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Bricolaje para gallineros

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Lo bueno que tiene planchar a las tres de la mañana es que, como la plancha no requiere de mucho pensar, tan solo es un simple ejercicio de destreza manual que se adquiere con la práctica, el cerebro queda libre para cavilar y recapacitar sobre lo que nos pasa. Y es entonces cuando sin darnos cuenta empezamos a pensar por qué estamos planchando a esas horas tan intempestivas. Y nos acordamos de esos treinta y ocho eurazos anuales que han calculado los que nos echan las cuentas, que irán derechos a engrosar nuestras cuentas de ahorros si tenemos la buena costumbre de usar la plancha a esas horas donde la electricidad está a mitad de precio.

Y mientras  apretamos los puños, de las camisas, por supuesto, qué se habían ustedes creído,  y los cuellos y las rayas de los pantalones, con la plancha soltando alegremente vapor como antiguos maquinistas de tren, empezamos a imaginar e imaginamos un gallinero municipal que surte de huevos a un pueblo. El precio de los huevos, un producto de primera necesidad, lo fija el Ayuntamiento después de hacer cuentas de todos los gastos, sueldos, piensos, luz, agua… y demás, reservando una cantidad para inversiones e imprevistos. Se está de acuerdo por parte del alcalde y de todos los concejales en que el gallinero no está para ganar dinero ni tampoco para perderlo, sino para ofrecer al conjunto de los vecinos un buen producto a un buen precio, manteniéndolo a salvo de los especuladores que siempre andan al acecho como alimañas, buscando ser los intermediarios entre las gallinas y los consumidores. Unos especuladores que no dejan, es su naturaleza, de pensar en los beneficios que se le podrían sacar a ese negocio, porque todo lo ven como un negocio, si cayera en sus manos.

Y empieza el acoso y derribo al gallinero municipal. Un día aparece un roto en la valla y se descubre que un zorro ha entrado en el gallinero y ha matado a varias gallinas y se han comido todos los huevos que había en los ponederos. Se repara el vallado pero a los pocos días aparece otra vez la valla rota y en esta ocasión, en vez de un zorro han entrado dos y han causado un gran destrozo en el gallinero y un enorme revuelo e inquietud entre las gallinas residentes que protestan con enérgicos cacareos que así no se puede producir.

Al mes siguiente vuelven a entrar más zorros y el gallinero empieza a no ser rentable a pesar de subir el precio de los huevos para compensar las pérdidas por los destrozos. Algunos concejales con amistades en el  mundo de la gestión avícola privada empiezan a hablar de una mala gestión del gallinero público. Y que de seguir así, el modelo de gestión pública será inviable. Poco después, vuelven los zorros a hacer de las suyas y ante la palpable ruina del gallinero, éste es vendido por cuatro perras a una empresa privada que aparece como la gran salvadora de la ruinosa empresa pública. No hace falta decir que los inversores que compraron el gallinero en unos meses no solo cubrieron los gastos de la adquisición, sino que empezaron a repartir a beneficios a sus asociados entre los que, naturalmente, estaban los zorros salteadores. Estos avispados inversores siempre juegan sobre seguro y jamás habrían comprado la empresa si no hubieran estado convencidos de su rentabilidad incluso a corto plazo. Por supuesto nunca van a parar a manos privadas las empresas de poca rentabilidad. Aquí, como todo el mundo sabe, solo se privatizan los beneficios y se socializan las pérdidas. Y esto, por desgracia, es así.

Cuando Felipe González, el gran timonel que puso rumbo a estos lodazales donde estamos hundidos hasta los ejes para varias generaciones, llegó al poder, comenzó la gran fiesta de la privatización y el europeísmo. Las más de cien empresas públicas estatales que se financiaron y dotaron de una gran infraestructura en los años cincuenta y sesenta con el esfuerzo de nuestros abuelos y los impuestos de nuestros padres, a partir del año 1984 empezaron a ser malvendidas. Y tan rentables fueron para los inversores que éstos amortizaron la compra en apenas diez años. Tanto la electricidad, las telecomunicaciones, como la distribución del petróleo, la explotación minera, la metalurgia pesada, el transporte ferroviario y aéreo, la distribución de Tabaco, Bancos y Cajas de titularidad pública, todos ellos eran monopolios estatales, los gallineros del ejemplo, capaces de proporcionar servicios básicos a precios asequibles y cuyos beneficios revertían en el Estado.

Estas privatizaciones comenzadas por el gran timonel González, fueron rematadas, nunca mejor dicho lo de rematadas, apuntilladas y arrastradas con vuelta al ruedo por el tiro de mulillas de José María Aznar, el otro gran timonel que terminó de vender a precio de saldo las grandes empresas públicas. El señor Aznar, ese avinagrado personaje que ya da repelús sin abrir la boca, y no digamos cuando la abre,   se ocupó de que todas las privatizaciones que quedaban por adjudicar fueran a parar a amigos y conocidos que ahora se hacen llamar “los mercados” y que son los inversores y accionistas de toda la vida, los zorros del cuento, que finalmente se han apoderado de todo y ahora parten el bacalao, el litro de combustible o el metro cúbico de gas, el billete de tren o avión, el tabaco y el kilowatio al precio que les sale de los….dividendos, asegurándose unos beneficios, sus sagrados beneficios, que crecen un año tras otro a costa del general empobrecimiento de la ciudadanía. Una ciudadanía que no ve una relación entre esto y las permanentes subidas de las tarifas. Unas subidas de las tarifas que achacan al gobierno de Sánchez sin echar la vista un poco más allá para darse cuenta que el problema no viene del régimen social comunista, etarra, bolivariano, satánico etc. del actual gobierno de coalición, sino que la cosa viene de unas décadas atrás. No hay que ser un analista político ni tener grandes conocimientos de economía para darse cuenta de la enorme estafa que supuso para el conjunto del país, las privatizaciones de las grandes empresas públicas vendidas por cuatro perras a esos listos, a esos espabilados que se parapetan detrás de ese nombre tan ambiguo, tan confuso y oscuro de “los mercados”. Unos mercados que nos están jodiendo vivos, por decirlo fino y con palabras técnicas.

La entrada en el mercado europeo requería privatizar recursos públicos a precios muy ventajosos para los inversores de aquí y de fuera y de paso acabar con nuestra capacidad productiva. Y también militar desde que entramos o, mejor dicho, nos metieron en la OTAN. ¿Y los miles de trabajadores del sector público que se quedaban sin empleo con las sucesivas reconversiones y reestructuraciones industriales? Ésos iban a tener un brillante futuro poniendo cañas, sangrías, paellas y patatas bravas a los turistas europeos, porque a partir de entonces España se iba a convertir en el gran chiringuito playero de Europa.

No hace falta decir que tanto González como Aznar se llevaron su correspondiente parte por vender lo que no era suyo. Tampoco hay que decir que de no haber sido ellos, los todopoderosos poderes económicos que llevaron a cabo todo este vasto plan a escala nacional con el que se embolsaron, y se siguen embolsando, tan escandalosos beneficios, hubieran buscado a otros González y Aznar entre los políticos de entonces. Y no hubieran faltado candidatos dispuestos a vender su carrera o carrerita política, y también su alma si hubiera hecho falta, a cambio de dinero.  No olvidemos  que el poder económico, el verdadero poder, controla el poder político, menos a los cuatro malvados rojos de siempre, menos mal que a ésos ya casi nadie les vota,  un poder político que les sirve fielmente a cambio de una puerta giratoria que les transporte a una vida llena de prebendas y privilegios en el seno de estas empresas que un día fueron públicas. Qué cargo público es capaz de hacer un desplante torero a un  amplio despacho enmoquetado con buenas vistas de la ciudad, con secretaria, una enorme mesa con un bote lleno de plumas y bolígrafos de calidad, una butaca de cuero diseñada para descabezar agradables siestas del borrego o de la oveja, y un sillón reservado en el Consejo de Administración con un brillante tarjetero de latón con su nombre escrito en letras de molde. ¿Quién podría resistirse a eso?. Quizás algunos de esos raros políticos vocacionales, tan amenazados de extinción como los osos pandas o el cuco terrestre de Sumatra, que todavía pueden avistarse por las instituciones públicas, esos frikis que están para servir a la sociedad y no para servirse de ella. También hay gente así, como lo oyen. Hay gente para todo.

Ahora el PP carga contra el gobierno por la escandalosa subida de la factura de la electricidad, un servicio básico que está gravado con un veintiuno por ciento de IVA, como si la luz fuera un artículo de lujo, muy por encima del que se cobra en otros países de nuestro entorno. Y toda la oposición arremete contra el gobierno a ver si esta vez le hacen caer con el único objetivo de ponerse ellos. Pero no puede haber nadie que crea que con ellos en el poder las facturas van a bajar. Ni que vaya a mejorar en modo alguno la gestión pública estatal. No es posible que quede nadie en este país al que el PP  le hayan prometido una cosa en la campaña electoral y después desde el gobierno hayan hecho la contraria. Basta con echarle un somero vistazo a la Hemeroteca para darse cuenta de ello.

José Luis Sampedro, aquel estupendo escritor que también fue un economista que, al contrario de muchos economistas que trabajan para hacer más ricos a los ricos, trabajó para hacer menos pobres a los pobres, dejó dicho en una de sus memorables frases que “El sistema ha organizado un Casino para que siempre ganen los mismos”.

Y siempre ganarán los mismos mientras no nos demos cuenta que debajo de los trajes a medida asoma la piel del zorro o de la zorra que viene a llevarse los huevos, y también las gallinas y el gallinero, mientras los demás asistimos a la escena sin hacer nada, sin salir a la calle a protestar como hacen en Francia en cuanto el gobierno decide hacer recortes al Estado del bienestar. Aquí pensamos que no es necesario protestar, para qué, con lo que cansa. Aquí ya tenemos bastante con disfrutar de la libertad de tomar cañas en las terrazas, dejando a los políticos sueltos a su libre albedrío, diciendo  que son sus movidas de siempre, mientras hacemos dejación de nuestra responsabilidad de controlarlos, de corregir sus desmanes, pensando equivocadamente que eso no es cosa nuestra. Cuantas veces, y las que quedan, no habremos oído eso tan insensato, tan irresponsable de que “la política es para los políticos”. O eso de que “todos los políticos son iguales, todos van a lo mismo”. O “yo paso ya mucho de sus movidas”.

Sí, pero los huevos son nuestros.  

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1 Comentario

  1. Excelente artículo. Aunque quiero apuntar que el tipo de gravamen del 21 % en concepto de IVA sobre la potencia contratada y el consumo de electricidad se aplica en virtud de la ley y el reglamento correspondientes. Y las leyes y los reglamentos, son aprobados, modificados o derogados por los políticos. En sus manos está.
    Igual que está en sus manos el no gravar al impuesto sobre la electricidad con el IVA. Algo que, si no estoy mal informado, está recurrido desde hace muchos años en los tribunales, porque lisa y llanamente es ilegal que un impuesto grave a otro. Así lo establece el ordenamiento jurídico. Por lo tanto, zorros, tanto unos como otros.

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