Cuando le dieron la terrible noticia de la incurabilidad de la condición de su bisnieto, don Julio no pudo contenerse y rompió a llorar desconsoladamente. No le importaba que estuviesen presentes el pediatra de su bisnieto, junto al equipo de médicos internos y residentes además del jefe de oncología pediátrica, responsables del paciente.

 

-Por favor, doctor –suplicó-, ¡cure a mi bisnieto, que es a quien más quiero! Lo quiero más que a mí mismo. ¡Se quiere al nieto más que al hijo, y mucho más al bisnieto que al nieto! ¡Ayer cumplió veintidós años! Y pensaba casarse pronto. ¿Cómo me dice usted que tiene un cáncer con metástasis generalizadas: en el cerebro, en los pulmones, en los riñones, en todos sus órganos? No lo entiendo, pero si aparenta no dolerle nada.

 

Si el médico no logra el milagro sabe que no podrá soportar la muerte de quien más quiere.

 

Tiene preparada una cápsula de cianuro en su caja fuerte. También su Smith and Weston del calibre 44 con una sola bala, y una escopeta de caza mayor con un solo cartucho.

 

No le queda mucho para cumplir cien años. Ya todo ha sucedido para él: no se importa; no en la medida en la que sí le importa su bisnieto.

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