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Chivos expiatorios

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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En la penumbra, junto a los pesebres, unos ojos observan ansiosos la puerta de la cuadra. Las dos vacas impiden que cualquiera que entre pueda ver la figura encogida en el rincón y la cara aterrada de Evelio que se ha refugiado allí después de haberle asestado con el filo de la pala de sacar arroyos, un tajo en todo el testuz a su cuñado Leoncio.

Todo ha sido un terrible accidente. Desde hace unos días, han echado en falta algunos de los corderos recién paridos. No parece obra de ninguna alimaña porque no hay sangre ni rastro de agresión. Tampoco han forzado la puerta. Hasta es posible que ni siquiera hayan desaparecido. Han parido tantas ovejas a la vez, y su cuñado Leoncio está tan agilipollado con su niño recién nacido, que no han tenido tiempo de contar los corderos ni de marcarlos.

Pero Evelio es extremadamente obtuso y miedoso. En su casa nunca le dijeron que los gitanos fueran malas personas. Pero cada vez que un carro de componedores llegaba al pueblo, su padre, automáticamente recogía las gallinas que picoteaban en la era, y cerraba el gallinero y las cuadras a cal y canto. Tampoco le dijeron nunca que los forasteros fueran gente de mal. Pero en cuanto algún caminante se atisbaba por el cerro, su padre echaba mano de la escopeta que tenían siempre cargada en la gloria de casa y salía a la puerta a dejar claro que allí, no eran bienvenidos. Nadie le dijo que las mujeres fueran malas, pero las palizas que su padre le daba a su madre, por haber gastado en betún para los zapatos, o en un cuadro para colgar en la gloria o en un afilador de cuchillos porque ella no era capaz de mover la piedra de doscientos kilos con la que su marido afilaba las hachas, los cinceles o los formones, dejó tal huella en Evelio, que no entendía como su cuñado Leoncio estaba todo el día agilipollado y pendiente de su hermana ni le prestaba tanta atención y cariño. Para él, su hermana solo era la mujer que les hacía la comida o les lavaba la ropa desde que su madre pasó a mejor vida.

La tarde anterior, un par de forasteros con pelo muy largo y ropas extravagantes, tanto que cuando los vieron bajar por el camino pensaron que eran dos mujeres; a pesar de que su padre había salido a la puerta con la escopeta, ellos no se dieron por aludidos y preguntaron si podían beber un poco de agua del pozo. Su padre les dijo que el pozo estaba podrido y que mejor siguieran camino. Los forasteros preguntaron entonces si podían pasar la noche cobijados en un palomar medio derruido que había en medio de un pequeño montículo coronado por cuatro encinas ralas situado unos cien metros a la derecha. Evelio padre, les dijo que mejor no, pero que aquellas eran tierra del Liborio y que él no mandaba en ellas.

Los muchachos acamparon junto a la pared del palomar e hicieron una fogata que les quitara el relente de la noche. Los Evelios permanecían atentos observando desde el cristal de la ventana de la gloria.

De madrugada, cuando el sol empezaba a despuntar por el horizonte, Evelio hijo despertó en sillón de mimbre junto a la ventana. Al mirar al palomar vio que el fuego de los forasteros seguía vivo y que sólo uno de ellos estaba recostado en la pared. Entonces salió fuera de la casa y se encontró con que la puerta de la majada estaba entreabierta. Agarró lo primero que pilló, la pala de sacar arroyo, entró sigilosamente en la tenada y vio una figura que se difuminaba en la oscuridad entre las ovejas recién paridas. El forastero estaba agachado junto a una de las ovejas. Levantó la pala y le asestó tal golpe en el cuello que la sangre le salpicó la cara. Una vez en el suelo, al girarle con el pie, se dio cuenta de que era su cuñado.


 

Chivos expiatorios

 

En las Vidas paralelas de Plutarco se dice que: «el primer mensajero que dio la noticia sobre la llegada de Lúculo estuvo tan lejos de complacer a Tigranes a que éste le cortó la cabeza por los sufrimientos que le trajeron las malas noticias. Así ningún otro hombre se atrevió jamás a llevar más información, y sin ninguna inteligencia, Tigranes se sentó mientras la guerra crecía a su alrededor, dando audiencia únicamente a aquellos que lo halagaran…»

De esa situación de la antigüedad en la que los mensajeros llevaban noticias sobre el estado de la guerra, sobre las propuestas del enemigo o sobre lo que más tarde se confirmaba como una trampa, hemos pasado a la actual en la que los mensajeros están al servicio de los señores de la guerra, y manipulan, callan o inciden según los intereses de sus amos. Mientras en la antigüedad lo que movía al mensajero era la lealtad o salvaguardar su cuello, en la actualidad, lo que mueve a estos correveidiles modernos es el interés económico.

De siempre, la mejor forma de acocotar a la sociedad, de mantenerla ausente e impasible es a través del miedo. La mejor forma de crear adeptos a tu causa, es, mediante el manejo del temor, señalar a otros de las maldades de la vida y tener siempre un chivo expiatorio en el que centrar el odio y culparles de las maledicencias que atañen a la sociedad en su conjunto, evitando así que las miradas se dirijan hacia el verdadero culpable. Durante el auge del nazismo en la Alemania de los años treinta del pasado siglo, los comunistas primero, los considerados enemigos de la patria después y judíos y gitanos durante el punto álgido del estado nazi, fueron los chivos expiatorios en el que los alemanes de a pie vengaban sus frustraciones.

En este país en el que jamás acabamos superando el pavor de cuarenta años de franquismo exterminador en el que los represaliados olvidaban por miedo y, en su mayor parte, se negaron a contar aquello que vivieron o que vieron (el terror les hacía ser prudentes para evitar daños colaterales a los suyos), después de un breve periodo de adaptación en el que los franquistas estuvieron a resguardo en los cuarteles de invierno en espera de mejores tiempos, hemos vuelto a aquellos años en los que contar un chiste sobre el dictador, cagarse en dios o en la virgen o cantar contra el régimen, podía llevarte a la cárcel.

Tras el 15M, movimiento del que primero se rieron como el que se ríe el poderoso del chaval que pretende cambiar el mundo, para después despreciar instándolos a presentarse a las elecciones pensando que podrían evitar su llegada al parlamento y finamente atacarlos a través del miedo para frenar su peligrosa expansión para el sistema, el miedo ha vuelto a ser el principal denominador común de unos mensajeros que se prestan gustosos a orientar las opiniones del pueblo hacia posiciones que no supongan amenaza para el sistema.

Hemos asistido, la mayor parte de la gente impasibles como el que ve un tsunami desde la cuarta planta de un edificio, al ascenso del neofascismo y del nazismo español. Los mensajeros se escudan atendiendo a la libertad de prensa y evaden la responsabilidad. Pero estar todo el día sacando en el telediario a la excepción de unos menores tutelados que delinquen haciendo ver al televidente que es lo normal, que todos son iguales, es poner en el punto de mira del odio expiatorio a este colectivo. Estar todo el puñetero día diciendo en el telediario que se han producido avalanchas en las vallas de Ceuta o Melilla, cuando menos de un 12% de la migración proviene de África y cuando la mayor parte de los migrantes que llaman ilegales entran a España de forma legal (por las fronteras con pasaporte), es convertir a los subsaharianos en chivos expiatorios. Poner un dato irrelevante como la nacionalidad en aquellos delitos en los que el delincuente es rumano, marroquí o peruano, es inculcar en el televidente que los inmigrantes de esos países son peligrosos y que la delincuencia es únicamente causada por ellos, cuando el 99% de los delitos son cometidos por españoles y el 100% entre los graves, los que llaman “delitos de guante blanco”.

En estos días, con el dichoso coronavirus, hemos asistido a la misma estrategia que con el aumento del fascismo. Señalar todos los días, desde primera hora de la mañana, el número de infectados en China, el número de muertes, haciendo caso omiso a que esta enfermedad tiene una mortalidad próxima al 2%, bastante menor que la gripe común, obviando que los muertos eran personas con problemas respiratorios, la mayor parte de ellos, ancianos, es la forma con la que han contribuido a la histeria colectiva, al agotamiento de las existencia de mascarillas, a contribuir al mercado negro de las mismas, ha hacer que enfermos inmunodeficientes puedan morir por falta de algo tan simple como una mascarilla, que ellos necesitan para vivir y que otros acaparan para no morir de una enfermedad que no mata a personas con una salud normal. Ahora, cuando ya es tarde, cuando desde Burgos a Guadalajara, desde Girona a Huelva no hay mascarillas y alguno de ellos está infectado, es cuando han observado lo peligroso que es jugar al sensacionalismo con la salud. Ahora, cuando el peligro del contagio les rodea, es cuando han comenzado a llevar expertos en salud para decir que las mascarillas no son esenciales y que lo mejor para evitar el contagio es lavarse las manos con agua y jabón. Ahora es cuando estos correveidiles insensatos, sensacionalistas y obscenos centran el foco en Twitter, Facebook, Instagram o Whatsapp señalándolos como culpables de haber extendido la pandemia de la estupidez y del miedo, que en algunos comportamientos sacan lo peor del ser humano llevándonos a escenas en el siglo XXI, más propias de la Edad Media y de la Peste que de un virus que se cura en el 98% de los casos.

Porque los medios de incomunicación, nunca son culpables de nada. Ellos son muy de acogerse a lo de no matar al mensajero, cuando en realidad no son mensajeros, sino parte del ejército enemigo.

Se quejaba el otro día Eduardo Olano, presidente de UTECA (Unión de Televisiones comerciales) de que las grandes plataformas como Google no pagan impuestos en España. Ellos que están todo el día alabando al hijoputismo liberal que evade impuestos, que posee decenas de profesionales para lo que llaman ingeniería financiera que no es otra cosa que escaquearse de la responsabilidad de contribuir como los trabajadores al sostenimiento del estado, le echan en cara a las plataformas multinacionales que no pagan impuestos. Y todo tiene una explicación. Para ellos los impuestos es la forma de buscar, de nuevo, chivos expiatorios. Resulta que la media de horas frente al televisor de los españoles está en 5 horas. Pero entre los menores de 25 años, esa media cae por debajo de la hora. Se les está acabando el negocio de la mentira y la manipulación. Los jóvenes ven la tele a la carta, sin anuncios y sin deformativos. ¿Cómo van a poder inculcarles sus mierdas, meterles el miedo en el cuerpo y moldear sus mentes?

Apaguen sus televisores. Es la única forma de luchar contra la pandemia de la desinformación y la ignorancia.

Salud, feminismo, república y más escuelas (públicas y laicas).

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