jueves, 23septiembre, 2021
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Carta abierta a doña María Gámez Gámez

A/A Dirección General de la Guardia Civil

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Con esta comunicación no va en mi ánimo, apreciada señora, dañar a ninguna institución pública, todo lo contrario: el problema es que se empieza a vislumbrar una cierta fatiga en los materiales que las componen y el precio es demasiado alto para toda la ciudadanía. Hay que cuidar quiénes entran en los Cuerpos de Seguridad y hay que velar para que determinadas corrientes políticas no se hagan baluarte de las mismas; piense que la técnica de éstas consiste en ofrecer el soporte que supuestamente no les estamos dando y así terminar apropiándose de ellas, un poco como ocurre con las sociedades que derivan siendo totalitarias con la derecha extrema, o un poco a lo maltratador: socavan los cimientos para ofrecerse como salvadores y usar la gratitud pervertida para controlar. Lo cierto es que, iniciado ese proceso, es un círculo vicioso terrible; no le arriendo las ganancias si tuviera que terminar cantando con el sol de cara en algún patio para poder simular empatía con su funcionariado. Verá:

Anteayer salí corriendo de mi casa; a escasos quinientos metros al lado de la carretera se empezó a quemar un cañaveral virulentamente y dada la experiencia del incendio de Almonaster, en la misma provincia desde la que le escribo y todavía activo mientras lo hago, me calcé unas botas, cogí un calabozo y salí corriendo por la carretera hasta el lugar.

Antes había llamado al 112 y atendieron diligentemente, después de varios intentos; allí sólo había un policía municipal poniendo orden al tráfico, a la espera de los medios. Me puse a cortar ramas de olivo demasiado cercanas a las llamas y a machacar brasas de riparia para evitar que prendieran más, escribo y aún estoy medio asfixiado; varios vecinos más ayudaban igual… así como quince minutos largos estuvimos echando una mano. Yo y otro vecino, al llegar los bomberos, fuimos reculando hasta quedar fuera del alcance del trabajo de los profesionales. En eso llega un coche de la Guardia Civil y bajan dos hermosos agentes bien pertrechados de todo tipo de parafernalias propias de la profesión, no lo dudo; los ciudadanos no tenemos armas ni porras ni botas militares ni cascos ni guantes ni… Ropa de calle, nada más.

Uno de ellos, un hombretón que habría hecho las glorias mías y de algunos amigos en San Francisco, se nos acercó y nos dispusimos a responder a cuanto nos inquiriera acerca del fuego. No. Claro que no. Va y nos dice: “¡Y las mascarillas!” en un tono incriminante que nos hizo reparar, entonces, sólo entonces, en que no las llevábamos puestas. “Ah, perdone”, alcanzo a responder sorprendido: imaginen la escena, a quince metros un camión de bomberos maniobrando, llamas, humos, tres o cuatro personas de acá para allá, no más, y un poco consternado le añado: “Es que he salido corriendo de casa al ver las llamas por el peligro y no me percaté”… “¡Ni corriendo, ni no corriendo, la mascarilla es obligatoria, ¿o no lo sabe todavía usted?”.

La verdad es que me sorprendí, primero por lo inapropiado de las circunstancias, a nadie se le ocurriría multar a alguien por no llevar máscarilla durante su violación, supongo; segundo por el tono intimidatorio, chulesco, de quien, precisamente por ir de uniforme oficial, guantes, gorro, botas militares, porra al cinto y una pistola de verdad, debería hacer a sus compatriotas sentirse orgullosos de pagar su nómina de servicio funcionarial y debería estar orgulloso él, a su vez, de hacer respetar un uniforme que tanto ayuda por todo el país.

“Verá usted, en ese momento he pensado en las prioridades, dadas las circunstancias salí corriendo y la verdad es que no me paré a coger la mascarilla”, y me contesta dirigiéndose hacia mí violento y poderoso: “A mí me dan igual sus prioridades, ¿se entera?, la mascarilla es obligatoria y punto, ¿o también va a querer tener razón?” y el individuo presuntamente amenazante abre sus brazos dirigiéndose a mí hasta abarcarme (he visto en documentales de primates que eso es una provocación, aunque no tengo confirmado desde un punto de vista etológico que entre humanos sea así) ante lo cual le conmino a que mantenga la distancia de seguridad:

“¡Encima me vas a exigir que mantenga la distancia de seguridad y vas sin mascarilla!”, “¡Ya le he he explicado por qué!”, por cierto, y les recuerdo las circunstancias otra vez mientras escribo esto una hora después de los hechos y con los bomberos ahí todavía y llegándonos a casa el humo y la follisca, afirmo que no hacía falta mi justificación porque la gravedad de los hechos era evidente y, modestamente, algunos vecinos y yo nos arriesgamos (espero que acertadamente) en un ejercicio correspondiente de ciudadanía responsable a colaborar para evitar una desgracia mayor. Quizá, priorizando la actuación a todo correr evitamos algo…

A partir de esto, yo ya bastante mosqueado, le recrimino su actitud y se empieza poner más amusgado y sólo grita en tono intimidatorio “¡No! ¡No! ¡No!” y mi vecino, prudente y sabiamente me dice por detrás “Anda, déjalo, vámonos de aquí”… “Pues vale, ¡no!” alcanzo a decirle mientras me doy la vuelta y comienzo a marcharme. Me alegro de haberlo hecho y se lo agradezco a mi vecino, porque a partir del medio siglo de vida (como es mi caso) te entra una mala hostia que sólo puede traerte problemas. Allá se quedó piafando, haciendo aires por encima del suelo, escarbando, casi semejando barritar y yo caminando ilegalmente sin mascarilla hacia mi casa, por España, Bonares y sus vinos…

Habría bastado que nos lo hubiera recordado, que nos hubiera oído, nos habríamos ido diligentemente y agradecidos y orgullos de la Benemérita. Doy por sentado que ésta no es la actitud habitual de estos servidores públicos y que la inoportunidad de uno no degenera al resto; la mía como ciudadano tampoco es incumplir las normas, quienes me conocen lo saben, pero un mínimo de reflexión acerca de lo que las Leyes significan, un poco de mano para interpretar dónde está el delito o simplemente la normativización más pobre e injusta vendría bien a este señor, en mis clases de Secundaria o Bachillerato (o en mis libros y artículos) lo hacemos, también soy funcionario del Estado: quedo a su disposición para mis clases hasta sin ánimo de lucro.

Gracias y cuídese de estas cosas, porque mientras sea la Directora General: su cuidado es el nuestro.

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2 Comentarios

  1. Por algo hay muchas personas que no se fían de la Guardia Civil. Espero que la doña lea esta carta y tome las acciones pertinentes.

  2. Maria Gamez es una politica,que llega al cargo actual tras ser candidata a la alcaldia de Malaga y sobre la guardia civil,que,por cierto,aun mantiene cierto rango de militar la llamada guardia civil,ella estara aprendiendo sobre la marcha,porque ademas en su familia cercana no hay guardias civiles,su padre era farero y sus muchos hermanos y hermanas son de profesiones distintas,pero que se sepa ninguno se dedica ni a la milicia ni a la guardiacivilecia.
    La actitud del agente que le ha tocado a usted no es nada extraña,hay de todo en el cuerpo como en todas las profesiones,durante los ultimos decenios se ha intentado «civilizarla»(de civil),pero no se consigue,quizas porque entre los mandos aun hay mucho franquista y mucho «tejerista».No olvidemos que hasta hace relativamente pocos años la guardia civil era un cuerpo represor en campos y pueblos y la actitud prepotente y chulesca se transmite de generacion en generacion.
    Aviso:igual algun dia se encuentra usted a ese agente en San Francisco,ya me entiende,porque haberlos los hay aunque esten en el armario.

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