El Periodismo, a través de la Entrevista escrita, televisada o por cualquier medio cibernético, puede descubrir las facetas más íntimas y controversiales de personajes públicos que aceptan ser abordados por comunicadores de reconocida independencia,   aliados de la verdad y con permanente cuestionamiento a la historia oficial.

En este horizonte, se inscribe el reciente libro del periodista César Hildebrandt (Lima, 1948), Cambio de Palabras, con 25 entrevistas a través de las cuales corrobora o profundiza el mensaje, la conducta que nos han mostrado, líderes políticos como Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana-Apra, México 1917, cuyos enunciados se truncaron en su camino de convivencia con la dictadura del general Manuel Odría, con el Pradismo, cuyo jefe de familia se llevó a Europa los aportes del pueblo peruano para defenderse en la Guerra Limítrofe del Pacífico.

El general Juan Velasco Alvarado, quien asumió el gobierno revolucionario en representación oficial de las Fuerzas Armadss, 3 octubre 1969, le responde a la última pregunta de la entrevista: ¿Cuál es, según su punto de vista, la salida política para el Perú?. “Si no hay revolución, entonces el gobierno militar ya no se justifica. Debe haber, pues un Gobierno democrático, no?”

El poeta comunista Juan Gonzalo Rose (10 marzo 1980) afirma: “…Aquí en el mundo… no tengo ninguna esperanza…Me hubiera gustado ser más útil. Con toda seguridad yo siento, ahora, que el arte es algo totalmente inútil, que no tiene ningún sentido: la poesía, la música…Al único arte que le sigo guardando respeto es al teatro…”

Hildebrand en sus trece.

Recuerda que Haya de la Torre le dijo a Rose que en un momento fue aprista. Y él respondió: “Ud. También…Haya no tenía mucho sentido del humor…”

Otro personaje, en Cambio de Palabras, es Jorge Luis Borges, quien habla de su madre el 19 de diciembre de 1978: “Como dijo Chesterton, lo único que sabemos de Edipo es decir que el no padecía del complejo… Yo tengo un recuerdo tan puro y tan grande de mi madre. Ella ha muerto hace tres años. Yo no he querido cambiar nada de su pieza. Y cada vez que vuelvo a casa me asombro que ella no esté esperándome…”

De Gabriel García Márquez, Borges responde claro que conocí a él, “aunque creo que el principio de Cien años de soledad, es mejor que el final. Pero al final es normal. Al final el autor se cansa”.

GGM opina que el género de la entrevista abandonó hace mucho tiempo los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción. Lo malo es que la mayoría de los entrevistadores lo ignoran, y muchos entrevistados cándidos todavía no lo saben. Tal vez los entrevistadores no se dan cuenta de hasta qué punto nos duele su fracaso a los entrevistados, pues en la realidad no es un fracaso de ellos solos, sino, sobre todo, un fracaso nuestro. Tengo la esperanza de que en un día no muy lejano nadie volverá a comprar los periódicos donde se publiquen entrevistas conmigo.

Hace algunos años, recordaba GGM en una conferencia de Prensa sobre temas económicos que concedió el presidente de Francia Valéry Giscard d’Estaing. Fue un espectáculo radiante, en el cual los periodistas disparaban con cargas de profundidad, y el entrevistado respondía con una precisión, una inteligencia y un conocimiento asombrosos.

Hildebrant cesar cambio de palabra.

De pronto, una periodista preguntó con el mayor respeto: «¿Sabe usted, señor presidente, cuánto cuesta un billete de Metro?». El señor presidente, por supuesto, no lo sabía.

Oriana Fallaci en su libro Entrevista con la Historia, publica 18 personajes, viviseccionados, gracias a esa técnica insólita de la entrevista. Más que entrevistados esos personajes, “se nos aparecen radiografiados, con sus transparencias y opacidades, su inseguridad o su valor”.

Hildebrandt, reivindica a la grabadora y también que esta no garantiza la honestidad y allí están las groseras manipulaciones de Oriana Fallaci con sus entrevistas, pero la buena fe es inescrutable en ella…

Hay quienes sostienen que es fácil sostener con su entrevistado una conversación fluida, y de reproducir luego la esencia de años de buen periodismo antes de ese invento luciferino que lleva el nombre abominable de magnetófono.

Después de toda una vida de entrevistar a tantos, en octubre-noviembre de 2004 Oriana Fallaci se entrevistó a sí misma. «Detesto las entrevistas», porque para ser buenas tienen que «introducirse, hundirse en el corazón del entrevistado», (se) confesaba.

Precisamente de eso se trataba, de desentrañarse, de darse por entero antes de que fuera demasiado tarde. En aquel entonces Oriana ya estaba mala, ya tenía al «Otro» en los adentros. Sí, estoy enferma, venía a decir; pero «Occidente, Europa e Italia están más enfermos que yo»: su cáncer es peor que el mío, «mucho más trágico»:

Oriana Fallaci maldice aquí «el Islam ávido, rastrero, ambiguo», «la más pesada cadena que se haya impuesto al género humano». Desatada, en esta su definitiva entrevista, arremete contra todo y contra todos: contra «la patraña del pacifismo multiculturalista», contra los medios que «siempre tienen alguna justificación [para] los enemigos, resume Oriana Fallaci quien se entrevista a sí misma, destaca La Esfera, Madrid, 2005.

Conocí a César Hildebrandt en la ciudad peruana de Puno, cuando el cayó enfermo y tuvo que someterse a una urgente operación al vaso. Ocupaba una habitación vieja, opaca, con muros salpicados de sangre. Y casi dormido, me preguntó por los compañeros de viaje al primer congreso nacional de empresas de propiedad social. Se sentía el más solitario del mundo. Creo que esa experiencia cambió temporalmente ese carácter fuerte, implacable contra la improvisación, la crónica al vuelo, sin ideas. No debe haber cambiado un ápice si uno revisa sus opiniones en Hildebrandt en sus trece, semanario que trasciende el día y llega con la luz a amplios sectores populares y es leído casi a escondidas por los grupos de poder de siempre que viven del erario nacional mientras sigue intangible la categoría de uno de los países más corruptos de la tierra, en tanto millones de campesinos, en pleno siglo XXI, no tienen abrigo para guarecerse de las heladas del Altiplano.

Cesar Hildebrandt, menciona a Jacques Monod (bioquímico francés, ganador del Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1965), uno de esos autores que le ayudó a ser un irreverente más o menos informado, quien escribió alguna vez que el hombre sabe que está solo en el Universo, del que ha emergido por azar…. Y por eso mismo, ni su destino ni su deber estar escritos en alguna parte. Confiesa que siempre ha compartido esa sensación, que con cierta peligrosa solemnidad podría definirse como de orfandad estelar. Y sin embargo todos los días reflexiona una pasión que no se explica, una fe que no cede, un mandato que no se explica, un mandato sin remitente, me hicieron y me hacen periodista. Hasta el último día”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

diecinueve − 5 =