Y en medio del torrente de basura y escandalera que sepulta al Gobierno de la Comunidad de Madrid va y reaparece la que faltaba: Cristina Cifuentes. ¿Se acuerdan de ella? Sí hombre, aquella rubísima presidenta regional a la que la prensa pilló con unos másteres de baratillo y unas cremas sin pagar que aparecieron en su bolso como por arte de magia. La señora del famoso “no me voy, me quedo, me voy a quedar” pero que al final tuvo que irse, como no podía ser de otra manera, por un asunto turbio de proporciones babilónicas que aún colea en los juzgados.

Resulta que la heredera de Esperanza Aguirre ha roto su silencio en El Programa de Ana Rosa (AR, tenía que ser ahí) para contarnos los duros momentos por los que atraviesa. “Se han dicho muchas cosas que son mentira”, asegura, al tiempo que se muestra convencida de que buscaron apartarla de la política y destruirla personalmente. “No se lo deseo ni a mi peor enemigo (…), lo que pasó fue un linchamiento excesivo”, declama con la fría pasión de una actriz de culebrón venezolano.

Cifuentes dice que tomó la decisión de renunciar a su cargo antes de que se hiciera público el mítico vídeo en el que aparece dejando caer unas cremas en su bolso en un supermercado de barrio como otro cualquiera. Por lo visto, según cuenta, todo su equipo de asesores sabía que iba a presentar la dimisión antes de que saliera a la luz la truculenta grabación que por momentos nos recordó a aquella inolvidable Marnie de Alfred Hitchcock. Hasta ahí todo bien, nada que objetar. Pero lo que provoca una estentórea carcajada hasta la hernia viene después, cuando la exlideresa jura y perjura que todo se debió a un desafortunado malentendido. “Las cremas llegaron a mi bolso porque las meto yo, pero por equivocación”, sigue explicando mientras insiste en que el asunto fue utilizado por las cloacas del Estado para hundirla políticamente. Es decir, ella andaba por allí, por la tienda, tan tranquila, y de buenas a primeras en lugar de coger la lata del sofrito, de pistachos o el gazpacho suave, por error, trinca el cosmético Olay Regenerist, una “crema anti-edad intensiva en tres áreas”, y se lo calza en el bolso sin mirar y sin decir ni mu. Uy, qué despiste más tonto.

La coartada parece más bien endeble, la típica defensa de un raterillo común de Vallekas, uno de esos pobres diablos que pasan cada día por los juzgados de Madrid. “Lo hise sin querer, señor jues, se muera mi papa”. Aunque tal como está el patio de nuestra bendita Justicia quién sabe, quizá la explicación de Cifuentes cuele y hasta le den la razón. Cosas peores estamos viendo. No olvidemos que hace apenas unos días un magistrado ha absuelto al PP por falta de pruebas en el caso de la destrucción de los ordenadores del extesorero Luis Bárcenas. Por lo que parece nadie es culpable de aquello, nadie va a responder de que los discos duros de un partido con información altamente sensible se hayan destruido con nocturnidad y alevosía. Y es que la inteligencia artificial avanza que es una barbaridad, las máquinas ya toman decisiones por su cuenta y riesgo y ellas mismas, sin duda, agarraron el mazo o el destornillador y se suicidaron a golpes y cuchilladas en el primer caso de eutanasia robótica de la historia.

Cuestión aparte es cómo piensa salir Cifuentes de otro nuevo marrón, uno más de los que acumula ya: la imputación que dirige contra ella y contra Esperanza Aguirre, por sus supuestas implicaciones en la trama Púnica, el juez de la Audiencia Nacional Manuel García-Castellón. “Tristemente en España el término imputación ha perdido completamente su sentido y directamente ya estás condenado”, ha sermoneado lacónicamente la expresidenta en el más puro estilo lacrimógeno y rosa de Telecinco. Pues que empiece a hacer un máster en Derecho Penal por si al final le hace falta.

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