Ya dijimos en un artículo anterior que el problema de ir a segundas elecciones era el hecho de que no pudiera haber unas terceras, con lo que los votos de Unidas Podemos tras esas segundas elecciones valdrían más que el oro; y eso, aunque solo hubiesen conseguido veinte escaños. El problema de pactar con Unidas Podemos sin llegar a la mayoría absoluta es el hecho de tener que estar llamando continuamente a distintas puertas llevando contigo un visitante incómodo. Otra cosa muy diferente sería si se alcanzase esa mayoría absoluta. A sabiendas pues de que no se iba a obtener esa mayoría tras unas segundas elecciones seguidas (y da igual que Unidas Podemos hubiera obtenido solo quince o veinte escaños…) nunca se debió llegar a la situación a la que nos encontramos ahora: con un Psoe más débil, con una Unidas Podemos ensoberbecida, con unos partidos regionalistas y nacionalistas dispuestos a pasar, no una, sino muchas facturas por cada una de las leyes futuras, y una incapacidad manifiesta para llegar a auténticos acuerdos de Estado con el único partido con el que es posible hacerlo, mal que nos pese. Somos un partido progresista, y para hacer políticas progresistas no necesitamos que venga Unidas Podemos a darnos lecciones, a torcernos el brazo, u obligarnos (según dicen ellas…) a hacer “cosas que no queremos”. Pero también somos un partido moderado, y eso significa saber hacer las políticas de Estado que el país necesita, muy distintas algunas veces a las que, a nosotros, socialistas de corazón, nos gustarían más.

Este acuerdo en abril hubiera sido un buen acuerdo por varias razones. Primero, porque el PP estaba furibundamente encabritado contra nosotros cerrándonos su puerta, con lo que la responsabilidad de un desencuentro no era nuestra. Lo mismo digo de Ciudadanos, que ha cometido el error político más grave de la democracia. Segundo, porque al no haber rechazo por nuestra parte al acuerdo con Unidas Podemos tampoco se hubiera producido un desgaste del liderazgo de nuestro presidente, forzado ahora a decir lo contrario de lo que decía hace diez días. Y tercero, porque entonces Unidas Podemos era más débil, nosotros más fuertes, había que llamar a menos puertas, y Vox resultaba menos amenazador.

Sin embargo, este acuerdo, hoy día, es un mal pacto. Ya tenemos al PNV, un socio imprescindible con el que “contamos seguro” diciendo que hay que negociar con ellos sin luz ni taquígrafos “tomando ejemplo” de las “discretas” negociaciones que han llevado a un acuerdo de gobierno en veinticuatro horas. Lo cual significa en realidad que quieren colar “de tapadillo” una serie medidas que saben que la ciudadanía y los otros partidos políticos nunca aceptarían, y que, de hacerse públicas, tendrían un coste que el Psoe no podría asumir. Esto de principio. Pero es que la abstención de Ezquerra Republica puede tener un precio más inaceptable todavía. Y por qué pensamos que el precio de los canarios, los cántabros, los turolenses o los gallegos va a ser barato… de eso nada. Tontos serían, si, sabiéndose imprescindibles, no pusieran un precio de oro a la investidura, a los presupuestos anuales, y a las leyes orgánicas que quiera aprobar el gobierno. Adiós a los pactos de Estado por la educación, por el empleo, por el medio ambiente, etc.

¿Qué es lo que debía de haberse hecho ahora? Llegar a un acuerdo con el PP para su abstención en segunda vuelta. Esto hubiera permitido un gobierno en solitario del Psoe con la posibilidad de sacar adelante muchas leyes por decreto, algún que otro pacto de Estado, moderado, pero pacto al fin y al cabo, y muchas leyes de carácter social con Unidas Podemos y otros grupos parlamentarios, ahora sí, a un menor precio para España.

Resulta inaceptable que a la militancia del Psoe, que es sin duda lo mejor que tiene este partido, se le plantee un “trágala” infame obligándole a elegir entre pactar con Unidas Podemos o Pactar con Unidas Podemos. Se pueden ahorrar la consulta, pues ya les digo yo que la van a ganar. Sí, Pedro Sánchez gana, pero España pierde.

Yo no soy antipodemita, soy antigilipolleces, y todo esto ha sido una gilipollez que le ha costado caro a los españoles y españolas. Pero lo peor no es lo que ha costado, sino lo que puede costar: un enconamiento de las posturas reaccionarias que lleve a un enfrentamiento político (no quiero pensar que civil…) de tal calibre, que cuando la caverna gobierne de nuevo, que gobernará, lo haga de una manera tan brutal que retrocedamos cuarenta años. Y todo por no haber sabido ser moderados y aceptar sacrificios. Y todo por no querer ir un poco más despacio. Y todo por escuchar a quien no se debía, que además cobra sus consejos a muy buen precio.

Querido Pedro, estimado presidente. Siempre te he apoyado. Te he financiado incluso. Pero en esto no puedo estar contigo.

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