Aseguramos muchas cosas por aproximación, básicamente por comodidad, porque centrarnos en la exactitud de las cosas haría la realidad insoportable. Decimos que el sol sale por el este, pero ni sale ni lo hace por el este. Como, a nuestro pesar, la realidad suele ser exacta, el sol únicamente aparece por el este dos veces al año: los equinoccios. Solamente es necesario levantarse de madrugada para apreciar como el sol, cada día y el resto del año, aparece un poco más allá o más aquí. Mantenemos, con la realidad, cierta equidistancia que nos permite centrarnos en otras cosas que consideramos más importantes.

Viene a colación con este artículo recordar un aspecto de los enjuiciados con el “procés”. Se obvió el juez natural gracias a la acusación de rebelión y fueron llevados a Madrid, donde la narración sobre lo acontecido en Cataluña el 2017 tenía una perspectiva muy diferente a la catalana. En la capital del reino, las características del poder judicial (al que apenas le afectó la Transición y muy imbuido de ideología franquista casi de ámbito familiar), el ambiente informativo y social envolvente propiciado por unos medios que les son afines, la interpretación política y las posibles consecuencias de los ideales políticos de las personas juzgadas, eran suficiente para que los testigos de la acusación (políticos del PP, Guardia Civil y Policía Nacional) tuvieran conciencia de estar en un ambiente afín y protector de su ideología y metodología. Y no olvidemos que un partido político era acusación particular. No solamente cambiaba la perspectiva, sino que se envolvió todo ello de unas consideraciones morales como mínimo sospechosas. Todo ello, desde una perspectiva catalana y no necesariamente siempre independentista, convirtió tal juicio en un vodevil sin un atisbo de objetividad.

Imaginen una sociedad donde el 50% de la población es feminista (tal como los independentistas en Cataluña). Imaginen que unas personas feministas son detenidas por unos actos reivindicativos en que desobedecen una ley con la que están disconformes, y que son llevadas a ser juzgadas a 600 kms de distancia, a una zona donde el feminismo es inexistente y donde se aprecia éste como una agresión a los valores de la familia y de la sociedad. Imaginen que tanto los acusadores como los testigos son hombres de esta otra zona, con unos valores muy arraigados y contrarios a la posición feminista. Hombres, además, con altos cargos y una alta credibilidad (al menos, judicial) que les permite decir lo que quieran sin riesgo a que los jueces lo pongan en duda permitiendo visionar, paralelamente a sus declaraciones, imágenes que les contradicen. Imaginen un alto cargo de la Guardia Civil, podemos llamarlo De los Cobos, declarando cómo las/los feministas agredían a los policías que, pobrecitos, apenas se defendieron. Imaginen los espectadores o población de esta zona, ya con un sentimiento de ira, desprecio y rechazo hacia el feminismo (alentado durante años y años por prensa antifeminista): sería imposible, en este caso tan y tan ficticio, un mínimo de empatía (social, cultural, política e, incluso, humana) que permitiese algún tipo de objetividad. En este caso ficticio se condenaría a los/las acusados más por ser feministas que por sus actos reivindicativos.

Cuando el aire está completamente viciado con prejuicios y perjuicios, cobra suma relevancia la indefinición del delito con que se condenó a las personas del “procés”: la sedición. No es baladí que varias organizaciones de derechos humanos hayan señalado esta indefinición del delito como algo peligroso, y que en muchos países democráticos tal delito no exista: su ambigüedad es la que permite condenar manteniendo una mano cargada de puñetas tapando las vergüenzas, tanto de jueces como de testigos y medios afines, para descargo de la conciencia de la sociedad.

En Cataluña, los que habíamos vivido el 27-S o el 1-O, fuera en la calle o en casa ante la tele, sabíamos con certeza que De los Cobos y tantos otros, simplemente, mentían. Tergiversaban los hechos y mentían con un descaro total y evidente. Era tan evidente la mentira y tan fácilmente contrastable que costaba entender cómo en el resto de España la gente no se llevaba las manos a la cabeza. Pronto comprendimos algo que ya debíamos saber de antemano: que, según sus valores, estaba justificado.

¿Por qué en España nadie se rasga las vestiduras ante el hecho que Amnistía Internacional y otras organizaciones internacionales consideren los presos como presos políticos o de conciencia? Porque el sistema, los medios y los partidos que generan el ambiente social, tienen muy claro que el fin justifica los costes. Porque la mayoría de la sociedad lo asume sin más: creen que no se trata de sus derechos, ni de derechos en general, sino algo concerniente a una minoría que no les agrada en demasía o les es indiferente, por decir algo.

La indiferencia en la sociedad española a lo que pueda significar que instituciones de renombre internacional acusen España de tener presos políticos, no es una sorpresa. Durante los años de la reivindicación soberanista más fuerte (pongamos de 2014 a 2017) apenas ha habido una reflexión profunda en España sobre lo que estaba pasando. La simple explicación de un “nacionalismo egoísta” ha sido suficiente para que la sociedad española se conforme y no indague más. Que en pocos años el independentismo pase del 15 al 50%, es fruto de la manipulación de TV3 y las escuelas. La movilización de centenares de miles de personas durante meses y años, se ha resumido en que estaban manipuladas y adoctrinadas, visión que esconde un deje de condescendencia, como si todos esos catalanes fueran tontos o incapaces de pensar por sí mismos. Todavía más extremo es pensar que, ante un aproximado 80% de catalanes partidarios del referéndum, se considere que están equivocados (nuevamente manipulados) reclamando un derecho que no tienen.

Esta conformidad de la sociedad española ante la narración de los medios capitalinos (que no se financian, precisamente, mediante sus suscriptores) y que están teñidos de una concepción del Estado sumamente centralista, corrupto y extractivo, permitió que no se cuestionase la intervención policial en Cataluña ni muchos aspectos del juicio. Esta cerrazón en una visión muy determinada de quién tiene el derecho a ejercer el poder y hasta qué límites (donde entra desde la corrupción de los partidos, los personajes tipo Villarejo o el ministro Fernández Trías de la “Operación Cataluña”, hasta la corrupción de la Casa Real) permite que no se considere seriamente la condena de Amnistía Internacional. Fíjense que muchas personas de la izquierda española (actores o actrices, intelectuales, artistas) han puesto el grito en el cielo cuando Amnistía condenaba según qué países. Pero ante los presos y exiliados catalanes, callan. ¿Por qué?

Por un lado, el discurso capitalino sobre Cataluña ha calado tanto en la sociedad española que se ha de ser muy valiente para condenar públicamente las acciones del Estado (y recordemos que, para hacerlo, no es necesario simpatizar con la causa soberanista). Por otro lado, hay una responsabilidad enorme por parte del PSOE / PSC y, tangencialmente, también de Podemos.

El PSOE, en sus orígenes, defendía el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Salve decir que, parece ser, también era republicano. Antes de que les dé un soponcio, hablo en pasado, no se preocupen. Pero hay que recordar que, hasta que el referéndum se vio como posible, el PSC también lo consideraba como una opción válida (a declaraciones grabadas de Iceta y otros me remito). Y no olviden, tampoco, que ante la desmesurada violencia policial del 1-O, la primera intención del PSOE fue reprobar a Sáenz de Santamaría en el Congreso. Tal intención duró 3 o 4 días y, luego, ya lo sabemos, cerrando filas posibilitaron el 155 y el cese de un gobierno elegido democráticamente por el pueblo catalán. Más tarde, han ido llenando de medallas y condecoraciones las solapas de aquellos que pegaron a votantes, votantes todo lo ilegales o desobedientes que ustedes quieran, pero votantes: se les pegaba por votar.

En resumen, el mensaje transmitido era que no es necesario analizar nada, no es necesario intentar comprender nada, ni mucho menos cuestionar nada: con el uso de la fuerza, la imposición y el beneplácito de los jueces, es suficiente. Una mentalidad propia de otros tiempos… o acorde a los tiempos de siempre en determinado país. No obstante, el mensaje transmitido a todos aquellos catalanes inconformes con el Estado actual, es que solamente el lenguaje de la fuerza es el que se habla en la capital de la corte. Y esto, de cara al futuro, es muy peligroso.

¿Alguno piensa que los meses centrados en la pandemia han cambiado alguna cosa? Un servidor, opina que sí: la visión que se tiene de Podemos por parte de muchos catalanes. Ante el gobierno de coalición del Estado (y no un mero apoyo), gran parte de Cataluña miraba si podrían cambiar algunas cosas, cierta flexibilidad que permitiese encauzar un diálogo. No me refiero a la manida “mesa de diálogo” política, sino a algo más social, más reflexivo, con una intención más comprensiva y no una mera negociación de votos o apoyos (el sistema de apoyos y contrapartidas, en opinión de un servidor, es una pretensión que quedó atrás al cortar con la época Pujol y que remató Zapatero). Pero llega la pandemia y nos colocan uniformados en las pantallas, militares dando mensajes bélicos y anacrónicos. Llega la pandemia y se tira de nacionalismo, de unión patria, se quitan competencias, se centraliza, aparece el ordeno y mando. Todo con un Podemos prácticamente desaparecido del mapa si no es por la negociación del ingreso mínimo vital (que no es baladí, pero no entra en el tema de este artículo). Tal vez en Segovia o qué sé yo dónde de España, se vea normal, pero en Cataluña, no.

Había un mensaje “sotto voce” en Cataluña: los de Podemos no van a decir explícitamente lo que piensan sobre la actuación del Estado ante la reivindicación catalana (muy mayoritaria respecto al referéndum), pero van a trabajar por ello. No por la independencia, claro, sino por buscar una solución justa, democrática y pacífica. Pocos deben quedar que piensen en la posibilidad de ello, y aparecen sospechas de si es mera estrategia política para mantener los votos de Podemos-Comuns en Cataluña. Si cierto silencio de Podemos es debido a la animadversión existente en toda España sobre la reivindicación catalana, uno duda si es muy correcto no defender claramente lo que piensas por miedo al qué dirán (o votarán). Que defender el feminismo el 8M rodeado de feministas, no es lo mismo que hacerlo en una sala con trescientos tios machistas y violentos.

En unos meses es probable que la pandemia remita. Con o sin sorpresa, en España verán que la reivindicación catalana continua aquí. Seguramente, muchos dirán “¡qué pesados!”. Díganme ustedes qué fruto, qué solución, puede salir de esa “mesa de diálogo” si la sociedad española continua en la casilla del “a por ellos”. Díganme ustedes qué avance puede haber si el PSOE, ya sea por electoralismo o por miedo a la derecha (que es lo mismo) o convicción, no se atreve a quitar un pie de esa casilla. Pues no habrá ni fruto ni solución ni nada.

Ahora muchos españoles van viendo, estupefactos, como la derecha intenta judicializar la política nacional. Pueden denunciar al presidente, a ministros, al señor Simón, a quien sea. Hasta Marlaska (no olviden su currículum) se pone las manos en la cabeza ante los informes de De los Cobos y le da la patada.

Previamente se judicializó la reclamación política y social catalana. También, para dar lugar al juicio y la sentencia, vimos los informes y declaraciones plagados de mentiras del señor De los Cobos (et altri). Pero entonces, tanto al PSOE como a la mayoría de la población española, les pareció bien. Uno se pregunta ante todos aquellos que no se escandalizaron ante la prisión de, por ejemplo, Jordi Cuixart, que aceptaron sin más el cese de un presidente elegido por el pueblo como Puigdemont, cómo verían la destitución de Pedro Sánchez por un juez, su lucha exiliado en Bruselas, y a Fernando Simón y a Pablo Iglesias en la cárcel. ¿Política ficción? No se trata de esto: ante la reivindicación catalana (que gran parte es de izquierdas) el PSOE / PSC optó por el camino del nacionalismo más rancio español (Iceta se manifestaba con la ultraderecha y Sociedad Civil Catalana), y lo que probablemente va a venir, es consecuencia de haberlo alimentado y justificado.

Tomo la reciente palabra de Pablo Iglesias en el congreso: <<Nos estamos jugando la democracia>>. No, señoras y señores políticos de izquierdas: la democracia se empezó a jugar en la represión contra los independentistas catalanes, y todos ustedes prefirieron mirar hacia otro lado dando pie a esta derecha ultra que ahora temen. Cierto es que algunas firmas españolas advirtieron en su momento que esto no iba de independentismo, sino de democracia, como Pérez Royo y otros y otras, pero fueron gotitas de agua en el océano proceloso de unos medios que, aparte de su amarillismo incendiario, dieron cancha a la derecha ultra como no se ha visto en ningún otro país europeo.

Ahora, algunas voces de Podemos claman que no se puede ser equidistante ante la derecha ultra, y uno opina que tienen toda la razón. No obstante, se abrigaron de equidistancia ante unos hechos infames, injustos y totalitarios simplemente porque quienes lo padecieron eran independentistas catalanes: la destitución de un gobierno democrático, el encarcelamiento de una Presidenta del Parlament, de políticos y de activistas sociales. Ante esa equidistancia, muchos clamábamos que lo que sucedía no tenía tanto que ver con el independentismo como con la democracia y la defensa de unos derechos de discrepancia y disensión. Pero, salvo alguna proclama de meras palabras que caían al suelo como plumas, se alinearon con el establishment. Si uno considera que hay personas injustamente en la cárcel, si además uno es un político con ideales que luchan contra la injusticia, es extraño que se conforme con decirlo de vez en cuando pero no hacer nada al respecto. Esta es la equidistancia de Podemos y Comuns: a la hora de la verdad, alguna proclama pero no hacer nada.

A veces, se dice que la fábrica de independentistas fue el PP, ahora sumándoles C’s y Vox. No es exactamente cierto: son los millones de españoles que los votan quienes fabrican independentistas. (En confianza, ¿pero es que a ustedes no les gustaría independizarse de esta España?). Pero también es responsable el PSOE cómplice, y que se ha demostrado colaborador necesario. El cinismo de cierta izquierda española de escandalizarse por esta ultraderecha tripartita que se cree con el derecho a pernada sobre todo el Estado, es una vergüenza. Lo que sale caro es haberle dicho a la sociedad española que el fin (un fin absurdo, al fin y al cabo, como la madre patria de visión única) permite saltarse todo decoro democrático y pasarse los derechos humanos por el forro. Que por mucho que uno diga que el sol sale por el este cada día, la realidad es mucho más diversa.

¿Acabará Pedro Sánchez en el exilio y Pablo Iglesias y Fernando Simón en la cárcel? De aquellas lluvias, estos lodos. Y el paraguas de la equidistancia, con valentía, a la basura, por favor.

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5 Comentarios

  1. Lo de que TV3 y la escuela catalana adoctrinan es la falsa escusa para cerrarlas o prohibirlas cuando el fascismo vuelva a gobernar en España.

  2. España es un “democracia plena” que ocupa el puesto 19 en el índice de las democracias del mundo. Francia ocupa el el 29 y la democrática Bélgica el 31.

    Tiene menos condenas por incumplimiento de los DH que países como Alemania Francia o Italia; véase el informe correspondiente.

    Menos violencia machistas constatada (asesinatos por cada 100.000 mujeres que Finlandia o Austria). Consúltese estadísticas

    La sonada del 1-O se saldó sin un solo muerto. Hay que recordar que las protestas de los chalecos amarillos Francia costaron decenas de muertos, y las de Hong Kong y Chile lo mismo. Véase hemeroteca.

    Es la 14 potencia industrial del mundo y tiene 8 premios Nobel, ninguno catalán por cierto.

    Comparando estos datos con lo que afirma el artículo solo cabe una conclusión; el fanatismo supremacistas les ciega.

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