viernes, 24septiembre, 2021
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Alt Right, el futuro (negro) ya está aquí

Eduardo Luis Junquera Cubiles
Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es
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análisis

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Hablaba Pasolini de los “fragmentos de lucha de clases”  y asistimos ahora a fenómenos similares y desconcertantes en cuanto a los nuevos grupos nazis y fascistas que aparecen o desaparecen, pero a los que prestamos muy poca atención. El nacimiento de estas formaciones tiene que ver con la desigualdad y la precariedad, pero el ser humano no aprende de la historia, eso sin contar con que dar respuesta a estos problemas supone mover muchas cosas que implican desalojar del poder a quienes de verdad lo detentan: los grandes bancos, los super fondos y las grandes multinacionales. Y en la historia humana rara vez algún país, entidad o colectivo ha perdido cotas de dominio de forma voluntaria. Los grandes cambios suelen implicar terremotos sociales que los muy entretenidos, pero menos informados ciudadanos de Europa Occidental y Estados Unidos, hoy por hoy no quieren abordar porque se han acostumbrado a una cierta comodidad que no desean perder, ni siquiera en virtud de mejoras que no terminan de vislumbrar en un mundo que ofrece demasiadas incertidumbres. Las luchas son más susceptibles de llevarse a cabo cuando los objetivos están a la vista y parecen posibles. El panorama es sombrío porque el futuro es difuso y la sociedad no está unida, al contrario: las luchas actuales son luchas fragmentadas porque casi nadie pelea por derechos de colectivos diferentes al suyo, y así es muy difícil hacer frente a enemigos tan fuertes y unidos como los que dirigen nuestras sociedades.  

Cuando los fundadores de Reddit vieron horrorizados las imágenes del acto convocado por Alt Right el 12 de agosto de 2017 en Charlottesville (Virginia) para oponerse a la retirada de la estatua del general Lee, comprendieron que la broma había llegado demasiado lejos y decidieron censurar a los usuarios nazis que operaban en su red social al entender que la libertad de expresión no podía amparar su discurso de odio. Esa tarde, manifestantes con antorchas portaron esvásticas y banderas confederadas en las calles y en el mismo campus universitario en el que habían estudiado los desarrolladores de este sitio web. Reaccionaron tarde, pero lo hicieron porque entendieron que debían asumir responsabilidades. Al final del acto, supremacistas blancos asesinaron a Heather Heyer, una manifestante, atropellándola. Heyer era asistente social y no formaba parte de ninguna organización, aunque personas que trabajaron con ella en el bufete Miller Law Group la definen como alguien con “fuerte sentido de la justicia social” que ayudaba a los demás a pagar sus deudas médicas y a no ser desahuciados de sus casas. En el ataque también resultaron heridas 19 personas. Alt Right es un movimiento para el que el término fascista se queda en algo anacrónico porque no responde a realidades sociales como la de la Alemania de entreguerras, puesto que ningún país tiene esas circunstancias idénticas, aunque sí muy similares en cuanto a descontento social, que es el caldo de cultivo y crecimiento de estas ideas y grupos.

Alt Right es mayoritariamente joven, ha copiado las estructuras de la izquierda asamblearia de ausencia de liderazgos -aunque en la creación de estos grupos siempre encontremos líderes que destacan- y descentralización de poder y está formada por dos facciones: Radix, extremadamente racista, y Breitbart, focalizada en cuestiones de guerra cultural como el antifeminismo, la homofobia, el machismo, la lucha contra el Islam y el combate de todo lo políticamente correcto con el objetivo de normalizar la barbarie. No sé si esto es necesario porque los niveles de tolerancia a la maldad y a todo lo brutal e inhumano ya fueron sembrados por el movimiento neoliberal por medio de la sacralización del individualismo cuando Trump, Bannon o Bolsonaro estaban aún en pañales.

Alguna de las características de Alt Right como la lucha contra el Islam y el racismo, a las que hay que sumar un cierto tradicionalismo cristiano, ya estaban presentes en la extrema derecha estadounidense representada en el ala más radical del Partido Republicano, que en origen y en su espíritu nada tenía que ver con el actual. El Partido Republicano fue fundado en 1854 en Wisconsin por activistas contrarios a la esclavitud que provenían del desaparecido Whig Party. Horace Greeley, uno de los fundadores del partido definió a la nueva formación, en 1854, en páginas del diario New York Tribune como aquellos “unidos para restaurar a la Unión a su verdadera misión de promulgadora de la libertad en vez de propagandista de la esclavitud”. Poco después, en 1861, llegó Abraham Lincoln, figura absolutamente fundamental del republicanismo, que preservó la unión del país en medio de la Guerra Civil Norteamericana y abanderó el movimiento antiesclavista hasta abolir la esclavitud mediante la Decimotercera Enmienda a la Constitución. Los republicanos aprobaron también la Decimocuarta Enmienda, que consagró la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos y que encontró en los demócratas una feroz oposición. El primer gobernador negro, Pinckney Benton Stewart Pinchback, gobernador de Luisiana entre el 9 de diciembre de 1872 y el 13 de enero de 1873, era republicano; la primera mujer en el congreso, Jeanette Rankin, en 1917, pertenecía a los republicanos; y la defensa de la extensión de la ciudadanía a los indios, en 1924, partió también del Partido Republicano.

Pero en los años veinte del pasado siglo los republicanos comenzaron a defender un enfoque de la economía muy cercano a lo que hoy entendemos como neoliberalismo, como una forma de oposición al poder federal ejercido por Woodrow Wilson y posteriormente durante el larguísimo mandato de Roosevelt y su defensa de un Estado benefactor capaz de garantizar un bienestar social que impidiera en el país el crecimiento de la semilla del fascismo, que ya estaba dando sus flores del mal en Europa. En realidad, la decadencia del Partido Republicano se había producido porque los estadounidenses le dieron la espalda en la creencia de que sus fórmulas económicas habían causado la Gran Depresión de 1929. Este rechazo exacerbó en la formación la oposición a cualquier medida que fortaleciera al Gobierno federal y marcó el inicio de sus políticas de reducción del tamaño del Estado y desregulación de la economía que, en la complejísima política estadounidense fue, paradójicamente, culminada por un demócrata, Bill Clinton, al derogar, en 1999, la Ley Glass-Steagall (esta ley regulaba la especulación y separaba la banca de inversión de la tradicional).

Los dos mandatos de Eisenhower, muy bien valorados por la población, y la fortísima impronta de Nixon, pese al Watergate, no fueron capaces de borrar de la memoria colectiva estadounidense el prestigio de los demócratas, perfectamente representado por dos figuras gigantescas como Roosevelt y Kennedy. Pero a partir de los dos períodos presidenciales de Reagan, entre 1981 y 1988, nace un nuevo movimiento ultraconservador en el país que incluye una exaltación de la libertad individual y de la seguridad ciudadana, una enfermiza oposición al comunismo y a la URSS, con todo lo que supuso de apoyo a dictaduras ultraderechistas a lo largo y ancho del mundo, un nuevo liberalismo económico que promueve las privatizaciones, la desregulación casi total de la economía, los recortes sociales, la disminución del poder de los sindicatos y, en lo que se refiere a la política interior, un endurecimiento de la lucha contra el crimen organizado y contra el narcotráfico, además de un resurgimiento del puritanismo y de los valores morales tradicionales y religiosos que combatían el divorcio y el aborto. Reagan consolidó el voto republicano, tradicionalmente más dividido y pasivo que el demócrata, y llevó al partido a los mejores resultados de su historia. ¿Cómo, entonces, aparece un movimiento como Alt Right a la derecha del republicanismo de Reagan que parecía colmar todas las aspiraciones ideológicas de los extremistas conservadores?

En 2010, Richard B. Spencer, presidente del laboratorio de pensamiento National Policy Institute y de la editorial Washington Summit Publishers (ambas instituciones de carácter extremadamente racista) lanza la revista The Alternative Right, cuyo nombre abreviado define al conjunto de confluencias supremacistas que conforman Alt Right. Este tipo de movimientos, al menos en sus inicios, se suele desmarcar de todo institucionalismo y desarrollarse al margen de él, pero no solo porque así captarán más adeptos, sino porque todo lo que está dentro del sistema, a su vez, tiene dificultades para adoptar el lenguaje y la simbología de grupos tan radicales, de manera que hasta el propio Trump repudió públicamente a Alt Right en noviembre de 2016, poco después de su victoria electoral, no sabemos si porque consideraba que el movimiento podía constituirse en algo alternativo a su poder o por miedo a la dispersión de las fuerzas radicales, de las que ya era su máximo representante. Una cosa es la oposición al aborto o al divorcio, dos rasgos distintivos de la derecha tradicional estadounidense, y otra muy distinta negar el Holocausto, promover el antisemitismo y ensalzar figuras como las de Adolf Hitler. Cuando hablamos de Alt Right hablamos de nazismo en estado puro, no de ultraderecha u otros extremismos.

Inocular el miedo en la sociedad ha sido algo muy efectivo a lo largo de la historia con el fin de enfrentar países y colectivos, mucho más en una sociedad como la estadounidense, en la que no es extraño que grandes grupos de población vivan obsesionados con ideas descabelladas como invasiones extraterrestres o cataclismos globales de carácter religioso relacionados con un supuesto fin del mundo. Por ello, figuras como Spencer defienden a través de una extensa red de medios en internet la creación en Estados Unidos de “un etno-Estado en el que nuestra gente y nuestras familias puedan volver a vivir seguras”, se define como “identitario blanco” y percibe como amenazas identidades emergentes como la negra, la latina, la feminista o la LGTB. Naturalmente, y como también suele hacer la ultraderecha europea, el análisis de Spencer es simplista y miope, y no entra en las causas de la inseguridad ciudadana en Estados Unidos, como pueden ser la venta libre de armas o las enormes bolsas de pobreza generadas por siglos de racismo y por cinco décadas de políticas neoliberales que han exacerbado las diferencias sociales, la pobreza y la desigualdad económica.

En el mundo actual, nada que aspire a ser dominante puede autoexcluirse de internet, de manera que los líderes de Alt Right jugaron gran parte de sus guerras culturales en defensa de la “cultura occidental” y la “identidad blanca” a través de las redes, donde comparten teorías, mensajes de odio, memes e incluso actitudes de acoso extremadamente violento hacia muchos activistas de los derechos humanos y sociales. Los memes ingeniosos pueden servir como un fantástico vehículo de ideas mucho más atractivo y eficiente a la hora de trasmitir un mensaje que cualquier libro o ensayo que ahonde de forma seria y rigurosa en los problemas humanos, sociales o económicos, y con esas ideas reduccionistas también se consiguen adeptos y fanáticos. Por supuesto, las estrategias más usadas por Alt Right en redes son similares a las usadas por el régimen nazi de estigmatizar y culpabilizar de todos los males sociales a un determinado colectivo, como si el enfrentamiento entre todos nosotros nos fuera a llevar a una tierra prometida.

La aparición de Alt Right coincidió en el tiempo con otros fenómenos de contestación social como Ocupa Wall Street en Estados Unidos, el 15-M en España y las primaveras árabes del Magreb y de Oriente Medio, con la diferencia sustancial de que en todos estos eventos la gente se reunía en lugares públicos que se convertían en foros de encuentro y de debate en los que se elaboraban respuestas a los problemas socioeconómicos, mientras que muchos miembros de Alt Right comenzaron a desenvolverse en las redes virtuales a través de avatares, motes y nombres falsos, canalizando las frustraciones, el descontento y la rabia de los millones de desempleados blancos que dejó la terrible crisis financiera de 2007. Este anonimato ha servido a los líderes del movimiento para romantizar su “lucha”, que en realidad es una preconización continua del odio y la violencia, porque nos decían que esa ocultación de identidad se debía a una persecución ideológica por parte de las autoridades y no a una forma de evadir responsabilidades penales debidas a esas prácticas criminales. El anonimato en redes, en cualquier caso, puede promover las actitudes agresivas que defienden discursos de odio y se convierte en una circunstancia que evita también la reprobación social que sí se produciría si las mismas ideas execrables fueran defendidas ante nuestros vecinos o amigos. Mediante los perfiles falsos es posible defender ideas abyectas que encuentran seguidores y, a la vez, se evita un eventual ataque contra la persona real. 

Citábamos antes las dos facciones de Alt Right, Radix y Breitbar, porque dentro del propio movimiento existe conciencia de esta diferenciación. Algunos, como el Propio Richard B. Spencer se definen como integrantes de Alt Right, mientras que los periodistas y editores de Breitbar News, una página web de noticias con contenidos ideológicos ultraderechistas, misóginos y racistas muy marcados son considerados por los miembros de Radix como una facción suave del movimiento a la que desprecian de forma abierta. Breitbar News había sido fundada en 2007 por Andrew Breitbart con el fin de promocionar el sionismo en los Estados Unidos y defender las posiciones más duras del Estado de Israel, pero murió cinco años después de fundar este sitio web y Steve Bannon, uno de los principales ideólogos de la ultraderecha mundial, con conexiones en todo el planeta, acusado de estafar a miles de personas que habían donado dinero para construir el célebre muro con Méjico y asesor principal para que Trump llegara a la Casa Blanca se hizo cargo de la publicación estableciendo un giro de su línea editorial desde el sionismo al supremacismo blanco.

La facción Breitbart, liderada por Bannon y por Milo Yiannopoulos, un bloguero y “youtuber” británico que dio el salto a Estados Unidos a través de campañas en la red en las que se promovía el odio hacia las mujeres y que renunció como editor de Breitbar News tras difundirse sus declaraciones a favor de la pedofilia, hace hincapié en la defensa de la “cultura occidental” y “cristiana”, mientras que la facción Radix, como ya hemos comentado, mantiene una obsesión enfermiza con la raza. Milo Yiannopoulos se ha especializado en la creación de contenidos de odio hacia las mujeres, los homosexuales -pese a ser homosexual – , la izquierda en general, los judíos, la prensa progresista y los grupos raciales no blancos, y se considera a sí mismo “un guerrero por la libertad de expresión”. Que una persona de esta catadura moral sea definida como un “blando” por los miembros de la facción Radix nos da una idea de lo que es Alt Right como movimiento ultra radical de carácter nazi y de lo que en privado pueden defender sus integrantes más puristas, especialmente los pertenecientes a Radix. Breitbar cuenta con figuras más mediáticas que Radix, cuyos líderes son más intelectuales, y esta variedad de registros otorga a Alt Right un alcance extraordinario porque le permite llegar, por medio de diferentes discursos, a enormes sectores de la población estadounidense.

La principal aspiración de los grupos radicales es pasar de lo ideológico a lo práctico, es decir, a la normalización de la barbarie, y para ello es fundamental normalizar antes su discurso para que todo lo que era execrable pase a ser admisible ante la sociedad e incluso posteriormente deseable. Por eso, podemos considerar la victoria electoral de Trump, en 2016, como el momento en el que todo lo que estaba en un rincón de internet sale, mediante el formidable altavoz de un candidato republicano a la Casa Blanca, de ese oscuro anonimato a una cierta normalización, no solo por la repetición del discurso, sino por la importancia de quien pronuncia esas palabras. Es entonces cuando por primera vez en la historia un aspirante a la presidencia de Estados Unidos enarbola un discurso racista, machista y homófobo que no solo no le sitúa en la marginalidad política, sino que le permite llegar a la Casa Blanca. Los nazis ya ensayaron esto en Alemania, en 1934, con el asesinato de varios opositores y líderes políticos (Operación Colibrí) y, en 1938, con el ataque a ciudadanos judíos, sus propiedades y sinagogas (kristallnacht). En ambos casos, fuera de la manipulación informativa con la que estos actos fueron presentados ante la sociedad alemana, el objetivo de los jerarcas nazis era comprobar el grado de tolerancia de la población hacia la violencia y el asesinato de las personas estigmatizadas por el régimen nazi desde su llegada al poder, en 1933. La indiferencia hacia el sufrimiento de los judíos, los comunistas, los homosexuales y los disminuidos físicos o psíquicos en el resto de los alemanes es lo que provocó un aumento descarnado de los ataques hacia ellos, aunque su exterminio en los campos de concentración hubiera sido diseñado mucho antes.

Hay un límite en el crecimiento electoral de los grupos neonazis o abiertamente nazis que operan en Europa y Estados Unidos, y esa frontera está, en muchos casos, marcada por la estética. Muy pocas personas en la sociedad, incluso las que adolecen de las ideas más extremas, quieren verse representadas en un parlamento por políticos con la cabeza rapada, tatuados con esvásticas, vestidos con ropas ajustadas y botas militares y con aspecto de matones. Por eso, los líderes actuales de los muchos grupos nazis que existen en el mundo, y los de Alt Right no podían ser menos, han entendido la importancia de presentar el discurso de manera más persuasiva, sofisticada e inteligente ante la sociedad con el fin de sacarlo de lo marginal y hacerlo crecer de forma exponencial. Del mismo modo, cuando representantes políticos que promueven el odio de manera rotunda se ven atacados en sus argumentos se parapetan tras ideas que todos aceptamos como propias como la libertad de expresión, encontrando en el victimismo refugio ante sus fieles. Internet y sus redes sociales, que en mayor o menor medida utilizamos todos, nos obliga a reformular conceptos como la libertad de expresión o, más bien, cómo ha de ser el equilibrio entre esa libertad, los diferentes discursos políticos, el derecho a la privacidad y el derecho a la seguridad. Y ese equilibrio va a generar una tensión sobre la cual antes o después habremos de debatir.

Decíamos que la revista Radix Journal es la principal referencia intelectual de Alt Right. En su propia web, en el apartado “acerca de nosotros” podemos leer: “Fundada en 2012 por Richard B. Spencer, RADIX JOURNAL publica escritos originales sobre cultura, humanidad, geopolítica, metapolítica y teoría crítica. RADIX produce libros originales, colecciones de ensayos y contenido en línea”.

Desde este medio, dirigido por Richard B. Spencer que, como antes comentábamos, también dirige el laboratorio de pensamiento National Policy Institute y la editorial Washington Summit Publishers, se hace una continua renovación de los conceptos ideológicos extremos con el fin de que el discurso del odio y las teorías racistas se conviertan en norma y formen parte del discurso intelectual y político aceptado por la sociedad. Aunque existe una discusión entre Spencer y Paul Gottfried, un historiador ultraconservador estadounidense, acerca de la creación del término “Alt Right”, parece que la idea parte de Spencer, más concretamente del período en el que escribía en Taki´s Magazine, con el artículo “The conservative write”, una crítica hacia la vanguardia intelectual neoyorquina y la ultraderecha presente en el Partido Republicano. Para Spencer, la propia dinámica de la historia exige adoptar ya posiciones más duras y claras. Los miembros de Radix afirman que entre las razas existen diferencias culturales y de inteligencia de carácter insalvable que imposibilitan una convivencia entre ellas, de manera que se hace urgente crear “etno-Estados”, países racialmente homogéneos en los que no existirían conflictos culturales. Con el fin de otorgar a sus descabelladas ideas un barniz intelectual y científico, se apoyan en informes psicológicos y neurológicos de psicólogos como Richard J. Herrnstein o Richard Lynn,  cuyos “estudios” comparados acerca de las diferencias intelectuales entre las razas han sido ampliamente refutados por la ciencia porque en ellos se utilizan conceptos de inteligencia sesgados para realizar diagnósticos que ponen el acento en las diferencias raciales como forma de explicar las distintas puntuaciones de los alumnos evaluados y no en las enormes diferencias socioeconómicas que existen entre ellos.

Al lado de estas teorías erróneas encontramos ideas reduccionistas como las que dicen que ni siquiera es posible una convivencia pacífica entre las distintas razas porque las diferencias socioculturales que existen entre ellas no se pueden superar, una manera de decir que los africanos, los asiáticos y todos los americanos al sur de Texas no tienen la capacidad ni la intención de vivir en sistemas democráticos. Según Spencer y el resto de los ideólogos que integran Radix, minorías gigantescas como los negros no desean ni pueden formar parte de la América eterna, un país al que conciben como un ente cultural estático y racialmente homogéneo (blanco, por supuesto), en contraposición a la realidad cambiante que presentan todas las sociedades a lo largo de la historia. Para los miembros de Radix, esta incapacidad, y no el hecho de que existan diferencias socioeconómicas de partida descomunales entre unos grupos étnicos y otros, es la base de los conflictos raciales y sociales. Spencer utiliza también la perniciosa idea de que los gobiernos subvencionan a las minorías con el fin de compensarlas por todos los daños causados por la opresión y las circunstancias dolorosas que han padecido, y eso causa en ellas debilidad y dependencia hacia el Estado, motivo por el cual reivindica de nuevo la construcción de un “etno-Estado”.

El victimismo es un recurso al que siempre recurren los demagogos, principalmente cuando no obtienen sus fines o cuando no se encuentran en posición de superioridad, de manera que la ampliación de derechos a colectivos minoritarios es contemplada y, más aún, presentada por miembros y adeptos de estos grupos nazis como obligaciones que se extienden al resto de la sociedad. Así, para ellos el feminismo no consiste en la igualdad de derechos plena entre hombres y mujeres y en la erradicación de las actitudes machistas mediante la educación, sino en la superioridad de la mujer frente al hombre; la conquista de derechos del colectivo LGTB no responde a una cuestión de respeto por los derechos humanos, sino a la intención de sus miembros de convertir a la homosexualidad al resto de la sociedad con el fin de degenerarla; y las políticas destinadas a combatir el odio y el racismo no se deben a un avance humanista del planeta en su conjunto, sino al deseo de un oscuro grupo de comunistas de acabar con la raza blanca mediante un mestizaje obligatorio y una segregación hacia los blancos. La manipulación ha terminado por convertir el progreso en amenaza, y cuando existe amenaza existe también estado de alerta permanente, que es el estado psicológico en el que viven la mayor parte de los fanáticos que integran estos grupos. Lo cierto es que hay toda una serie de medios que apelan a la libertad de expresión, amparada por la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, y que desde hace más de una década promueven de forma abierta discursos de odio contra todo lo que no sea blanco, heterosexual y cristiano. Pero esto no debe hacernos perder de vista que el sustrato que hace que este discurso triunfe y encuentre acogida entre millones de estadounidenses es la desigualdad económica y el descontento social provocado por la ausencia de oportunidades que la economía ofrece en comparación a las que abundaban desde 1942, cuando empiezan a hacer su efecto las medidas del New Deal de Roosevelt, hasta 2007, momento en que comienza la crisis financiera.

Otro de los medios que se integra en la esfera de Alt Right es el sitio web de noticias y mensajes de odio The Daily Stormer, que cuenta con una edición en castellano dedicada a lectores de España y América Latina. Este portal fue fundado en 2013 por Andrew Anglin, que había creado también sitios web similares como Total Fascism que, según el propio Anglin, no consiguió captar demasiado público porque publicaba “ensayos demasiado largos que la gente no lee y que tienen una audiencia limitada”.  Desde The Daily Stormer se practica no solo la difusión de explícitos mensajes racistas y de odio hacia las mujeres, los judíos, los negros, los latinos y todos los no blancos, sino el acoso en redes a través de los propios lectores del sitio web, como el que recibió una mujer judía, Tanya Gersh, y su familia, que recibieron mensajes después de la publicación de su dirección e información de contacto en Whitefish (Montana), junto a fotografías de ella con su hijo, que entonces tenía 12 años, retocadas con Photoshop con imágenes del campo de concentración nazi de Auschwitz, afirmando que Gersh y otros judíos de Montana habían participado en un negocio de extorsión contra la madre de Richard B. Spencer, el ideólogo de Radix. Desde el portal se afirmaba que todos los comentarios de odio contra Gersh estarían protegidos por la libertad de expresión. Tanya Gersh recibió correos electrónicos, mensajes de texto y de voz amenazadores con múltiples referencias a los métodos de exterminio de los campos nazis. Todo sucedió cuatro semanas antes de la toma de posesión de Trump. Por estos hechos, Andrew Anglin fue condenado, en agosto de 2019, a pagar 14 millones de dólares como indemnización a Tanya Gersh. Desde la sentencia, Anglin está en paradero desconocido. Anglin también orquestó desde The Daily Stormer la brutal campaña de acoso contra Taylor Dumpson, la joven y brillante estudiante que, en mayo de 2017, se convirtió en la primera mujer negra en presidir el gobierno estudiantil de la universidad American University de Washington y también fue condenado, en este caso por el Tribunal de Columbia, a pagar 725.000 dólares a la joven. El acoso contra Dumpson siguió el mismo patrón de revelación de información personal que había sufrido Tanya Gersh.  

El nombre del portal de Andrew Anglin se inspira en Der Stürmer, un diario de propaganda de la Alemania nazi. The Daily Stormer incluye secciones como “Guerra de razas” y “El problema de los judíos”, es negacionista del Holocausto y sus editores hablan abiertamente de que su misión es “propagar el nacionalsocialismo y el culto a Hitler” . Cuando la asistente social, Heather Heyer, murió atropellada en el acto de Charlottesville (Virginia), el 12 de agosto de 2017, Anglin se refirió a ella en términos humillantes definiéndola como “una puta gorda y sin hijos de 32 años”. Fue entonces cuando Google y GoDaddy, la empresa de dominios y alojamientos web en internet, dieron la espalda a The Daily Stormer. Tras los sucesos de Charlottesville varias marcas denunciaron el racismo y la violencia de manera inequívoca, fue el caso de Facebook, Apple, AirBnB, PayPal o GoFundMe, que declararon su intención de luchar contra todos los discursos de odio. Durante un breve espacio de tiempo, en agosto de 2017, The Daily Stormer se alojó en el mayor servidor de dominios de Rusia, RU-CENTER, que a los pocos días también suspendió su registro y desde Cloudflare, una empresa que presta servicios de seguridad en red se dijo que no se protegería a esta web nazi de ciberataques. Los seguidores de Alt Right responden a un perfil incomparablemente más radical que el de los estadounidenses que se informan a través de Fox News, que pueden ser ciudadanos conservadores o ultraconservadores, pero no unos nazis insociables, misóginos, violentos, marginales y con trastornos individuales severos como muchos de los que conforman el vasto universo de Alt Right.   

Al Right surge, pues, en el primer mandato de Obama. En sus comienzos no se trataba de un movimiento tan radical y sus reivindicaciones iniciales, pese a todo, eran justas porque no se dirigían en modo alguno al hecho de que en la presidencia hubiera un hombre negro, sino a la terrible crisis económica del país que afectaba también a grandes sectores de la población blanca y joven, principalmente a quienes no tenían estudios y que, antes del comienzo de la crisis financiera de 2007, no tenían grandes problemas para encontrar trabajo. Las frustraciones se comparten ahora a través de internet y así es como millones de “ninis” estadounidenses comenzaron a construir este movimiento de manera involuntaria exponiendo sus experiencias a través de foros como 4chan, 8chan o el propio Reddit. Los países no solo se vertebran a través de los mitos, los cánticos y danzas regionales, los himnos nacionales o por medio de símbolos como la bandera, sino a través de experiencias comunes que pueden muy bien ser extremadamente negativas y dolorosas. Millones de jóvenes frustrados encontraron en estos foros una forma de compartir su dolor, sus inquietudes y su angustia. Y a través de esas páginas los líderes de Alt Right, como antes comentábamos, han sabido canalizar el descontento social hasta convertirlo en odio extremo hacia los diferentes colectivos a los que culpan de todos los males.  

No importa que una red social elimine los vídeos o “podcast” de los grupos nazis porque casi al instante se crea un sitio web que se convierte en un nuevo refugio para los extremistas que se han visto desplazados desde otra página electrónica. E incluso algunas plataformas permiten a sus usuarios aceptar donaciones en criptomonedas, otra ventaja para los extremistas a los que se ha prohibido utilizar servicios de pago como PayPal o de recaudación de fondos como GoFundMe, y también para quienes deseen recibir dinero internacionalmente. Es el caso de la plataforma de transmisión en vivo DLive, fundada en 2017 en Estados Unidos y comprada en 2019 por BitTorrent, que a través de blockchain -la complejísima tecnología de creación y mantenimiento de las criptomonedas- permite el pago en monedas virtuales. De estas tecnologías se están aprovechando personas como Andrew Anglin, el fundador de The Daily Stormer, que han sido expulsados de todos los foros de internet.  

Hay dos cuestiones curiosas: en primer lugar, el fenómeno se amplificó porque estos jóvenes asistían al discurso políticamente correcto que hace hincapié en la defensa de los derechos de las minorías raciales -que en Estados Unidos son todo menos minorías-, los de las mujeres o los del colectivo LGTB, y percibían que sus reclamaciones como grupo no eran atendidas e incluso ni siquiera mencionadas por el poder político. Ninguna de las páginas citadas, como pueden ser Reddit, 4chan y 8chan era ultraderechista y ni siquiera tenían un carácter político, pero en ellas se congregaron millones de descontentos frustrados por la falta de expectativas económicas que se sintieron desplazados porque interpretaban que para sus congresistas y senadores era más prioritario proteger a estos grupos que dar respuesta a sus problemas. Las sociedades occidentales, pese al esfuerzo pedagógico de las autoridades, continúan siendo machistas, homófobas y racistas y gran parte de la población aprueba las políticas de protección hacia las minorías por corrección política, no por convicciones éticas propias y arraigadas, por eso los grupos nazis crecen en la oscuridad. En segundo lugar, en 2009 el movimiento del Tea Party había surgido ya, pero muchos de los jóvenes que posteriormente fueron a parar a Alt Right y engrosaron las filas de los votantes de Trump no se sintieron representados por figuras intelectualmente paupérrimas como la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, y necesitaban de foros en los que el debate era descarnado en cuanto a promoción del racismo, el machismo, la homofobia y el cuestionamiento del multiculturalismo, pero, en cualquier caso, era más rico y estructurado y parecía ofrecerles más respuestas que el que procedía del Tea Party. En realidad, el Tea Party no apoyó a Trump en sus inicios, en 2016 , aunque sí después. De hecho, Ted Cruz, el ultraconservador senador por Texas y uno de los representantes políticos de este movimiento reprochó a Trump durante uno de los debates de las primarias republicanas sus “valores neoyorquinos” liberales, en oposición al conservadurismo extremo que él o Sarah Palin representaban.

Los discursos y las políticas de apoyo a las minorías raciales, a las mujeres y al colectivo LGTB son necesarios porque se trata de grupos sociales enormes que a lo largo de la historia han sido total o parcialmente marginados o han visto sus derechos mermados o agredidos en comparación a los grupos dominantes. No hay contradicción alguna entre la creación de derechos jurídicos para estos grupos y la búsqueda de un bienestar social para el conjunto de la sociedad. Pero, paradójicamente, las minorías blancas, que no se veían golpeadas por una crisis económica tan severa desde la hecatombe de 1929, se sintieron ninguneadas en sus legítimas reivindicaciones de trabajo y mejores salarios o, en su ausencia, de políticas sociales destinadas a evitar y erradicar las bolsas de pobreza y marginalidad que inevitablemente están ligadas a la incultura y la ignorancia.

Llegados a este punto, podremos pensar: “Sí, es cierto, estas personas existen, pero, aunque sean muchas su carácter es claramente marginal y no tienen posibilidades de salir del rincón de la historia y de sus agujeros en internet”.  Tal vez el mejor ejemplo que desmiente esta idea es lo que sucedió el 28 de enero de 2017, casi un mes después de la llegada de Trump a la Casa Blanca, cuando el propio Steve Bannon, recordemos, consejero presidencial para asuntos estratégicos y uno de los ideólogos mundiales de la ultraderecha y también de Alt Right a través de la facción Breitbar fue nombrado, mediante una orden ejecutiva del presidente, miembro nato del Consejo de Seguridad Nacional, la institución que en Estados Unidos funciona como consejo de ministros para la gestión de crisis y de la política exterior y de seguridad nacional. Este nombramiento fue simultáneo a la decisión de apartar parcialmente de las reuniones de este órgano a Dan Coast, director de la comunidad de inteligencia nacional, el órgano que agrupa a todas las agencias de inteligencia americanas (entre ellas la CIA, la DIA, el FBI, la NGA, la ONI o la NSA). La misma decisión se tomó con Joseph Dunford, el jefe del Estado Mayor Conjunto, que es el órgano de dirección del ejército y máxima instancia del Pentágono, que fue apartado de las decisiones del Consejo de Seguridad Nacional, puesto que en un primer momento se señaló que ambos asistirían únicamente “cuando se debatan temas relacionados con sus responsabilidades y su experiencia”. Aunque Bannon fue destituido el 5 de abril de 2017, menos de tres meses después de su nombramiento, las órdenes ejecutivas del primer mes de mandato de Trump llevaban su sello, de manera que podemos decir a ciencia cierta que el supremacismo blanco no estaba tan presente en la política presidencial desde que, en 1913, Woodrow Wilson realizó un drástico recorte de trabajadores negros federales cuando asumió su presidencia. Wilson tuvo un papel decisivo como impulsor de la Sociedad de Naciones y obtuvo, en 1919, el Premio Nobel de la Paz, pero fue proverbial su racismo institucional, especialmente contra los negros, a los que no solo expulsó de las instituciones federales civiles, sino de las fuerzas armadas.

Fijaos en estas palabras del propio Steve Bannon, pronunciadas en marzo de 2018 durante el acto de apertura en Lille (norte de Francia) del XVI Congreso del ultraderechista Frente Nacional francés: «Lucháis por vuestro país y os llaman racistas. Pero los días en que eso era un insulto se han quedado atrás. Los medios del establishment son los perros guardianes del sistema. Cada día que pasa, nosotros somos más fuertes, y ellos más débiles. Dejadles que os llamen racistas, xenófobos o lo que quieran, y llevad esas palabras como una medalla».

Para un joven anónimo sumido en una profunda crisis personal, sin perspectivas económicas, sin relaciones sociales y familiares sólidas, ni logros personales destacables estas palabras que ensalzan el racismo no son solo una forma de legitimar esa forma de maldad, sino una manera de hacerle sentir importante. Y muchos jóvenes y adolescentes no habían experimentado nada igual en su vida porque se habían criado en hogares marginales de Estados Unidos. El hecho de compartir sus frustraciones y sus ideas extremistas les permitía sentir que formaban parte de algo, totalmente perverso, es cierto, pero en ese sentimiento del grupo, en esa pertenencia a la tribu encontraron un sentido de su propia importancia y de trascendencia. Existe, además, un cierto sentimiento mesiánico similar, creo, al de los dos jóvenes marginales detenidos en Tennessee en octubre de 2008, que planeaban matar a Barack Obama porque consideraban que, aunque iban a morir en el intento, asesinar al primer candidato negro de la historia era una suerte de “misión superior” que de algún modo justificaba una existencia por lo demás miserable como la suya. Con estas palabras, Bannon trataba también de convertirse en una víctima perseguida por unos medios de comunicación que, entre otras muchas funciones, tienen la obligación de hacer pedagogía y denunciar los excesos del poder político, cuánto más si el racismo y cualquier otra forma de odio son promovidas por un servidor público.

Otra cuestión nada desdeñable: muchos de los nuevos grupos nazis, y desde luego entre ellos se encuentran algunos de los que conforman Alt Right, pueden incluso despreciar parte de la estética y la simbología nazi, pero abrazan sin complejos el racismo, la lucha contra el Islam, el clasismo, el machismo, la homofobia y todas las ideas procedentes de todos los movimientos sociales y políticos despreciables que esta sociedad es capaz de generar. Desde este punto de vista, los nazis que hace unos días increparon a Pablo Iglesias en Coslada no son más que cuatro radicales inofensivos (aunque puedan ser peligrosos por practicar la violencia). Los verdaderamente temibles son quienes detentan alguna forma de poder y adolecen de estas ideas abyectas y anti humanistas y además son capaces de elaborar un discurso persuasivo que, en una sociedad occidental arrasada por problemas de desigualdad, precariedad y crecientes incertidumbres económicas causadas por la desregulación y la aplicación del neoliberalismo encuentra, sobre todo entre los más jóvenes, millones de seguidores. Hitler, Goebbels, Rosenberg o Heydrich y otras muchas figuras del nazismo fueron excepcionalmente peligrosos por su capacidad de elaborar y estructurar el mal desde el punto de vista intelectual (fenómeno previo a la normalización de la violencia), aunque también se sirvieron de la fuerza bruta de Ernst Röhm, el líder de los camisas pardas (S.A.), para alcanzar el poder. De momento, estos grupos no necesitan de la violencia porque están llegando a los gobiernos y parlamentos de forma democrática y porque la práctica de esa violencia, por fortuna, continúa siendo algo estigmatizado en nuestra sociedad, de ahí la insistencia en el discurso por deshumanizar y señalar a los colectivos con el fin de normalizar lo que ahora es excepción. El problema principal es que estamos en una sociedad que empieza a sufrir una preocupante tolerancia a la violencia, siempre que esta se practique contra personas que defiendan ideas o intereses diferentes a los nuestros.

Para millones de personas en todo el mundo, Estados Unidos y Europa representan no solo lugares de oportunidades económicas y laborales, sino de respeto por los derechos humanos y la libertad. Las personas que buscan refugio en nuestros países no solo huyen de la pobreza, también de persecuciones políticas, religiosas o ideológicas. Cuando los nazis dicen defender nuestro “modo de vida” con su rechazo a la inmigración y a los movimientos progresistas como el feminismo no están abanderando los conceptos que de verdad han hecho grandes a nuestros países y se consideran como valores occidentales: solidaridad hacia los más débiles, acogida hacia los perseguidos políticos, respeto por la libertad individual, igualdad, ilustración y desarrollo de los derechos humanos, sino las peores ideas que en el pasado nos sumieron en épocas oscuras de guerras, sufrimiento y segregación. Estos grupos no representan nuestras luces, sino nuestros peores fantasmas y odios y los escenarios atroces que hemos dejado atrás y a los que no queremos volver.

La derrota de Trump no es la derrota de Alt Right, un movimiento formado por millones de ciudadanos, en constante cambio y que, incluso en el caso de que desaparecieran sus soportes en redes sociales, adoptaría otra forma u otro nombre porque es el síntoma de una sociedad enferma de neoliberalismo, de odio, de exacerbación del individualismo y de ausencia de ética. Hasta el momento, muchos demonios han permanecido en la Caja de Pandora, pero en los próximos tiempos podemos asistir a su liberación definitiva.

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