Decía Don Manuel Azaña que España “era la Nación sentada al borde de los caminos de la Historia”. Gil de Biedma por su parte afirmaba que “de todas las historias tristes la más triste sin duda es la de España porque siempre termina mal”. Y sin duda si hoy tuviésemos que poner letra y música al panorama y al futuro de nuestro país nos tendríamos que expresar con los mismos parámetros, con las mismas palabras. No ha cambiado mucho.

Más allá de la coyuntura política, ciertamente lamentable, si nos fijamos en las estructuras que rigen nuestro país, el panorama es desolador. Un indicativo por ejemplo es ver como la inversión en ciencia, como la inversión en I+D+i se aleja cada vez más de Europa. La inversión de España, como ha comprobado Cotec, en Investigación, desarrollo e innovación se aleja cada día más del esfuerzo medio en estas materias de los países europeos. De hecho, la AIRef ha indicado en un reciente estudio como España es de los pocos países de la Unión Europea donde la inversión en Innovación y Desarrollo ha caído entre el 2009 y el 2016. Así, mientras en Alemania creció en esos años el dinero empleado en I+D un 24 %, en España descendió un 10,2 %. No es extraño pues que cada vez nos alejemos más de la media de la UE y de los objetivos del llamado Horizonte 2020; si España invierte en I+D+i un 1,2 % del PIB, la media europea se sitúa en un 2 % y la cifra crece en Alemania hasta un 2,9 % de su Producto Interior Bruto. ¿Qué futuro queremos tener así? ¿Nos debemos extrañar pues que la Industria tenga cada vez menos peso en nuestra economía y que destaquemos negativamente en el escaso número de patentes respecto a Europa y en las llamadas empresas innovadoras? ¿No es normal pues, con esas cifras, que el valor añadido bruto (VAB) de la industria española respecto al total de la economía haya caído hasta el 14 %, y que sea cerca de la mitad del porcentaje que existía en 1980, y que alcanzaba un 25,9 %? ¿O hasta el 12,6 % en relación al PIB y alejándose a marchas forzadas del 17,8 % que alcanzaba a principios de siglo, en el año 2.000? Un país sin industria, un país sin innovación y sin ciencia; ¿qué futuro nos espera?

Hace ya unas décadas, don Julio Anguita, uno de los mejores políticos que ha dado este país, dijo que España había entrado en una UE que había reservado para nuestro país el ser un país de servicios de escaso valor añadido, el ser “un país de camareros”. Y en eso estamos, con el aplauso de unas élites que han colaborado decisivamente en ese destino, y con unas perspectivas además donde el Turismo muestra signos crecientes de agotamiento en nuestra estructura económica y donde cualquier golpe puede ser fatal. Es la “traición de las élites” españolas, algo que ha mencionado Paul Preston y de lo que se ocupa en su próximo libro; un desajuste perpetuo y constante en la Historia española de los últimos siglos entre los esfuerzos de una población deseosa de progresar y unas élites que bloquean y frenan ese proceso. Corrupción endémica, un fraude fiscal que se centra fundamentalmente en las grandes fortunas y grandes empresas y que dobla la media de la UE, un bloqueo total del ascensor social y su sustitución por mecanismos de clientelismo y de endogamia, completan el panorama de un país como el nuestro con las élites más inútiles y corruptas de Occidente. ¿Nos deben pues parecer lejanas y ajenas las palabras de Azaña o de Gil de Biedma? ¿Tiene solución? ¿O nuestro país está condenado a estar siempre sentado al borde de los caminos de la Historia? ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos incluso hacer algo?

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