En aquel tiempo en España se podía pensar, jugar con la ironía y el sentido del humor y a lo bestia; había quien quería ser santa, otro matando hippies en las Cíes y aquél de allá comparaba chicas pegajosas con caramelos podridos. Tolerancia no significa estar de acuerdo con lo tolerado, definirla así es fabricar enemigos; tolerar es oír lo que uno no quiere oír y joderse. Las leyes antiterroristas abrieron vías para la censura cuyas consecuencias no hemos comprobado aún. Fueron útiles, sí; pero no todo vale, porque al final cuajó el uso partidista de unas víctimas que perdieron su protagonismo en favor de asociaciones de inmolados vinculadas a ideologías; ningún político actual puede permitirse una crítica a estas asociaciones sin ser tachado de proetarra, antipatriota o ambiguo ante el horror del terrorismo. No veo necesario aclararlo, pero yo estoy en contra de la violencia.

tolerar es oír lo que uno no quiere oír y joderse

El fascismo es la inversión de los términos; cuando oyes a un intolerante reclamar libertad para serlo, algo funciona mal, es como si los nazis presentaran hojas de reclamaciones a sus víctimas por no dejarles ejercer su libertad de pensamiento y actuación. Cuando uno ve meter miedo por avenezolamiento a un Ministro que, presuntamente, usa su posición para recabar información sobre sus adversarios políticos y putearlos y planificar campañas en su contra, se pregunta si se puede ser más cínico… pero no, Fernández Díaz no haría, en su caso, eso por maldad sino por España, su España, la de toda la vida, la de siempre, la única, grande e indivisible. La fascista, vamos.

Poco a poco la turba intolerante se ha hecho con el poder; aquí se pone uno un traje, sonríe con distancia, engola la voz y se echa un poco de colonia cara en el pañuelo de la americana y se vuelve respetable. La España del palco de Semana Santa, del tendido de Sombra de la Maestranza o Las Ventas, de Pirineos —sin artículo— o Mallorca, esa España majara de farlopa y puterío, esa España de orden se ha impuesto destruyendo el Estado del Bienestar.

Y hemos caído en el juego; ha construido el imaginario del déficit, ente inexistente en lo público hasta que comenzó el saqueo que hace insostenible los servicios, las pensiones… La prioridad es este servicio, si el déficit no se puede pagar el recorte debía haber llegado por la gestión y la optimización de los recursos, jamás menoscabar el servicio y menos privatizarlo porque eso es destruir el Estado, eso sí que es ser radical. El Estado no es una empresa, cierto es que no le conviene la deuda —ampliada insoportablemente— pero tampoco tiene por qué ser rentable, la ciudadanía tiene derechos por encima de las cuentas como la Enseñanza, la Sanidad, la Justicia, la vivienda, el trabajo, etc., priorizar lo irrenunciable convierte a una organización en bien gestionada: un tercio de la población casi pobre de solemnidad y la boca llena de AVEs, turismo de borrachera y la boca llena de bilingüismo mentiroso en los colegios, linterna de la cultura occidental y la boca llena de tradiciones carpetovetónicas.

Empiezo a notarme el corazón helado, por ello las elecciones del 26 deberían acabar con este período de ruina que la crisis ha decantado, ruina larvada desde la Transición del franquismo; no necesitamos un nuevo régimen, queremos que funcione el que ya tenemos. Miedo dan estos lobos con piel de patriota que nos llevan al huerto, a trabajar o a ser comidos; lo otro es esperanza.

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