Más unida que nunca a Rocío Monasterio. Así se siente Isabel Díaz Ayuso, la futura presidenta de la Comunidad Madrid, tal como ella misma ha reconocido desde la tribuna de oradores de la Asamblea Regional durante su turno de réplica de la sesión de investidura. De esta manera, la candidata popular confirma sin tapujos, sin rubores, abiertamente y sin complejos, algo que todos los madrileños intuían ya: que la lideresa siente una profunda simpatía por su homóloga de la ultraderecha verde; que PP y Vox bailan la misma música; que piensan de forma, si no idéntica, sí al menos muy parecida.

La sintonía de Isabel y Rocío ha quedado clara y patente durante la mañana de hoy. No solo comparten ideas y criterios comunes en numerosos puntos programáticos recogidos en el “pacto a tres” con Ciudadanos, sino que las ideologías de ambos partidos encajan como las piezas de un puzle. Ya no hay matices, ya no hay divergencias. El viraje a la derecha de Pablo Casado ha supuesto una ultraderechización de los populares, como ahora reconoce sin remilgos la candidata por Madrid, que será investida presidenta en las próximas horas salvo sorpresa (Santiago Abascal mediante).

Isabel y Rocío, Rocío e Isabel, que tanto monta monta tanto, están de acuerdo en casi todo: en esa España excluyente solo para españoles “comunes y corrientes” donde las gentes de izquierda no tienen sitio y quedan automáticamente al margen por “progres” feminazis; en el delirio contra proetarras, separatistas y comunistas; en ese patriarcado siniestro que ellas, pretendiendo parecer modernas, recubren con palabras huecas como igualdad y libertad, palabras que fuera de contexto, y a fuerza de abusar de ellas, pierden todo su significado. Por coincidir coinciden hasta en el estilista, en el peluquero y en el sastre.

Las derechas españolas se han remozado con caras jóvenes y dinámicas pero en el fondo llevan por dentro el mismo traje azul falangista de siempre, el discurso beato y nacionalcatolicista a ultranza, la cruzada nacional contra el ateo infiel y los enemigos de España, la vuelta al pasado y al 36, ese lugar mítico adonde Abascal parece estar deseando llegar.

Hoy Isabel y Rocío, las Thelma y Louise de la política española, y una vez sellada la alianza, ya no tienen rubor en confesarlo, como ha apuntado Íñigo Errejón en su intervención. Ayuso ha reconocido que el discurso de Vox le pone y que Rocío, su Rocío, es su nueva mejor amiga. Pronto las veremos a las dos compartiendo confidencias y secretos en los pasillos de la Asamblea Regional, una cámara legislativa que ellas pretenden convertir en aquel colegio mayor para pijos, puritanos y neofachas en el que, siendo unas niñas, estudiaron los principios generales del Movimiento y las vidas de José Antonio y Escrivá de Balaguer. Pronto veremos a Isabel y a Rocío en los jardines del Parlamento madrileño, perfectamente vestidas con el uniforme de las teresianas, intercambiando los apuntes de clase, o sea los pactos y programas de Gobierno. Yo te doy el pin parental para que no se enseñe zoofilia en los colegios, tú me das los reformatorios para niños magrebíes. Tú te quedas con la privatización de la sanidad y las listas negras de funcionarios feminazis, yo con la bandera del pollo bordada por Santi Abascal. Y en ese cambalache, en ese intercambio furtivo de las dos quinceañeras superamigas de la derechona española en los aseos del Parlamento madrileño, entre pitillo y cotilleo malicioso sobre el guaperas de Pedro Sánchez, se irá disolviendo lo poco que nos queda ya de democracia.

El colegueo idílico entre las dos jóvenes divas ultras está servido. Una es la cara dulce y aniñada de la extrema derecha española; la otra es la férrea ama de llaves guardiana de las esencias patrias. Dos caras de la misma moneda. Habrá que ver qué dice Ciudadanos de esas simpatías y esas amistades juveniles.

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