Los complementos, de alguna manera, nos definen. Realzan nuestra personalidad aunque no son imprescindibles; sobre todo para aquellas personas de índole específica cuya propia naturaleza ya es definitoria en sí. La mayoría son estéticos y sólo por ello están justificados, aunque siempre haya adalides del mal gusto que no se ayudan a sí mismos con ellos encima. Otros, dentro de esta, mi inventada clasificación, cumplen una función determinada. Son útiles. Pero hay otros que son, se mire por donde se mire, innecesarios. Sobran. No porque no tengan una utilidad, que normalmente carecen de ella. Y no porque cumplan una función estética, que la mayoría de las veces atentan contra la belleza. Son innecesarios por dispensables (véase que esta palabra, escrita en inglés de la misma manera, está muy cerca gramaticalmente de disposable, “desechable; de usar y tirar”). Estos complementos, lejos de complementar, restan.

Por poner algún ejemplo: perritos dentro de los bolsos: un perro nunca debe ser un complemento. El complemento, en estos casos, es la persona, nunca el perrito o el bolso. Dientes de oro: aún se ve alguno, sobre todo si algún portador abre la boca y pega el sol. Tiene la única pero loable utilidad de ser un elemento (no complemento) clave en la identificación de cadáveres muertos entre las llamas de un incendio. Luces de neón en los bajos de un coche tuneado: llevar el coche como la nave de “Encuentros en la tercera fase”, con luces y música electrónica, no atrae a las chicas; atrae a la Guardia Civil, que va a los aparcamientos de las discotecas a tiro hecho. Gafas de ver sin cristal: las gafas no son un accesorio que se elige llevar sino que en algún momento es necesario en pro de nuestra salud. Nadie es tan tonto de llevar muletas sin estar cojo. O sí. Pero la lista puede ser interminable: palestinas en el cuello para pijas; anillos que se enganchan al móvil y se llevan de la mano como símbolo de compromiso y fidelidad para con el dispositivo; bolsos imperceptibles para bodas; cierto periódico debajo del brazo con la portada bien visible, como si aún fuera el periódico progre que fue antaño; gorras vueltas a media cabeza que ni la cubren ni protegen; el Water resistant 200m de algunos relojes; todoterrenos urbanos para llevar los niños al cole…

Pero el complemento que ha despuntado este verano son las gafas de sol dentro del mar o de la piscina. Es decir, gente que se baña con ellas puestas como si fueran Angelina Jolie o Ryan Gosling en una sesión de fotos para Vogue pero que luego muestran preocupación porque muchos de nuestros niños imitan las malas y estúpidas artes de los futbolistas a los que enaltecen. Son, con toda seguridad, las mismas personas que entran a los lugares cerrados, desde bares a bibliotecas, con las gafas de sol y no se las quitan hasta que se sientan; todo por sentirse guapos y observados mientras se dan un vanidoso paseíllo y se creen los protagonistas de un videoclip mental en el que la música, seguramente hortera, tan solo suena en sus cabezas. Llana cuestión de satisfacer así un ego que se siente molón y seguro detrás de una pantalla protectora.

Se sabe que cuando los niños se tapan los ojos, piensan que los demás no los podemos ver. Bendita inocencia. Y me consta que existen artistas que se encuentran más cómodos sobre el escenario cuando la luz de los focos incide directamente sobre su cara impidiéndoles ver a la audiencia. Poderoso escenario que transporta al candor de la niñez. En el fondo, tanto en el caso de los niños como de los artistas como de aquellos que se sumergen en el agua con gafas de sol, es una cuestión de confianza y de seguridad; el saberse observado pero difícilmente analizado. Porque la vista y la mirada, más que otros sentidos, revelan todo aquello de lo que somos conscientes y nos hace humanos (e inhumanos). Y pensamos que cubriendo el espejo del alma ocultamos también nuestras inseguridades cuando realmente las estamos acentuando a los ojos, esta vez sí, de los que se encuentran en tierra firme.

Las gafas pueden ser y son un complemento estético de primer orden pero, dentro del agua, mejor llevar complementos útiles; y las gafas, que sean de buceo que el fondo marino es, sin duda, más interesante que el «qué dirán» y que nuestros complejos.

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