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Con la casa limpia, la ropa lavada, mi gato alucinado por verme todo el rato y sin ordenar los papeles porque eso ya sería demasiado apocalíptico, ha llegado el momento de añadir más tinta, a la ingente cantidad ya escrita, sobre el bichito qué le está dando un buen revolcón a nuestra forma de vivir.

Propongo una reflexión colectiva que mire hacia adelante, aprovechando un aislamiento que paradójicamente nos está uniendo más que nunca.

Y me planteo hacerlo, cambiando el sentido de lo ya leído sobre recesión, hecatombe, comportamientos incívicos y demás, que no niego, pero que me parece terreno abonado. Cambiarlo hacia unos derroteros, si me permitís más positivos, a riesgo de que me tilden de “buenista flower-power”, me gustaría intentar extractar parte del aprendizaje que nos puede regalar, la extraordinaria situación en la que nos encontramos.

Empezaré hablando bien del comportamiento de nuestros representantes políticos. Creo sinceramente que lo están haciendo lo mejor que pueden. Otra cosa, es si son los mejores posibles con nuestro sistema de elección, pero eso es otro cantar. Pienso que es reseñable que estén actuando por primera vez, casi desde el inicio de la actual democracia con unanimidad en la práctica, aún con algunas excepcionales salidas de pata de banco de los de siempre. Es decir, cuando el objeto de discusión es lo suficientemente importante, se pueden poner todos a una. Quizá algún día, cuando pase esta crisis, el bienestar de la mayoría social, o los problemas del modelo territorial, se puedan considerar también suficientemente importantes.

Aunque he de decir, que han tardado en explicar que más importante que no contagiarte -si no tenías patologías previas- era no contagiar a los demás para proteger el sistema sanitario. Que más importante que proteger tu salud era proteger la salud pública. Y que más importante que tu miedo individual era tu responsabilidad colectiva. Cuando lo han hecho, la cosa ha empezado a funcionar. Y es que hay dos cosas en la idiosincrasia española, de las que particularmente me siento muy orgullosa y que siempre funcionan, el humor y la solidaridad. Y que suponen, bajo mi punto de vista, nuestro comportamiento social más inteligente. Para muestra, la hora y media de cola para donar sangre en La Paz, los aplausos colectivos, los bingos y veo veo de balcón a balcón, los miles de memes o el twitter del @covid19.

Y aquí podemos extraer una primera lección primordial, que merece un artículo en sí misma; lo valiosa que es una información suficiente, clara y veraz, más aún en una emergencia.

Aseguraría que otro comportamiento de lo más saludable socialmente que habremos obtenido antes de salir de esta crisis, es nuestra valoración como sociedad del sistema sanitario público. Aquel, que no fue cuidado como merecía en la anterior crisis, aquel, que sin ir más lejos, aquí en la Comunidad de Madrid fue recortado, vilipendiado y salvado in extremis de la privatización total con la presión de la calle, subida en la ola de la marea blanca, hacia el dictamen de un juzgado.

Y en esa valoración, convertida en aplauso estos días, añado a todos los componentes del sistema sanitario y del resto de servicios públicos y a todos y todas aquellas que nos cuidan de diferentes formas. Por ejemplo el personal de recepción de llamadas, que se ha visto absolutamente desbordado y qué se está dejando la piel. O a las mujeres -porque lo son en su inmensa mayoría- de la limpieza, que están haciendo una labor de barrera fundamental limpiando y desinfectando hospitales, residencias, 112, parques de bomberos, policías y todos aquellos lugares donde se sigue trabajando presencialmente, y eso, sin refuerzos. Mujeres que se están “partiendo el lomo” por los salarios más bajos de toda la administración pública y privada. Mujeres que dan ejemplo, igual que las aparadoras, que sin derechos y por miserias nos cosen los zapatos y que hoy están cosiendo mascarillas voluntariamente. Personal de supermercados que están teniendo una sobreexposición imprescindible para que la vida continúe o las y los transportistas que garantizan el abastecimiento.

También ahora, que un cierre repentino de los colegios nos ha echado de repente la conciliación y los cuidados encima, y que además no se los hemos, o no debíamos, haber puesto a los hombros de las abuelas. Es un gran momento para valorar y exigir socialmente lo que el feminismo lleva tanto tiempo pidiendo, que no es otra cosa que llamar a la responsabilidad colectiva y al refuerzo de los servicios públicos que garanticen los cuidados, puesto que si los hombros de las mujeres dejan de sostenerlos gratuitamente, el sistema se cae. Del mismo modo ocurre con las comidas, las compras, la limpieza, la atención a nuestros mayores y dependientes y un largo etc.

Quizá sea un buen momento también, para resintonizar esa escala de valoración de los trabajos y comenzar a apreciar más, aquellos que producen, cuidan y sostienen la vida y poner en su justa medida aquellos que expolian sin sentido y especulan a su alrededor, muchas veces con necesidades creadas para llenar vacíos imposibles y los bolsillos de unos pocos.

Otro comportamiento de lo más saludable al que nos puede conducir esta situación es a distinguir quién es quién y quién hace qué, para no volver a caer en los mismos errores con los que “salimos” de la crisis anterior, con los ricos más ricos, los pobres más pobres y una nueva clase social con un nivel añadido de desigualdad, la clase de los excluidos.

Escuchemos ahora, como aquel silencio de Rivera, lo callados que están aquellos del “es el mercado amigo”, salvo para pedir precisamente que les venga a rescatar “papa estado” o hacer, así sin decir ni mu, ERTEs a mansalva. Y es que, nuestro gran empresariado, lo del que el último en saltar tiene que ser el capitán del barco no lo ha entendido nunca. Así que aprovechemos y hagamos entender. Un comportamiento social sano, es por ejemplo, usar la oportunidad y mandar al carajo el artículo, por el que el BCE vende el dinero de todos, a los bancos, en lugar de dárselo a los Estados, para que estos, que si son elegidos democráticamente, puedan hacer economía de expansión y salvar a los náufragos, en vez de a un barco fantasma con su capitán y su tesoro intactos.

Para que nos entendamos, no nos puede volver a pasar que le demos 60.000 millones a los bancos, con los que no abrieron líneas de crédito ni pararon los desahucios. Esta vez, que el dinero vaya a las pymes autónomos y empresas con la condición de sostener los empleos y directamente a las y los despedidos cuando así sea. Y coloquemos en su lugar, y conozcamos y marquemos socialmente a tiburones y aves de rapiña que se aprovechan de esta situación, que sabemos temporal, sancionando duramente a quien perjudique al conjunto. Tenemos el mecanismo democrático para hacerlo, para eso es un estado de alarma. Y tenemos el mecanismo social, boicot de consumo, publicidad, y censura en las urnas, a quienes nos los pongan por encima.

Para mí, queda claro, baste comparar unos países con otros, que las cotas de neoliberalismo salvaje a las que hemos llegado, hoy no solo no nos están siendo útiles, si no contraproducentes. Este virus atacando por igual a ricos y pobres, está sacando a plena luz la debilidad de un sistema económico generado por y para unos pocos. A los que ayer les daba igual que en EEUU el que no podía pagarse la sanidad se muriera, y hoy el que una prueba cueste 3000 dólares, empieza a preocuparles porque es un problema de salud pública también para ellos. Busquemos mecanismos nuevos, reinventémonos en lo que sea necesario y usemos los que conocemos. Acabemos con la ingeniería y la injusticia fiscal, que los que más tienen contribuyan más, mira que es simple. Usemos también el momento para que muchos entiendan, que una renta básica o llamémoslo x, no es un privilegio para losers si no un colchón de seguridad para todos.

Creo que tenemos una buena oportunidad para entender que, de esta, no salimos con el austericidio que ha hecho muy fuertes a unos muy pocos y tremendamente débil y vulnerable a la sociedad en su conjunto. Salimos con expansión, con responsabilidad, colaboración y sin dejar a nadie atrás. Entendiendo por la vía práctica lo que ya gritamos en las calles, no somos mercancía, el centro de la economía y la política debe ser la vida y no al revés.

Observemos también, que paradójicamente nos hemos visto obligados a poner en marcha un montón de medidas que debíamos y no hicimos con la emergencia climática. Y no digo que paremos nuestra movilidad en seco y para siempre. Pero sí, que sería un comportamiento global mucho más sano, darnos cuenta, que no es imprescindible el volumen brutal que hemos mantenido de tráfico aéreo, que se puede teletrabajar y conciliar de paso, en muchísimas más circunstancias de las que pensábamos y que se pueden abrir muchísimas más líneas de comercio de proximidad y colaboración de las que estábamos usando.

Y ahora que nos hemos quedado en casa y valoramos también el ocio en familia y en red, más descentralizado, menos dependiente del dinero. También las posibilidades que nos proporcionan las nuevas tecnologías, y la conexión con el resto. ¿Qué tal, si valoramos que esto pueda suceder al mismo nivel en las zonas rurales, y valoramos como se merece la soberanía alimentaria y el cuidado social que nos proporcionan a todos, las y los que producen en nuestros sectores primario y secundario? ¿Y si empezamos a preparar de verdad, el más que necesario plan de retorno sostenible al medio rural ¿no sería un comportamiento mucho más inteligente para todos?

Y a riesgo -que me da igual, alguien tiene que hacerlo- de que pasemos ya del buenismo a la utopía; ¿Y si ya que estamos, comenzamos a exigir la globalización de este tipo de comportamientos, mucho más sanos para todos y si nos dejamos la política internacional y los dineros comunes, en lugar de sostener la ley de la selva o el comercio de armas, en globalizar derechos humanos, laborales y desarrollo para aquellos que nos proporcionan las materias primas, que necesitamos para sostener una vida, menos opulenta para todos, y sobre todo para unos pocos, pero mucho más razonable?

Ahora que tenemos al lobo cogido por las orejas y nos tenemos que plantear cómo soltarlo. Es vital entender que el individualismo como base cultural, no nos sirve cuando de verdad vienen mal dadas y un bichito nos pone a todos al mismo nivel de vulnerabilidad. Llamarme ilusa, pero creo para soltar esas orejas y salir bien parados, ahora que la vida está de por medio, tenemos que desterrar esa cultura y utilizar la resiliencia que tenemos como pueblo y que le falta a nuestro sistema económico. Neguémonos a volver a la barbarie. Entendamos que somos seres colectivos y tenemos que salir de esta crisis actuando y pensando como sociedad, de una forma más inteligente y más saludable para nosotros y para nuestro planeta. Recuperemos aquello, de vamos despacio porque vamos lejos, recuperemos la tela de araña, el tejido social real y aprovechemos la oportunidad para ser mejores, porque la vida, que lo es también en forma de virus, nos está mostrando un atajo.

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