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Acción

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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análisis

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Tarde nublada. Amenaza lluvia de nuevo. El barro de la calle aún no se ha secado y los charcos permanecen intactos después de los copiosos chaparrones de las últimas semanas. Una boca de metro solitaria en un páramo descampado. De ella, una permanente hilera de zombis arrastra los pies, cabeza baja, ojos de pez muerto con más de cinco días, brazos caídos, hombros encogidos y ropajes sucios, cruzando el barrizal hacia la calle de los Tejedores. Los hombres y mujeres que también salen del metro, esquivan a los muertos vivientes. Ellos van por la acera, la única senda sin barro que une su barrio con una boca de metro maldita. Los otros, los que están muertos en una vida que solo usan para meterse más y más veneno en el cuerpo, para viajar un segundo a un cielo que irremediablemente les lleva al permanente infierno, parecen ungidos por algún tipo de poder que les hace ponerse en fila india, uno tras otro y caminar arrastrando su cuerpo entero en busca del veneno que les devuelva a la vida. Todos se dirigen al mismo lugar. El número 31 de la Calle del Arrozal. Allí es dónde todos encuentran su minuto de gloria por quinientas pesetas. Allí, en el bajo derecha, como si de un reparto de leche en cualquier escuela de los años sesenta se tratara, uno a uno en riguroso orden, en una fila perfecta que desemboca en la ventana de la derecha junto al portal, todos confluyen. En una mano, el billete de Jacinto Verdaguer que entregan en la parte izquierda de una ventana con rejas y en la otra, un trozo blanco de papel que recogen dos huecos más a la derecha de la verja. Luego, refugio dentro de cualquier alcantarilla libre junto al descampado de Pobladura del Valle, dónde un mechero, una ponzoñosa cuchara ennegrecida por la llama y una jeringuilla que usan todos, son el pasaje para ese viaje de un minuto al paraíso que acabará en una trágica vuelta al infierno del metro, del centro de Madrid, del robo de un bolso, del atraco a punta de jeringa en los sinuosos y kilométricos túneles que unen la línea 6 y la 5 en Diego de León, de tener que estar tirado entre cartones para que la piadosa muchedumbre que circula por la acera acabe echando una monedas en el culo de una lata de refresco. Todo por volver a tener las quinientas pesetas, de nuevo, para un nuevo pasaje a Venus.

Los vecinos de la Calle del Arrozal, están hartos de llamar a la Policía. Su barrio es un laberinto. Calles estrechas. Edificios deslucidos por el agua, el viento y el tiempo. Todos iguales. Y sobre todo cómplices que no tienen que tener las quinientas pesetas para conseguir el pasaje, que gritan agua, agua, en cuanto aparece un coche de policía por la Calle Amposta. En ese momento, el dispensador de billetes cierra a cal y canto y la casa es abandonada por un túnel escavado en la tierra que acaba en el bajo de la calle de las Modistas. De allí, el coche aparcado en la puerta les sacará del barrio antes de que la Policía pueda aproximarse siquiera a la calle Arrozal.

Ninguno de ellos entiende por qué no usan policías secretas para atrapar a los camellos. Ni tampoco por qué no cierran antes de la redada las dos únicas calles por las que los traficantes puede huir. Ninguno entiende por qué si ellos saben como actúan los que se han apoderado de los dos pisos para vender allí la heroína, si se lo han contado cientos de veces en la comisaría, por qué no son capaces de idear una estrategia que cualquiera de los vecinos que sufren los atracos, las jeringuillas tiradas por el suelo y las permanentes colas de zombis, han propuesto cientos de veces y que nunca se ponen en práctica.

Ninguno de los vecinos que sufren por los que hacen de su barrio una zona marginal y peligrosa, entiende por qué no se aplica la ley que es clara al respecto.

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Ninguno de los vecinos puede entender por qué ningún policía puede seguir a los zombis que en rigurosa fila india, como hormigas que cargan hojas y acaban en el hormiguero, les llevarían sin problema al lugar dónde los camellos se están haciendo de oro.

Ninguno de los vecinos entiende por qué si hay policía para multarlos cuando aparcan en las esquinas de las calles, pero no para acabar con la lacra del tráfico de drogas en el barrio.

Ninguno de los vecinos entiende por qué, si todos saben con nombre y apellidos cómo se llaman los dueños de los pisos, si todos saben dónde viven y el tren de vida que llevan, nadie les pide cuentas ni que justifiquen sus coches de lujo y los cientos de gramos de oro que llevan en el cuello y en las manos.

Nadie entiende que a Erlinda le cerraran el bar por vender tabaco de Andorra y estos puedan seguir vendiendo heroína todos los días y a cualquier hora.

 


 

Acción

 

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor,…
Carlos Gardel. Volver

 

Hecha la ley, hecha la trampa.
Refranero Español

 

Cuarenta años. Cualquiera de nosotros, españoles de menos de cincuenta y ocho años, no pudimos votar la Constitución. Eso no quiere decir nada porque ninguno de los Británicos ha podido votar la suya (que no está escrita como tal) o ninguno de los franceses menores de 78 años pudo decidir sobre la actual carta Magna que rige la V república en Francia desde 1958.

Nuestro problema poco tiene que ver con eso. El problema de España es que nuestra actual Carta Magna, es una ley con trampas. Yo no pude votar la constitución, pero ya tenía uso de razón cuando se votó. Y recuerdo perfectamente las trampas que entonces se pusieron para que el SI fuera mayoritario. La primera trampa, la imposición de la forma de estado enmascarado dentro del texto constitucional. En cualquier situación parecida, primero se decide mediante referéndum la forma del estado, y después se abre un proceso constituyente en el que todos los actores puedan tener un papel representativo. Y entonces, con una sola televisión, lo tenían fácil. Porque de ahí viene la segunda trampa. En la España de 1978 con un solo canal de televisión y una prensa salida directamente del Movimiento, era fácil hacer cambiar de opinión a la gente. De hecho, el 20 de noviembre de 1978, más de un millón de personas alababan a Franco en la Plaza de Oriente y dieciséis días más tarde, habían desaparecido del mapa franquista. La última trampa fueron los mensajes repetitivos de que no había otra opción. O Constitución o guerra civil. Y en una España rural, con un alto índice de analfabetismo, la guerra era la peor de las amenazas, el peor de los miedos.

Cuando leo a analistas políticos decir que en su discurso, el rey, el pasado 6 de diciembre, olvidó a los luchadores antifranquistas y a las mujeres, no puedo evitar una sonrisa. No se olvida aquello que no se le da valor. Y para esta monarquía, girada a la derecha extrema, las huelgas de los estudiantes del final de los sesenta y principios de los setenta, las huelgas de trabajadores como la que acabó con el asesinato de cinco personas y más de ciento cincuenta heridos en la asamblea que cientos de ellos celebraban dentro de la iglesia de San Francisco de Asís en el vitoriano barrio de Zumárraga, no existieron. Ni tampoco las luchas que las mujeres de entonces tuvieron para que la ley les permitiera dejar de depender del marido, padre o hermano, desde para abrir una cuenta corriente o trabajar, hasta para comprar una casa o viajar al extranjero. Para el régimen del setenta y ocho, incluida la Casa Real, esos hechos no son importantes. Porque en restarles importancia está su coartada. La de que Juan Carlos y Suarez trajeron la democracia a España, cuando lo único que hicieron, acompañados por el señorito andaluz y los servicios secretos americanos, junto al canciller alemán Willy Brandt, fue evitar una posible revuelta que acabara en ruptura total. Estos temían por un lado que los antifranquistas acabaran rompiendo el régimen (con el riesgo para sus intereses económicos que ello suponía) y por otro, que el poderoso delfín ultra del Régimen, Carrero Blanco, diera al traste con la monarquía, se empeñara en prolongar el régimen más allá de Franco y que el carrerismo acabara en una revuelta que no pudieran controlar. En cualquier caso, sólo defendían los intereses tanto americanos como europeos. Y la ruptura significaba la indefinición, el peligro para las multinacionales y una remota posibilidad de un nuevo frente soviético en los otros confines de Europa.

Se ha hablado mucho estos días de los padres de la Constitución y de que, sin embargo no hubiera madres. Reflexionemos y seamos conscientes de que era imposible que hubiera mujeres, cuando estas estaban relegadas a la casa y necesitaban autorización de un hombre hasta para respirar. Bastante bien paradas salieron de esas reuniones llenas de testosterona y machismo en las que, entre comilonas, puros y copas se “pactaron” la ambigüedad de los artículos más peliagudos de la actual Constitución, como la igualdad ante la ley o los derechos tan ambiguamente expuestos en la carta magna. Recordemos que ni siquiera fueron capaces de echar al traste esta especie de ley sálica que impide que las mujeres reinen mientras haya un hermano varón.

Mirando la vista atrás y para los tiempos que corrían, la Constitución, es una mala ley. Y no sólo en el tema de la forma de estado y la herencia al trono, sino porque los artículos dedicados a los derechos están redactados de forma ambigua a propósito. Si además en España la ley parece ser papel mojado que se usa o no, dependiendo del interés de quién tiene la sartén por el mango, el texto constitucional no sirve para garantizar ni siquiera el primero de sus artículos “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. La Constitución debería garantizar el derecho al trabajo, a una vivienda justa, a tener derechos laborales, pensiones, al pago de impuestos según la capacidad de cada uno, la protección de la salud, a garantizar el derecho a la educación, a la libertad de expresión, de tránsito y hasta que los extranjeros tengan los mismos derechos que los ciudadanos nacionales.

Sin embargo, todos los días hay desahucios (en 2018 el año que más desahucios ha habido en España, 160 por día), el trabajo es escaso y no garantiza una mínima renta para sobrevivir (uno de cada cinco españoles en edad de trabajar no tiene trabajo y de los otros cuatro, tres lo tiene en condiciones que no les permite sobrevivir dignamente), los derechos laborales casi han desparecido, las pensiones están en serio peligro, la sanidad se ha deteriorado hasta el punto de que cualquier prueba se retrasa meses llevando a cientos de personas a la muerte por tratamientos tardíos o inútiles por el estado avanzado de la enfermedad. La educación se ha convertido en un lujo con tasas que en muchos casos son imposibles de pagar. La aglomeración en las aulas públicas incide seriamente en el fracaso escolar y se desvían fondos públicos a subvencionar colegios privados que incumplen preceptos constitucionales como la igualdad de sexos. Los impuestos los pagamos los pobres, porque en su mayor parte son indirectos lo que significa que no son progresivos ni varían según la capacidad de cada cual, hay políticos encarcelados por delitos indefinidos de cuya existencia hay serias dudas, hay cantantes encarcelados por hacer crítica social y mofa, hay humoristas encausados por actuar, los poderes del estado se confunden y el judicial cojea seriamente de nepotismo, endogamia, tardofranquismo y parcialidad. La policía actúa en algunos casos de forma desmesurada y siempre contra una parte ideológica de la sociedad, y los extranjeros son privados de su libertad y metidos en cárceles que llaman CIEs, sin haber cometido delitos o son devueltos a países que no son de procedencia en los que además acabarán muertos o torturados.

¿Para qué sirve una ley que no se cumple? ¿Para qué sirve una Constitución que se usa a conveniencia y como amenaza? ¿Para qué sirve una ley de leyes que dice garantizar derechos mientras se cierran periódicos, se ilegalizan partidos o se encarcelan personas por aciones políticas, mientras que se permite que aquellos que han sido sentenciados por corrupción, que han sido declarados como organización beneficiaria de la corrupción o que pretenden revertir el estado democrático, social y de derecho a un estado nacional-catolico, ortodoxo y sin libertades, pueden actuar como les plazca?

Que en los discursos de los cuarenta años de setentayochismo se olviden de los que realmente quisieron traer la democracia a este país, mujeres y hombres que se jugaban la vida en manifestaciones en la universidad, en asambleas ilegales de trabajadores, en huelgas no permitidas por el régimen, en tenebrosos calabozos de la DGS donde aguantaban torturas para no identificar a sus amigos y compinches, es lo normal en un régimen herido de muerte que prefiere una huida hacia adelante aunque esta sea el fascismo, antes que perder la silla y que los ciudadanos puedan manifestarse libremente sobre la forma de estado que quieren y sobre la democracia que les gustaría tener.

Cuando los analistas le quitan importancia al auge del fascismo y al miedo que nos da que una formación abiertamente franquista y fascista como VOX llegue al poder, es porque su discurso sólo es la perorata que también cantan diariamente el Partido de la Corrupción y los nuevos falangistas de Rivera.

Cuando analizamos el auge del fascismo encabezado por VOX y la desafección de los partidos de izquierdas, en general se olvida la constante y creciente abstención y que la gente está harta de promesas incumplidas, de políticos que acaban veraneando en yates de lujo, con cuentas en paraísos fiscales y sillas en consejos de administración de empresas que exprimen a la gente como eléctricas y bancos. Olvidamos que tanto el voto a estas organizaciones fascistas, como la abstención, es un voto de castigo contra el sistema. Un voto que en gran parte recogió Podemos en su primera convocatoria electoral porque creíamos que eran los sucesores del 15M y que ha ido perdiendo por su empeño en integrarse en el sistema y por la inconsecuencia entre su discurso y sus actuaciones. No. No hay cuatrocientos mil fascistas en a Andalucía. Pero si hay trecientos cincuenta mil pobres hombres y mujeres que a los que les están llenando la cabeza de sensación de inseguridad, que están hasta el gorro de trabajar cincuenta horas por 700 euros, de tener que emigrar dos meses al año, de que les tomen el pelo con discursos grandilocuentes y que desgraciadamente se ven dirigidos por una TV que les oculta el fascismo, que echa la culpa de todo a los migrantes y que les convence repitiendo el falso discurso de que los fascistas significan ruptura.

Si en la izquierda no sabemos llegar a esas personas porque no nos preocupamos de sus problemas diarios, no cumplimos con lo que prometemos o somos incoherentes con nuestras conductas y nuestros discursos, no culpemos a la población de refugiarse en los que, sin saberlo ellos, acabarán sacándonos (y sacándoles) de la cama al amanecer para olvidarlos en cualquier cuneta. Al fascismo se le combate de dos formas, ilegalizándolo y seduciendo a los votantes solucionando sus problemas. Ahí está Rivas-Vaciamdrid. Ahí está Marinaleda. Ahí está Zamora (en la vieja y conservadora Castilla). Ahí está la Azuqueca de Henares de los años ochenta.

Dejemos de mirarnos el ombligo, de discursos grandilocuentes, de Gramscies y de Kierkegaards. El culturismo de postureo jamás va a seducir a ninguna persona de la calle.

Discursos sencillos que la gente entiende, conductas ejemplares y sobre todo coherentes con el discurso y acciones contundentes para solucionar problemas ganan más batallas que pomposas preparaciones que acaban siendo humo.

Aprendamos del pasado. La Constitución y el setentayochismo serán reformados. De nosotros depende que la reforma sea en bien de todos en lugar de beneficiar aún más a unos pocos. Tengamos presente que íbamos a refundar el capitalismo y hemos acabado apaleados, sin plumas y cacareando. Íbamos a reformar el sistema bancario y los bancos nos han reformado nuestro estilo de vida convirtiendo el trabajo en explotación y liberándolo de derechos. No hagamos lo mismo con el setentayochismo.

Es el momento de dejar de discutir sobre si hay que herrar o no al caballo o ponerle guirnaldas o pintarle la crin, y salir cabalgando de una p. vez.

Salud, república y más escuelas.

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