Érase una vez un español de bien que, mientras dormitaba en un atestado vagón de metro, camino de su discopub que ahora, engañando a la ley y aprovechando la normativa delirante de la Comunidad de Madrid, abría desde las diez de la mañana y había reconvertido en una especie de bar de tapas, imaginaba un futuro lleno de buenaventuras.

Han sido meses malos, se decía. Pero, con las siete mesas que he colocado en la zona de aparcamiento de la calle, voy a servir cerveza y patatas fritas. Y como soy muy simpático y majo, pronto tendré todas las mesas llenas y habrá cola para sentarse. Voy a ofrecer, además de las bravas, esa tortilla de patatas que tanto le gustaba a mi familia. Y serviré pinchos de bonito con piparra y vinagreta, como esos que hay en el casco viejo de San Sebastián.

Con el dinero que gane porque lo voy a petar y llenaré todas las mesas, compraré el local aledaño que está vacío. Y quitaré la terraza de la calzada y pondré un comedor espacioso en el nuevo local con tan solo quince mesas. En el nuevo comedor podré empezar a servir nuevas tapas, sándwiches y bocadillos. Pero no unos bocadillos cualesquiera. Compraré una Termomix con la que haré exquisitos rellenos para los sándwiches. Pavo con manzana. Salmón con crema de queso Feta y peino. Pollo asado y fresas. Aguacate y huevo… Y unas croquetas de morcilla que saldrán en las revistas especializadas. Los bocadillos serán especiales. Jamón Ibérico de bellota con tomate negro. Pringá de carne de cordero y panceta ibérica. Anchoas del cantábrico con morrillo de bonito y pimientos del piquillo. Y unas tapas poco vistas en Madrid. Revuelto de Morcilla de Burgos auténtica. Revuelto de boletus y ajos tiernos con huevos de codorniz. Cojonudos. Ventresca de atún rojo con cebolla caramelizada… Ya estoy viendo mi foto en la guía Michelin. Y en el economista: Juan Carlos Martínez, el empresario del año.

Con los beneficios obtenidos podré montar otro restaurante y luego otro. Y otro. Entonces las chicas vendrán a mí, como las moscas a la miel. Y cuando venga Martina, que seguro que vendrá cuando sea rico y famoso, me haré el duro y le diré que no. Que se vaya con el estirado de su padre. Ese que se creía superior porque trabajaba de cajero en Caja Madrid. Y, ¡mírale ahora! Cobrando del paro porque cuando fue absorbida por Bankia, cerraron su oficina y le mandaron a la calle. Pero como me gusta mucho, tras unos cuantos noes, le diré que sí. Y nos casaremos y tendremos cuatro hijos rubios con ojos azules. Dos chicos y dos chicas. Y haremos el amor tantas veces al día que estaremos exhaustos. Y nos besaremos.

Mientras está soñando con el beso, lleva la cabeza apoyada en la barra de sujeción que sale del asiento y emerge vertical hasta cruzarse casi en el techo con otra horizontal. Como lleva la mascarilla en la barbilla, porque para él lo del virus ese es una invención de los gobiernos para mantener a las personas atrapadas, al torcer los morros como si realmente estuviera besando a Martina, toca con ellos el frío de la barra que le despierta de golpe.

Doce días más tarde, ha perdido el olfato. Pero no le da importancia. También tiene mocos y le empieza a molestar la garganta. Cree que es un resfriado pasajero. No llama al médico porque un par de aspirinas le harán sentirse mejor. Tres días más tarde, la tos no le da ya tregua y respira con dificultad. Parece que el resfriado se ha complicado. Empieza a tener fiebre alta. Al día siguiente, no aparece por el pub. Su empleada, al ver que no abre, le llama por teléfono. Pero no contesta. Como lleva días mal, empieza a sospechar y llama a emergencias pidiendo consejo. Los bomberos abren la puerta. Juan Carlos está tirado en la cama. Aún respira aunque tiene los labios morados. Satura apenas al 45 %. Su estado es muy grave. Lo ingresan en la UCI.

Tres días después muere. Se ha quedado sin pub, sin local aledaño, sin cadena de restaurantes,… Sin vida, no hay negocio.

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A toque de parche

Es muy común que infames políticos y periodistas del régimen apelen a la responsabilidad individual para hacer caer el peso de la pandemia sobre cada uno de nosotros, y sobre todo, la culpabilidad por los muertos y por la saturación sanitaria, englobándonos en alguno de los colectivos sobre los que señalan con el dedo acusador, como el de los jóvenes.  No hay nada más rastrero que eso. Sin embargo, es un discurso que cala profundo en la sociedad porque elimina el sentimiento de culpa propia y habiendo centrado el objetivo en un colectivo, ya tenemos al tonto (o a los tontos) al que darle palos. Siempre es una vía de escape encontrar un grupo en el que no nos vemos encuadrados al que poder traspasar nuestras hirientes flechas y así descargarnos del peso de la conciencia. No es una situación nueva. Reyes y políticos españoles de todas las épocas lo hicieron antes con musulmanes (moriscos), judíos y hasta con los jesuitas, con resultado muy positivo para ellos mientras el pueblo se enfervorecía y los aclamaba como héroes.

La perversión del lenguaje, que a su vez prostituye los hechos, es el mecanismo por el que periolistos y politicastros llegan al interior de esa sociedad que busca culpables para sentirse a salvo. No son pocos los que, como digo, critican actuaciones poco sociales, nada empáticas, irresponsables e irreflexivas en la que caen algunos individuos de estos colectivos que sirven para desviar el centro de atención del meollo de la cuestión. No es el botellón de unos pocos insensatos, ni las fiestas de niños pera provincianos en los colegios mayores, ni siquiera la antipatía que le tienen los borjamaris y negacionistas a la mascarilla, lo que ha llevado a este país a tener decenas de pueblos y ciudades en coma inducido, los hospitales petados y las UVIS a reventar. Ni siquiera es la actitud de un pueblo enfermo de ignorancia y de individualismo inalienable que al vivir en un clima tan liviano está acostumbrado a pasar más de la mitad del año en la calle, y que no acepta como bien común no poder bajar al bar a tomar el vermut, la cerveza de después de chapar en el curre, o el deber de no reunirse con los colegas a tomar un chorizillo y una pancetilla churruscada por el fuego de una barbacoa y acompañada de ingentes cantidades de cerveza y de las copas posteriores. El problema no es social, bueno si, pero no de comportamiento entre vecinos, sino de actitud servil, sumisa e inerte de un pueblo estúpido ante unos políticos que mientras le metían cientos de miles de euros a la caja B, cercenaban la sanidad pública hasta dejarla en un erial sin personal, sin camas públicas y sin medios materiales para poder curar con un mínimo de eficacia.

Ahora, tanto políticos delirantes como los que sufrimos en Madrid, como los periolistos de esos medios de la caspa que lo único que ven es la bandera y su España (¡Paña!) siguen insistiendo en que la culpa de todo es de los chavales que, una vez que salen a tomar copas no son capaces de respetar los horarios y la distancia de seguridad. Y siguen olvidando, por el bien de los que están en el gobierno, que faltan plazas hospitalarias porque desde hace ya la polca de años, los pacientes eran derivados a hospitales privados mientras se cerraban plantas enteras de los públicos. Porque en ciudades como Burgos, tras una movilización masiva sobrevenida por el hartazgo ante un hospital de 300 camas que se había quedado pequeño, construyeron uno nuevo, como reclamaban los vecinos, pero cerraron el viejo y al final ahora hay menos plazas sanitarias públicas que entonces (eso sí, entremedias se quedó en el camino un presupuesto de construcción del nuevo hospital que triplicó el coste inicial). Que han cerrado ambulatorios de atención primaria y en muchos pueblos ya, ni hay atención médica ni siquiera un día a la semana. Porque mientras siguen abiertos bares y centros comerciales, te dicen que no puede haber reuniones de más de seis personas, pero tienes que ir a trabajar y en tu empresa no se respetan las medidas de seguridad. Porque mientras tienes que coger un autobús o el metro en el que va la gente como piojos en costura, se les dice a los chavales que no salgan de casa y que no queden con los amigos. Porque mientras te aconsejan que no salgas de casa, están dando palmas con las orejas porque Gran Bretaña o Alemania han declarado Canarias como territorio que no tiene que pasar cuarentena y te comen la oreja con la importancia del turismo como motor industrial de España. Porque mientras cierran parques y jardines públicos, porque es peligroso pasear y que tus hijos pequeños se junten con otros, puedes ir al centro comercial a que se restrieguen en el parque de bolas con otros niños, vaya usted a saber de dónde y en qué estado de salud.

Y luego está la desinformación a la que someten al pueblo con la connivencia de esta gentecilla que vive de evangelizar, manipular en sus opinodiarios y escribir loas a los corruptos. Insisten en falsificar las estadísticas, para apostillar que sus políticas (que consisten en no hacer nada salvo criticar al gobierno de la nación) son efectivas. Ya ni siquiera se hacen PCRs. No hay seguimientos de positivos. Y si tienes la mala suerte de pillar el bicho y hacerte una prueba de pago o por enchufe (a eso hemos llegado) te dicen que a los 10 días vuelvas al trabajo. Sin saber si ya estás curado o no. Sin saber si vas a contagiar a otros o no. Sin que les importe que las UVIS estén a reventar y que la sanidad se haya paralizado para cualquier otra enfermedad que no sea el puto bicho americano.

Y ahora se inventan el toque de queda. Para que sirva como prospecto de una medicina que tiene dos folios de contraindicaciones pero que presentan como el último recurso para curar tu enfermedad. Pero no se habla de contratar nuevos profesionales. De obligar a los hospitales privados, esos que se han estado beneficiando de las transfusiones de pacientes de la pública cobrando tres veces el coste de la intervención en un hospital público, a que cedan sus camas y sus UVIS para tratar pacientes COVID. No se habla de abrir esas plantas que como en el Infanta Cristina de Madrid, llevan cinco años cerradas o como en el Divino Vallés de Burgos, ni siquiera se han utilizado. No se habla de hacer PCRs a todos los que muestren síntomas. Ni de hacer seguimiento y aislar a sus contactos. Ni de volver a realizar la prueba, pasada la cuarentena, para evitar contagios.  Ni se preocupan de si el autobús o el metro es un foco masivo de transmisión porque los sitios cerrados con aglomeraciones son la principal vía de contagio. Y no se preocupan porque para todas esas cosas hace falta dinero. Un parné que prefieren utilizar en obras innecesarias de las que poder obtener comisiones o en asesores y subvenciones a empresarios amigos (como los taurinos). Para ellos, siempre habrá disponible una plaza de UCI, una cama de hospital y un equipo humano de doctores y enfermeros que les atiendan 24 horas si es preciso. Porque invertir en sanidad y tomar medidas en el transporte y en el trabajo, según ellos, es el fin de la economía.

Y ahí está, de nuevo, el miedo que paraliza a las masas. Miedo a que la economía colapse y acabemos todos en la miseria. Y de nuevo la irreflexión. Esa que no nos deja ver que si mueres, no hay economía que valga. Esa que no deja ver que llevamos así, poniendo parches que no sirven para nada, salvo para salvar la jeta a los malos políticos y para alargar una agonía que tiene un final fatal: la muerte de este sistema de explotación, que además en España está basado en los negocios que no generan valor añadido, que no soportan el más mínimo traspié y que acaban en pulmonía con una simple tos. El turismo de sol, playa y borrachera, la economía de bares y ladrillo son negocios de enormes pelotazos cuando todo va bien, en los que es fácil camuflar las contabilidades B, que eximen de impuestos y del pago de salarios decentes, en los que no hay condiciones laborales que valgan porque en un sistema precario, hay doscientos esperando a que les dejes el puesto, pero que al menor contratiempo, se desvanecen como un terrón de azúcar al que le echas diez gotas de agua. Y después de tantos meses, en los que no se ve futuro, en los que la economía está ya quebrada porque no hay empresa que resista esta situación nueve meses, la gente empieza a estar harta de bandazos, de medidas que hoy son A y mañana B, de que les provoquen dolor de cabeza con las aglomeraciones mientras esperan agolpados como chinches en el anden del tren o van cara a cara, culo con culo en el bus o en el metro. Los Chinos, que según esos carpinteros de la manipulación informativa son el demonio hecho país, no se anduvieron con tonterías y cerraron a cal y canto ciudades y pueblos confinando en casa a todo el mundo. Hoy son los únicos que están libres de la pandemia. Los únicos que, como conservaron sus empresas de bienes de primera necesidad, no han hundido su economía. Los únicos capaces de seguir adelante mientras el resto del mundo, dirigido por negacionistas, imbéciles y desequilibrados mentales, están al borde del colapso.

No nos equivoquemos. A los políticos del Trumpismo (como Isabel Díaz Ayuso) les importa una mierda si usted acaba sin trabajo o en la ruina. Les importa una mierda que muera un 10 % de la población. Y no quieren salvar la economía. Lo que quieren es salvar un sistema en el que los suyos viven en la opulencia a base de crear pobres y de esquilmar recursos.

Hemos asistido la semana pasada al Show televisivo de los fascistas franquistas del moco verde. Los satélites del evangelismo apostólico liberal, han loado hasta dar arcadas a un Casado que, al parecer (no he dedicado ni un segundo a seguir esta pantomima) dio un discurso épico que no supo repetir en la réplica (es lo que tiene aprender como un loro y que otros te escriban el discurso). Los menos manipuladores aseguraban que los vagos del moco verde, a pesar de todo, no van a romper con el PP, manipulando de nuevo las palabras para cambiar la realidad. No es VOX el que tiene que romper con el PP, sino el PP con VOX. Como dice mi querido Jonathan Martínez, “al fascismo, ni agua. Y si tiene sed, polvorones”. Pero ni uno ni otro van a romper porque son lo mismo. Viven del odio esparcido por el mismo telepredicador: Aznar.

No es cuestión de toques de queda, sino de coger el toro por los cuernos, cerrar España de una vez, invertir en sanidad pública hasta el punto de que la sanidad vuelva a la normalidad (sin listas de espera, consultas y operaciones) en todas las especialidades médicas. Hasta el punto que haya plazas de UCI para que los sanitarios no tengan que decidir quién vive y quién muere. Hasta que en todos los lugares de la nación tengan acceso a la atención primaria y preventiva de forma inmediata y no a cinco días vista y por teléfono. Hay que dejarse de mamarrachadas y parches que lo único que hacen es cabrear al personal y que, para evitar lo inevitable, que cuando acabemos saliendo de esta, España registre un 60 % de parados y tenga una economía quebrada para los próximos veinte años.

No es cuestión de tutelas, sino de inversión. En Sanidad y en educación.

Salud, responsabilidad, feminismo, república y más escuelas laicas y públicas.

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