Mucho se ha hablado del papel de los medios de comunicación en la expansión de la extrema derecha en España. Hay quienes piensan que lo mejor era darles la espalda, no publicar sus propuestas y sus comportamientos. Sin embargo, los medios tienen la responsabilidad de contar y analizar lo que ocurre en el país, sobre todo si de ello depende la evolución positiva de la sociedad. El pueblo tiene derecho a saber lo que pretenden: retornar a épocas pretéritas en las que se permitía con impunidad la desigualdad y el machismo.

En los platós de televisión hemos visto cómo se ha defendido al abogado de La Manada y se ha atacado al rector de la Universidad de Cádiz por no haberle permitido participar en un seminario sobre sexualidad. Es decir, se protege a quien ha defendido la inocencia de cinco hombres que violaron a una joven de 18 años y que ha atacado al movimiento feminista. En sus declaraciones, Agustín Martínez ha criticado que sea tan fácil poner la etiqueta de ser de extrema derecha y que no lo sea tanto la de extrema izquierda, dejando en el aire si cuando se refería al sectarismo se estaba refiriendo a las feministas que con su presión en la calle han logrado que sus clientes estén en la cárcel por violación y no por abusos.

También en la televisión hemos escuchado cómo un diputado de Vox ha justificado la retirada de las ayudas públicas a las asociaciones del colectivo LGTBi.

La ofensiva del partido de Santiago Abascal lanzada contra la diversidad y el respeto a los derechos humanos no se justifica dándole espacio en los medios, sino que en éstos haya gente que justifique peticiones como la de las listas de personas que realizan talleres de integración LGTBI en colegios públicos porque, según los ultras, se trata de un adoctrinamiento. ¿Se olvidan de que en las aulas de este país se imparte la asignatura de Religión Católica? ¿Eso no es adoctrinamiento?

También, desde algunos medios, se intenta justificar la petición de Vox en Andalucía por la que se insiste en el hecho de que la desigualdad salarial entre hombres y mujeres no existe sino que es una invención de lo que ellos llaman «ideología de género».

¿Tiene derecho el abogado de La Manada a hablar en televisión? Evidentemente, sí. Hasta ahí podíamos llegar. Lo que no se puede permitir es que en cada declaración que hace este señor se esté insultando a todas y cada una de las mujeres de este país por sus ataques contra la lucha por la igualdad real. ¿Hay que hablar de las propuestas neandertales de Vox que sólo pretenden derogar los derechos conseguidos con la lucha de los diferentes colectivos? Evidentemente, sí. El pueblo tiene derecho a conocer lo que proponen para que valoren si, libremente, deben apoyar o repudiar a esta formación política.

Sin embargo, lo grave es que haya gente en los medios de comunicación que pretenda justificar estos ataques contra la propia esencia de la democracia porque, en ningún caso, es justificable que se ataque a la lucha de las mujeres por la igualdad real, la revolución que pretende llevar a la sociedad lo que sí que está recogido por las leyes pero que no se aplica; no es justificable que se ataque al colectivo LGTBi, que se les pretenda «reeducar» o «curar» o que se les pretenda meter en guetos para que «las familias de bien» no les vean. Hacerlo, como se está haciendo, no es otra cosa que blanquear la homofobia, la xenofobia o el machismo.

El objeto de ese blanqueamiento no es otro que normalizar la barbarie, que la gente no condene que se le diga a un joven gay que le van a «hacer heterosexual a hostias» o que se diga que las víctimas de violencia machista están constantemente mintiendo porque hay una estadística que sólo Vox conoce que dice que la gran mayoría de las denuncias que se ponen son falsas.

El problema de la normalización o el blanqueamiento de la extrema derecha y de sus propuestas sacadas de Atapuerca recuerda a la reflexión de Bertolt Brecht: «Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí». Eso es lo que se conseguirá si los medios de comunicación no se enfrentan a la extrema derecha por medio de la información, la reflexión, la crítica y el análisis democrático. Quienes no lo hagan y sigan justificando a los ultras se convierten en cómplices, estarán corrompiendo la labor del cuarto poder y, como bien afirma el editor de este medio, Manuel Domínguez Moreno, «la peor corrupción que existe es la de los medios de comunicación, porque lo que se vende es la libertad».

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