Para mi madre.

Jugar a las canicas en la puerta de mi casa, rebozado en barro, despreocupado y entregado al golpe perfecto era uno de los mejores planes que un niño de diez años podía tener. Me tiré sobre el suelo en busca de un buen ángulo de visión, guiñé un ojo y fijé con el otro la imagen de la pequeña bola de barro que debía golpear. Si quería ganar, tenía que lograr sacarla del círculo dibujado en el suelo.

Candy era el mejor jugador del mundo. Al menos el mejor de entre todos los niños de mi pueblo y los alrededores. Creo que tenía una habilidad innata, porque no practicaba ni más ni menos que yo. Simplemente colocaba la canica entre los dedos, clavaba la mirada en la bola del contrincante y ¡zas! la partida era suya. Yo no lo hacía del todo mal, sin embargo, no era suficiente para conseguir superarle. Suerte que éramos los mejores amigos y casi siempre jugábamos juntos. Aun así, yo deseaba ser tan bueno como el Cojo, lanzar la bola con la precisión con la que él lo hacía y dejarlos a todos con la boca abierta, ser el mejor, pero sobre todo ganar.

Me concentré en el tiro y llené al máximo los pulmones como si el aire inspirado fuera a propulsar mi pequeña bola de barro con la fuerza necesaria para fulminar la del Cojo. Si la jugada que había dibujado en mi cabeza me salía bien, ganaría la partida. Todos contuvieron la respiración. Gelín dio un paso al frente para tener más visibilidad, Valentín se colocó en cuclillas a mi lado, Aurelio limpió con el elástico de su jersey los cristales de las gafas y el Cojo cruzó los brazos sobre el pecho temiéndose lo peor. Estaba preparado, asiqué coloqué la canica y la lancé con la fuerza justa para hacerla volar.

– Esta vez sí, pensé.

Y quizás esta vez habría ganado si no fuera porque inesperadamente todas las bolas de barro desaparecieron aplastadas bajo la suela de los zapatos del hombre que arrasó nuestro ring.

Me levanté del suelo indignado, dispuesto a golpear a quien fuera necesario. Al fin y al cabo, yo era hijo de El peleas y por lo tanto peleas también. Ser un peleas era como tener un título nobiliario. Al menos así se vivía en la casa. Yo era el pequeño de cinco hermanos todos nacidos varones, con apenas diez meses entre partos hasta que llegué yo, diez años menor que el cuarto. Todos eran hombres fuertes y robustos igualitos que mi padre. Tan parecidos que a menudo era incapaz de reconocer quién era quien, cuando se alejaban juntos calle abajo camino del bar de Tasio. Acostumbraban a resolver las hostilidades cuerpo a cuerpo, con puño de hierro y casi siempre unas cuantas copas de más. Eran fuertes y valientes y el pueblo entero, incluido yo, contenía la respiración cuando ellos llegaban.

Me incorporé con el ímpetu que mi padre habría esperado de mí. Apreté los dientes y los puños como un auténtico peleas, dispuesto a enfrentarme al desconocido que acababa de desmontar nuestro juego y aplastar nuestras canicas. Una vez en pie el miedo me paralizó.

Sin dar explicaciones la pareja de la benemérita entró en casa y se llevó a mi hermano: el cuarto. Todo el mundo se quedó callado. Por una vez, los peleas bajaron la mirada, cerraron la boca y mansos como nunca les había visto, permitieron que le metieran en el furgón. Para mi desconcierto, no hicieron ni dijeron nada. No hubo peleas. Vi cómo se mordieron la lengua y contuvieron la rabia. Solo yo me comporté como un auténtico peleas. Patalee, escupí y golpee con mis pequeños puños de hierro al hombre que había pisado nuestras canicas para llevarse a mi hermano. Corrí tras el furgón hasta que desapareció en la lejanía y cuando no pude más lloré amargamente y solo, en medio de la calle abarrotada por las miradas de los vecinos escondidos tras las ventanas.

Mi hermano nunca volvió.

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