Al levantarme vi, sorprendido, cómo en la sociedad global le acompañaba una indignación mayúscula debido a que un policía de Minneapolis con su rodilla apretase el cuello, sobre el suelo, a un hombre negro y éste, con sus manos atadas en sus espaldas, le pidiese que se retirase ya que le faltaba el oxígeno. Posteriormente, ya sabemos la tragedia de lo sucedido. 

Y me pregunto: ¿No nos parecemos un poco al policía donde en vez de clavar una rodilla en el cuello de alguien miramos hacia otro lado en cuestiones similares?  ¿Nos indignamos de la misma manera ante la situación del pueblo saharaui, de Yemen o de Palestina? ¿Nos indignamos de la misma manera ante el acoso que reciben para qué abandonen sus tierras con fines empresariales miles de pueblos indígenas? ¿Nos indignamos de la misma manera cuando discriminamos al pueblo gitano tachándolo, en muchas ocasiones, de maleantes sin serlo? ¿Nos indignamos de la misma manera al ver una persona desamparada pidiendo limosna desde el asiento de un adoquín? ¿Nos indignamos de la misma manera al presenciar desde el charco del Mediterráneo cómo perecen los inmigrantes? Sinceramente, puede ser que nos indignemos, pero ni mucho menos ni con un nivel atronador como para cambiar la realidad que a día de hoy somos un planeta donde el racismo, la aporofobia y la supremacía de la raza blanca, tristemente impera por cada una de nuestras calles planetarias. 

En este caso, no hace falta encender la televisión de los mil canales para presenciar cómo un blanco le pone la rodilla en el cuello a un negro, visualizándose así el racismo en todo su esplendor. Tampoco, hace falta volar el océano Atlántico y aterrizar en EE. UU. para sentir el racismo y ver cómo su estatua de la libertad, desde sus principios, debería de llevar gravado en la tablilla de su mano izquierda, simbolizando al derecho, la palabra Apartheid debido a la gran cantidad de discriminación racial existente en ese país y la desigual generación de oportunidades que habita dependiendo si eres de una raza u otra. Eso sí, esa misma raza que es estrangulada sistémicamente por el capital, en otras esferas, por ejemplo deportivas, parece ser que no tiene muchos problemas y es aceptada, incluso, con reverencias.  

Pues bien, en vez de mirar tanto a los EE. UU., que no está mal, deberíamos de observar nuestro propio ombligo nacional donde también existen graves situaciones vinculadas con el racismo y no nos llevamos las manos a la cabeza de la misma manera que en el caso de George Floyd, en el que por supuesto es para echárselas también.

En nuestro territorio nacional ocurre que en plena pandemia no se regulariza, todavía, a las personas “sin papeles” porque puede ser que no quepamos todos en nuestra bendita y machacada seguridad social, mediante recortes en sanidad pública. En este caso, no veo tanto revuelo por tal situación y son personas que tiene tanto derecho como nosotros a recibir atención médica. 

En nuestro territorio nacional, aparecen amenazas al mismísimo gobierno de determinadas organizaciones relacionadas con el sector agropecuario, exigiendo que si no retiran las inspecciones no van a ser “pacíficos”. Asimismo, sabemos de antemano en qué condiciones viven, junto a sus familias, quienes conforman los campos en la recogida de determinados rubros agrícola (sector importante de raza NO blanca ). Y con qué arrestos laborales deben de acudir y desempeñar su labor en el campo. En este sentido, tampoco percibo tanto alboroto por el asunto, viéndose claro signos de racismo y discriminación por raza y etnia. 

En nuestro territorio nacional, existen las ONG y la cooperación internacional, que no digo que desempeñen una mala función. Sin embargo, con la hucha o nuestra caridad queremos eclipsar con una sonrisa de limosna una situación que va más allá de la misma. No es cuestión de una solidaridad barata de que si me sobra algo pues lo donó; ya que seguirnos queriendo imponer nuestro concepto de “desarrollo” a los países más necesitados. Asimismo, una verdadera organización no gubernamental debe dejar de imponer nuestros conceptos y, en todo caso, facilitarle que construyan su propio progreso en función de sus culturas. De lo contrario, es un acto racista camuflado, puesto que les obligamos con nuestra dádiva a que actúen igual que nosotros. En este caso, tampoco presiento abanicos de tumultos societarios. 

En nuestro territorio nacional, se construyen Centros de Internamiento de Extranjero (CIEs) donde, generalmente, se ingresa cautelarmente a extranjeros que están pendiente de que se ejecute una orden de expulsión a su país de origen. En éstos centros, según un informe de Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) –entre otras asociaciones sensibles con el asunto- denuncian la existencia de vulneración grave de los derechos fundamentales de las personas como compartir habitación de dimensiones reducidas con numerosas personas sin posibilidad de poseer mobiliario adecuado para organizar sus propias pertenencias, abusos policiales, muertes sin esclarecer, falta de interpretes y traductores, sin poder usar teléfonos móviles para contactar con sus allegados y con una asistencia sanitaria deficiente. Esta realidad es un racismo institucional y no hay una conmoción grave por ello en la ciudadanía. 

En nuestro territorio nacional, convive entre nosotros una “ley de extranjería” que más que ayudar a los humanos que vienen de fuera para buscarse un porvenir, parece todo lo contrario. Son solo trabas a su bienestar ya que esa ley se ha convertido en una herramienta incapaz de proporcionar solución a las miles de personas que residen en suelo español y se encuentran indocumentados. Con esta legislación, al extranjero se le dificulta la reagrupación familiar, el empadronamiento, e incluso, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEDAR), se discrimina a mujeres extranjeras en situación irregular que son víctimas de violencia de género, entre otras cosas. Estamos hablando de políticas racistas y la agitación social en comparación con lo sucedido en EEUU parece brillar por su ausencia. 

En nuestro territorio nacional han existido numerosas manifestaciones revindicando: fuera el racismo. Durante el encuentro muchos hacían referencia a las muertes de los migrantes en el mar mediterráneo como un ejemplo de racismo en nuestro país; y no les falta razón. 

El tema de la migración en aguas del Mediterráneo se resume en que los habitantes del continente africano se marchan a otros lugares a buscarse  un futuro mejor,  porque nosotros invadimos sus tierras, adquirimos sus recursos naturales (todavía seguimos haciéndolo y controlándolos) y dejamos a muchos de sus países en guerra; por no hablar de los sistemas socioeconómicos que implantamos protagonizados, en grandes ocasiones, por dictaduras diseñadas a nuestro antojo y bendecidas como democráticas,  con el fin de seguir apropiándonos y controlando sus recursos. Por tanto, el panorama actual de pobreza en estos países es fruto de nuestros actos como países “colonizadores” de sus recursos que, además de suscitar conflictos sociales en su entorno, hemos instigado realidades de racismo entre ellos mismos, por nuestra biblia de “desarrollo” y coaccionándolos a que lo implementen sin tener en cuenta ni sus identidades ni sus realidades endógenas. 

En esta línea de la migración en el mar mediterráneo es cierto que en el último año existe un pico con respecto a la emigración. No obstante, en esta última década, no es mayor que en el año 2006 (según fuentes del Ministerio del Interior en el año 2006 hubo 39.180 inmigrantes llegados a las costas mediterráneas españolas mientras que en el 2017 el número fue de 22.103). Por tanto, hablar de “avalancha” por parte de determinados medios no parece lo más adecuado; y poner alambradas y muros, tampoco, ya que como se aprecia son acciones racistas. Así que no veo, tampoco, a la muchedumbre con un torbellino sensitivo feroz ante esta emergencia que padece nuestro querido mar mediterráneo. 

No es menos importante realizar homenajes a personas que han visto sus vidas sesgadas por ser de una raza distinta a la blanca; ni tampoco, concentrar personas para que griten hacia la búsqueda de un mundo sin racismo. Sin embargo, vemos que no es suficiente, y a veces tales movimientos sociales parece inclinarse más a una foto de cara a la galería que, verdaderamente, a encontrar una solución veraz al problema estructural del racismo que anida en cada uno de nuestros continentes.  

Es desesperanzador pensar que andamos en un continuo desamor africano puesto que amamos todos sus recursos naturales (minerales, tierras y mano de obra barata, entre otros componentes) sin edificarle ningún tipo de alambradas para que circulen en nuestro espacio sin tapujos. No obstante, nos desenamoramos de sus habitantes que intentan luchar en fraguarse una vida en nuestro país para así conseguir satisfacer sus necesidades.  

Qué poca memoria viste nuestra sociedad avanzada del que dicen ser primer mundo, cuando éramos, somos y seremos también migrantes como ellos.  Precisamente, España durante la crisis económica del 2008, y ya veremos en la época post COVID, sufrió el fenómeno de la migración. La única diferencia es que nos pudimos permitir un vuelo low-cost, mientras que ellos deben de utilizar una patera o una barca en condiciones miserables para emprender una nueva vida. Sin embargo, el cuento, su trama y su drama son las mismas; es decir, buscarse un porvenir más adecuado debido que en el país de  nacimiento no les proporciona un futuro digno. 

Sí, que poca memoria subraya las naciones más “avanzadas”ya que, para utilizar cualquier producto, aparejado en invadir su confortabilidad (coche, móvil, ordenador, entre otros), muchos de los materiales que necesitan para su funcionamiento provienen de tal continente. Siendo éstos expoliados, día a día, sin un atisbo de mala moralidad, y agotando así sus recursos naturales, los cuales no nos pertenecen.

Estoy reflexionado, que Sydney Pollack, si en vida estuviese, redirigiría nuevamente la película «Memorias de África», y la dotaría de una historia más real o simplemente la actualizaría con los acontecimientos de hoy, que ya no sólo son de emigraciones a África de los colonos europeos -como en tiempos de la colonización-; sino de inmigraciones a Europa de aquellos que nada tienen y, por tanto, nada tienen que perder…

Si sólo vamos a quedarnos con manifestaciones y el “postureo” de incorporar a nuestras redes sociales frases como “I can´t breath” o fotos relacionadas con la opresión hacia la raza negra, que no exclamo que no hagan falta, jamás cambiaremos la realidad racista de hoy. 

Quizás nos mostremos únicamente así porque, tanto individual como egoístamente, perjudique a nuestros propios intereses, prefiriendo mirar hacia otro lado, y estando más cómodos con el papel de policía aunque no nos haga falta, en este caso, clavar directamente nuestra rodilla en la yugular de nadie ya que con nuestra permisividad ya lo estamos reproduciendo. 

Todos y todas provenimos de África, donde algunos abandonaron tal tierra para descubrir otros parajes. En ese sendero hacia lo inhóspito el ser humano originó la mayor de nuestras riquezas, es decir, la multiculturalidad y la variedad de nuestras razas y étnicas. Por ello, que no nos roben la diversidad que es el tesoro universal más preciado que poseemos, y andemos hacia una unidad racial donde seamos iguales más allá del color de nuestra piel, sino, también, equitativos en tener acceso y una posibilidad real de poder desarrollarnos como personas, repito, independientemente de cómo sea el tinte de nuestros poros. 

Dejémonos de habladurías y bla bla bla, ya que en el siglo XXI no podemos consentir clasificaciones de personas migrantes como si fuéramos un numero binario; ni la aceptación en una supuesta, absurda y ridícula superioridad de razas, floreciendo así el racismo y diezmándonos como sociedad. Somos personas de pleno derecho y cualquier acción contraria a la igualdad racial no puede estar al margen de nuestros ojos, haciendo así oídos sordos a la posición de seres indolentes, ya que nuestra prioridad es asegurar la universalidad de razas y etnias.  De esta manera, es de imperativo legal que los ciudadanos del mundo que atraquen en un nuevo territorio tengan absolutamente los mismos derechos que una persona originaria de la región,  sin tener que renunciar a su maravillosa nacionalidad nativa. 

Empecemos por ayudar a los países cuyos ciudadanos no tienen otra opción que emigrar, a desarrollar sus economías según su idiosincrasia socioeconómica-cultural; y dejemos de sustraer sus recursos naturales dejando que sean ellos mismos quienes gestionen y gobiernen sus propios recursos naturales. 

A partir de aquí, yendo a lo profundo del problema racista que es, primeramente, reconocer que el propio sistema es racista y, segundo, labrar el sendero de una sociedad más justa e intercultural a través de la acción y la concienciación colectiva. De lo contrario, surgirán más casos como el de George Floyd, y si nosotros seguimos con un talante pasivo, continuaremos con la modernidad de nuestros mensajes antirracistas pero el racismo, desgraciadamente, seguirá bailando entre nuestra inmensa pista de baile llamado planeta tierra, eso sí, con eternas melodías racistas. 

Menos bla bla BLACK, más amor africano y batallemos hacia el frenesí de un mundo donde quepan muchos mundos. X la revolución de los desiguales….

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