martes, 28junio, 2022
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Adolf Loos, el penúltimo moralista

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Aprovechad: en Barcelona se exhibe hasta el 25 una de las exposiciones de arquitectura del año: Adolf Loos, Espacios privados, que acto seguido viajará a Madrid. Adolf Loos, nacido en 1870, es reconocido como uno de los personajes más importantes para entender la arquitectura contemporánea. Intentaré contar brevemente por qué.

Hay una consideración universal que así descontextualizada da un poco de grima: cualquier sociedad humana tiende a confundir la estética y la ética. He crecido en un entorno en que al cáncer se lo llamaba un mal lleig (un mal feo) y donde sufrirlo se consideraba vergonzoso y degradante. Al dolor de padecer esta enfermedad se añadía un rechazo social nacido de la ignorancia. Consideración que, afortunadamente, está siendo cuestionada por varias razones importantes que van desde el conocimiento de que muchas estéticas imperantes no son saludables (desde las modelos anoréxicas a los deportistas profesionales quemados físicamente al final de su carrera) a la constatación de que muchos artistas pueden ser verdaderos monstruos tanto por sus actos (Woody Allen, por ejemplo) como por sus ideales (el nazismo confieso de los arquitectos Albert Speer, Lily Reich o Ernst Neufert, este último «rehabilitado» tras la guerra, de la cineasta Leni Riefenstahl o de los escritores Knut Hamsun, Nobel de literatura en su día, o Louis Ferdinand Céline), y es que no: la estética y la ética no tienen nada que ver. La estética es un aprendizaje tanto a nivel personal como a nivel social que comprende tanto culturizarse como aprender a gestionar las complejidades del alma humana.

Si reducimos por un instante la arquitectura a un fenómeno estético la podremos definir como una representación social, que (oops) tenderá por defecto a la ornamentación: al endomingamiento y a la sobreabundancia del mensaje.

En este contexto de confusión entre ética y estética la figura de Adolf Loos se puede leer como la de un personaje que se ha revestido de la misma autoridad moral que un sacerdote.

Su època: el último Imperio Austrohúngaro, un monstruo en su máxima expansión, moribundo, hiperburocratizado. Un sistema que tiende a devorar a sus ciudadanos, opresivo y esclerotizado, denunciado desde dentro por escritores como Jaroslav Hasek, Hugo von Hofmansthal (que prefirió el silencio a seguir escribiendo), Robert Musil (escribió El hombre sin atributos: todo dicho) o Frank Kafka, cuyo apellido ha devenido sinónimo de las situaciones en que el estado se come al individuo(1).

En lo que la arquitectura se refiere el Imperio estaba dando su canto del cisne aprovechando que el derribo de las murallas de su capital, Viena, deja la ciudad por reconfigurar: es el tiempo de los exquisitos arquitectos de la Sezession, practicantes de una especie de clasicismo floral muy sofisticado.

Loos va a desnudar esta arquitectura. Literalmente. Loos borrará cualquier rasgo que la pueda caracterizar y va a fabricar una tabula rasa para que todo sea posible.

También propondrá. La exposición muestra las propuestas del Loos más burgués y elegante. Si cabe también del más reaccionario, pasando por encima de (obviando, de hecho, a) sus más interesantes contribuciones de vivienda social: esta tabula rasa implicó un interés renovado por un público que tradicionalmente no había tenido acceso a la arquitectura.

Aunque de hecho Loos no se recuerda exactamente por sus obras, sino por sus postulados morales reflejados en una buena cantidad de escritos de lectura apasionante. Loos es un reaccionario que lo dinamita todo criticándolo de la manera más visceral concebible. Otros arquitectos van a llenar rápidamente el vacío que él ha creado poniendo las bases de nuestra propia arquitectura. Loos no es el primero. Loos es el último de su época. Loos es el que se la carga. Quemados como estamos con la nuestra vernos reflejados en él resulta casi inevitable.

Loos es, también, autor de una buena cantidad de obras exquisitas de belleza atemporal, un artistazo de primera cuyos proyectos pueden ser disfrutados con total independencia de sus valores y de sus escritos(2). Lo que añade una capa más de complejidad a la interpretación del personaje. Quizá nos hemos equivocado de pregunta. Más que cuestionarnos la vigencia de su obra, que parece incuestionable, deberíamos hacerlo por esta manera moralista de entender la arquitectura.

 

(1) A Kafka le pasó algo que me literalmente me obsesiona: nunca pudo terminar de leer en voz alta a sus amigos La transformación (más conocida como La metamorfosis) por culpa del ataque de risa colectivo que todos, Kafka incluido, sufrieron.

(2) Este es el principal valor de la presente exposición, pero como resulta que pretende lo contrario tenemos un problema.

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