Excepto que la ciencia acabe con la enfermedad del envejecimiento, de momento, al nacer es seguro que moriremos, pero, entonces, ¿por qué no aprendemos a morir? ¿Por qué vivimos de espaldas a nuestro presente continuo?

En casa aprendemos los valores de nuestros padres (si les queda alguno), en la escuela iniciamos el camino para aprender a ganarnos la vida, atribuyendo a cosas inertes la capacidad de proporcionar alegría. Y por ello nos gratifican en números con un valor monetario y nos pasamos el día entretenidos, haciendo muchas cosas para no pensar, hasta que un día se apaga la luz. Hace una semana falleció el padre de un amigo por coronavirus, tras enterrar a su progenitor, mi amigo volvió raudo a su trabajo para no darle más vueltas y sufrir menos su ausencia.

Como decía Jhon Locke, “la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”. En ese caso, me pregunto por qué no cambiamos los parámetros de éxito en la vida, partiendo de que, cuando canalizas tu don en un talento concreto y te realizas con ello, aportas alegrías a otras personas, a la par que te llevas un chute energético de satisfacción personal que inunda tu ser, lo cual suele ir acompañado de una inyección monetaria, ya que el ego del dinero lleva mal quedarse fuera de la ecuación.

Por todo ello, este año me he autorregalado el aprendizaje de escuchar a diario a un par de personas en el ocaso de sus vidas que se sienten plenas y henchidas en su ser. No profieren quejas de lo que han hecho y sí muchas satisfacciones tras amainar tsunamis para ayudar a otros. Jamás eligieron el camino cómodo y en ellos se vislumbra su sonriente mirada como espejo de su alma, sabedores de que viviendo con la alegría que viven el presente, cual regalo de la vida, se están preparando para morir con satisfacción cuando así les corresponda.

De igual forma, el pasado jueves 19, se cumplieron 14 meses de una nueva oportunidad que me dió la vida para aprender de una vez a vivir, para saber morir con satisfacción. Se ve que aquel jueves 19 de septiembre de 2019 no era mi momento, aunque acabara debajo de un guardarrail por ir ‘enmimismado’ cavilando cómo presentar mi startup a un inversor, mientras iba en moto camino del coworking de la Escuela de Organización Industrial de Toledo para mentorizar a sus emprendedores.

Y es curioso, porque justo este jueves
19 llegó la primera transferencia de uno de los ​betatester​ de la ​startup​ que se ha convertido en el primer cliente. Además, el mismo día, la vida me puso un examen, digerir una tormenta perfecta de gestión emocional, ya que emprender genera tal tensión que se corre el riesgo de quedarse sin amigos. Por primera vez, supe escuchar el problema, ser empático, pedir perdón y aportar una solución coherente. En vez de ponerme a la defensiva con el “y tú más”.

Me da que aquel accidente sirvió para que aprendiera a estar en paz conmigo mismo, para así crear mi suerte y quizá, saber morir cuando toque.

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