Es, probablemente, una de las declaraciones de amor más bellas, emocionantes y estremecedoras que existan de las muchas que la historia ha dado. La dejó escrita en forma de epístola literaria el filósofo y periodista “judío austríaco” –como a él le gustaba denominarse– André Gorz, seudónimo de Gerhart Hirsch, uno de los fundadores de la revista francesa Le Nouvel Observateur y compañero de reflexiones del existencialista por excelencia, Jean-Paul Sartre. En 2007, decidió suicidarse junto a su esposa Dorine Keir, gravemente afectada por una enfermedad degenerativa.

La bellísima Carta a D. Una historia de amor, editada ahora de nuevo por Ático de los Libros, comienza y termina de forma indescriptible, atronadora, sobrecogedora en todos los sentidos. Un tono poético y elegíaco recorre cada una de estas líneas: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te quiero más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que solo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”.

Y el final: “No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta “Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr” (“El mundo está vacío y no quiero vivir más”) y me despierto. Espío tu respiración, y mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”.

“Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable”

Si existe esa segunda vida, André y Dorine ya disfrutan juntos de nuevo. Aquí, mientras tanto, queda el legado de esta bella epístola de apenas cien páginas escritas entre marzo y junio de 2006. Pocos meses después, actuaron según lo pactado. La misma cama de su casa de campo de Vosnon, en la Champaña francesa, donde se retiraron tras serle detectada la enfermedad a Dorine, fue la que acogió sus cuerpos sin vida el 22 de septiembre de 2007. Una sustancia letal puso el punto y final a sesenta años de amor inseparable.

Gorz realiza, durante estas páginas que se leen con el corazón encogido, un ejemplar ejercicio de agradecimiento a su esposa. En primer lugar por ser la mujer que le fascinó desde la primera vez que la vio, por su energía, su optimismo e inteligencia. Cualidades de ella que lo ayudaron a superar momentos complicados de su vida personal y profesional. Ambos debatían, compartían y disentían tanto cuando hablaban de política como de su lucha común en movimientos sociales. Además, él siempre agradeció el apoyo de Dorine en su faceta de escritor y sus prolongadas ausencias del mundanal ruido para concentrarse en sus trabajos. Ella lo animaba sin descanso para que siguiera haciendo aquello que lo hacía feliz.

Y así hasta el último suspiro, durante sesenta largos años. Siempre juntos. Hasta que la enfermedad irreversible dictó sentencia y ellos acataron junto su destino común.

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