarios, también tiene la posibilidad de instalarse más cerca de nuestras preocupaciones. Esta aceptación de la dictadura en China y convertirlos en ejemplo de eficacia, igual es un principio de paranoia que debíamos hacernos mirar.

Y ya aquí, pasada la pandemia, decidamos sin cinismos la apuesta o no por los servicios públicos; que hacemos con la corona –sigo sin entender la coincidencia con el nombre del virus- y también con la justicia (el cambio en la condena sobre el caso Arandina necesita una explicación). Por cierto, igual sería un buen momento para decirle a las grandes empresas que no pagan igual que el resto, que los ertes no son para ellos y que mejor mecenazgos que caridad. ¿Podremos alguna vez votar los ciudadanos para confinar a alguien?.

Este artículo se deja de escribir el 30 de marzo, decimosexto día del confinamiento y vale todo lo dicho hasta ahora aunque, eso sí, corregido y aumentado. No obstante, con el ánimo puesto en que esto pase y que nos podamos ver confinados en una playa o donde nos venga en gana, cuando nos apetezca y con quien tengamos a bien.

Termino con una frase de Emilia Pardo Bazán, sacada de su novela “La Tribuna” publicada en 1882: “Quedose España al pronto sin saber lo que le pasaba y como quien ve visiones”.

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