Hace poco apareció en este mismo periódico un artículo que, entre otras cosas, hacía recuento de los principales productos que se producen en Castilla – La Mancha, y que están teniendo un gran éxito en el mercado español y extranjero.

Un artículo amable que no clava mucho el arado, como decimos en esta Mancha nuestra, seguramente para no toparse con ninguna piedra. La piedra más gorda, tan gorda que podría romper el arado, partirlo en dos como un mondadientes, sería la tragedia de la despoblación, el imparable envejecimiento de la poca población que queda y la consecuencia directa de ello: el declive económico, social y cultural que amenaza a toda la región. Las cifras son contundentes: el setenta por ciento de sus seiscientos cuarenta y un municipios de la región tiene menos de mil habitantes.

Mas de la mitad de la población vive en municipios de menos de quince mil habitantes, y tan solo doce municipios incluidas las capitales de provincia, no se consideran municipios rurales al tener más de treinta mil habitantes. Se han perdido veintitres mil habitantes en apenas veinte años. En Guadalajara, más allá del corredor del Henares se cuentan cuatro habitantes por kilómetro cuadrado, en Cuenca cinco, en los campos de Montiel siete, en la zona oeste de Ciudad Real nueve…

Esta pérdida de población lleva consigo una pérdida de recursos de todo tipo que merman la calidad de vida de las personas, haciendo cada vez más difícil la vida en estos municipios rurales. De continuar así, en pocos años se crearán desiertos demográficos en esta región. Cuando estos pueblos sean totalmente abandonados desaparecerán también las explotaciones agrícolas siempre en dificultades porque los productos no alcanzan los precios que debieran para poder realizar las necesarias inversiones y así poder crecer, porque ya se sabe que empresa que no crece, muere. También es sabido que, y esto parece que no hay quien lo remedie, el precio final del producto, el que paga el consumidor, es mucho mayor de lo que sería razonable, a veces escandalosamente mayor, que el que recibe el agricultor por producirlo, y esto hace que el agricultor se esté planteando siempre si vale la pena producir nada.

Por poner un ejemplo, el kilo de uva sigue valiendo lo mismo que hace treinta años y el vino se exporta a precios casi de coste a países donde llega al consumidor a un precio multiplicado por muchas veces al precio al que se compra. Con lo cual, una vez más, el beneficio no va a parar al agricultor sino al que compra barato y vende caro, al comerciante que especula con el producto y no al que lo produce, que anda siempre echando cuentas y haciendo economías, números y más números, y a veces números circenses para llegar a fin de año sin pasar demasiadas necesidades. Ésta es la realidad de muchos pueblos que forman un archipiélago de islas en un mar de viñedos, la mayor extensión de viñas del planeta.

Una riqueza que debería notarse, palparse en esos mismos pueblos. Pero la realidad es otra muy distinta: los pueblos de La Mancha están perdiendo población a marchas forzadas, una población lanzada a la desbandada a la búsqueda de otros lugares donde la existencia duela menos. Ya puede hablarse de una sangría de miles de familias trabajadoras que emigran buscado un futuro que no encuentran en esos pueblos donde les parieron, pero llegados a adultos no les alimentaron. Un futuro nada prometedor al que enfrentarse vayan donde vayan, en el que buscarán la subsistencia con salarios con los que quizás no lleguen ni a mileuristas.

Recuérdese ésto cuando se habla de “recuperación económica, de crecimiento económico, de que somos la locomotora de Europa” y demás majaderías que hemos tenido que aguantar en los últimos años, y lo que nos queda. Recuérdese también que antes de la crisis un mileurista era poco menos que un paria, sin embargo ahora podría compararse al rey del mambo. Y este prodigio, este milagro al revés, se ha producido después de haber pasado por esta última crisis, dicen que pronto vendrá otra a darnos otro repaso, una crisis que nos ha ahormado y apaleado convenientemente hasta hacernos poner de rodillas ante una patronal ahora más poderosa que nunca, una crisis, un caos muy bien organizado que nos ha acobardado y acojonado para muchos años a una clase trabajadora a la que llegar a ser mileurista, lo que hace poco era casi una vergüenza, ahora le parece el mayor logro habido y por haber.

Respecto a los productos que se elaboran en la región, cabría decir que el vino, cada vez mejor elaborado y de sabor más redondo sigue teniendo unos precios bajísimos que aprovechan los mercaderes, siempre al acecho del dinero fácil, de hacer el agosto, para llevarse el dinero que debería quedarse en los pueblos donde se produce. La única salvación para esta región sería que se inventara el motor de vino. Si alguien consiguiera que los coches usaran el vino como combustible, recuérdese que el vino que se vende aquí es más barato que la gasolina, esta región sería una especie de Arabia Saudí o cualquiera de los países del Golfo Pérsico.

Si se llegara a producir semejante portento, los agricultores, con sus túnicas de potentados y quizás, por qué no, con sus turbantes a juego, llevarían un harén en cada remolque o encima de los arados, y sus favoritas irían en las cabinas de los tractores donde ahora solo se oye radio olé o radio cinco todo noticias. Incluso los Ayuntamientos de la región, como ha hecho la monarquía Saudí, un sistema de gobierno serio y respetable, no como el atroz régimen bolivariano de Venezuela, podrían matar y descuartizar a quien les criticara, a cualquier vecino que se convirtiera en mosca cojonera, sin que pasara absolutamente nada, tal sería su poder, el poder del dinero, Don dinero, el único Dios verdadero.

En cuanto al Queso, otro de los grandes tesoros de La Mancha del que habla el artículo, cabría preguntar a los pastores de ovejas de raza manchega que quedan, a los pocos que aun resisten, si el precio de la leche que le pagan las queserías les da para aumentar sus explotaciones ganaderas o apenas para ir tirando. Porque en España hay vinos muy buenos con los que competir, pero el queso manchego no tiene tanta competencia porque ya se le ha reconocido aquí y fuera como el mejor del mundo.

Si el vino y el queso manchego tienen un potencial indiscutible que desarrollar y que esperemos que algún día sea una realidad, que llegue a ser lo que sabemos que es, la literatura, de la que también habla el artículo como un activo de la región, es otro cantar. Julio Llamazares en su libro El viaje de Don Quijote, un ameno y muy recomendable libro de viajes por La Mancha que rememora el que hizo Azorín un siglo antes, cuenta que la mayoría de la gente no ha leído el Quijote y muchos creen que Don Quijote existió, algunos conservan el recuerdo de Don Quijote y Sancho, considerándolos a veces como unos seres de carne y hueso.

Y cada uno, a falta de haber leído el libro como debería ser casi de obligación y no solamente por ser manchego, que también, sino como una imprescindible guía de vida de cualquier persona de cualquier lugar, para entender mejor la naturaleza humana, a falta de eso, decimos, se inventa su propia historia respecto al Caballero de la Triste Figura. Eso en el mejor de los casos, otros confiesan ignorar sus hazañas, llegando a manifestar una indiferencia que casi raya en el desprecio.

Uno de los peores males de esta región es la actitud de algunas de sus gentes, su aterradora indiferencia, su apatía e indolencia, su desdén, su absoluta falta de interés por todo, como si la cosa no fuera con ellos. También, por suerte, han existido y existen muchos hombres y mujeres generosos, dignos herederos del Hidalgo, que libraron batallas contra la Dictadura y todavía hoy libran desiguales batallas contra los gigantes, los mismos gigantes de los tiempos de Cervantes, que ahora nos tienen bien cogidos del gaznate, por no decir de otro lugar. Pero por desgracia son los menos. Y esto, por desgracia para todos, siempre será así. Nada nuevo bajo el sol.

Muchos de estos males que nos asuelan ya están expuestos en la inmortal novela. En el Quijote está todo, decía Garcia Márquez, Carlos Fuentes y tantos literatos enamorados del libro. William Faulkner, el premio nobel nacido a orillas del Misisipi, escritor de la talla de Cervantes, que se dice pronto, dijo que leía el Quijote todos los años. En La Mancha hay que preguntar a mucha gente para encontrar a alguien que lo haya leído. La mayoría se quedan en las cuatro cosas sabidas por todos, en las cuatro viñetas que tanto daño han hecho porque muchos, demasiados, se han quedado en ellas. Lo que si persiste es la vieja y enconada rivalidad entre varios municipios disputándose ser ese “lugar de cuyo nombre no quiero acordarme” con que comienza la novela.

Dice Llamazares que las instituciones políticas han trazado infinidad de rutas a lo largo y ancho de la geografía manchega tratando de rentabilizar turísticamente la novela de Cervantes. “Pobres Don Quijote y Sancho, tan despreciados por sus vecinos y ahora dándoles de comer”. Así se escribe la historia.

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1 Comentario

  1. Desgraciadamente el tema de la despoblación no es exclusivo de Castilla-La Mancha, no hay más que ver las últimas estadísticas de población en España y la media de edad de los españoles. Es un problema que exige una política de Estado, pero ¿a alguien le preocupa?

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