Pablo Casado insiste en que el PP volverá a votar no a una nueva solicitud del Gobierno para prorrogar el estado de alarma por coronavirus. “No hay excusa para mantener a toda España en situación de excepcionalidad constitucional”, asegura el líder popular. De modo que su grupo parlamentario votará al lado de Vox y de la CUP, confirmando así su tendencia a convertirse en un partido antisistema. Sin darse apenas cuenta (y eso que no para de mirarse al espejo esperando saber si es él el elegido para salvar a la patria) Casado ha quedado empotrado junto a los ultras de uno y otro signo y ya ha optado por aparcar el aburrido Parlamento para hacer política en la calle, como su admirado Juan Guaidó. Las barricadas son mucho más excitantes y en la última revuelta de los “borjamaris y cayetanos”, en los barrios pijos de Madrid, solo le faltó salir en la tele y arengar a sus CDR de la gomina y el Lacoste con aquello del “apreteu apreteu”, que diría Quim Torra.

Fernando Grande-Marlaska, como máximo responsable de la policía, dice no tener pruebas de quién está detrás de las manifestaciones contagiosas de Núñez de Balboa, aunque no hace falta ser ministro del Interior ni el inspector Gadget para advertir la mano que mece esa revolución de ricos, echa por ricos y para ricos. La imagen de un señor bien arreando estopa a una señal de tráfico, cual Cojo Manteca de la biuti, lo dice todo. Pero en este país, al igual que parece haber una Justicia divina para el del guante blanco y otra para el robagallinas, también hay una policía para la gente guapa y otra para el marginal de Vallecas, unos maderos que ponen mucho más celo profesional en las chabolas de la Cañada Real que en la milla de oro. Por lo visto debe ser más fácil pillar a un pobre yonqui infectado de sida del extrarradio que a cien pijos contagiando el coronavirus por toda la ciudad. Así es la vida.

Sin embargo, Grande-Marlaska sabe perfectamente quiénes son los subversivos del perfume caro, la camisa almidonada y el clavel en el ojal que preparan los motines de Madrid. No deben andar muy lejos de cierta sucursal del “trumpismo” norteamericano ultraderechista que no solo llama a la abierta insumisión contra el Gobierno, contra el estado de alarma y el confinamiento, sino que en su habitual descaro antidemocrático ya ha anunciado una gran manifestación en coche en todas las ciudades españolas con la intención de paralizar el país. Un rally de chalados en sus locos cacharros sería lo último que necesita España, donde no se termina de doblegar la curva, tal como demuestran los datos del doctor Fernando Simón que apuntan claramente a un rebrote de la pandemia.

En ese febril ambiente revolucionario, en esa kale borroka de potentados, rentistas y trajes caros que se sienten recortados en sus libertades porque el Gobierno no les autoriza a ir al campo de golf a jugar su partidito de los sábados, anda metido Pablo Casado. El líder del PP ya se comporta como uno de esos anarquistas millonarios del brazo armado del Íbex35 que van aporreando farolas y señales de tráfico, un Peaky Blinders de los bajos fondos madrileños, aunque más bien habría que decir de los altos fondos, ya que la revolución de los “cayetanos” y “borjamaris” se hace de arriba abajo y es exclusiva y excluyente, nada transversal (hasta para hacer la insurrección popular son elitistas estos de las clases pijas y adineradas).

No obstante, la apuesta de Casado por la lucha callejera y anarco, todo hay que decirlo, es una jugada arriesgada, ya que ciertos barones como el gallego Alberto Núñez Feijóo o el andaluz Juanma Moreno Bonilla son gentes de orden chapadas a la antigua, de la derecha clásica de toda la vida, y no ven con buenos ojos los tumultos ciudadanos, las algaradas y los motines, y mucho menos que un candidato a la Moncloa ande mezclándose con los jacobinos del ala más radical y activista del gran capital. Es obvio que Casado se ha pasado al clan ultra del PP, pero todavía hay pesos pesados del partido, señores razonables de otros territorios muy alejados del epicentro de la revuelta señorial, que se sienten bien en la derechita cobarde y marianista y que se resisten a dar el salto mortal hacia Vox. Los Feijóo y Moreno aún sienten nostalgia de aquel gran partido de Gobierno de los 11 millones de votos y repudian la estrategia de la tensión callejera que propone la dirección. Ese es el gran riesgo que corre la formación de la gaviota, esa la gran contradicción interna que puede hacer implosionar Génova 13 y hasta costarle el puesto al jefe.

Pero Casado insiste en seguir apoyando a Isabel Díaz Ayuso, La Pasionaria de la derecha de laboratorio fabricada por MAR, la viuda negra de Madrid y mártir de la Santa Cruzada anticomunista. La última de la inquilina de lujo de Kike Sarasola es su ultimátum y amenaza de golpe callejero contra Pedro Sánchez. “Cuando la gente salga, lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma”, ha dicho con mal fario de gitana que sabe leer la mano. Mientras tanto los ancianos se le mueren a montones en los geriátricos, pero eso no le importa lo más mínimo a Casado, que ya ve a la chica como un icono de nuestro tiempo. Hoy que es San Isidro, el San Isidro más triste de la historia con la pradera vacía y la señora de la guadaña buscando clientes por doquier, ya se le oye al líder del PP cantar alegremente aquello de “cuando llegues a Madrid, chulona mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés; y alfombrarte con claveles la Gran Vía, y a bañarte con vinillo de Jerez”. Es lo que hay.

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