Cuando Francisco Correa reventó los precios de las campañas electorales, tal y como él mismo ha declarado, Pablo Casado estaba en COU.

Casado se defendió así al preguntarle por el bochornoso pendrive en el que se enseñaba como sortear la ley de financiación de partidos políticos para trapicheos y demás ocurrencias de dudosa legalidad.

España se subía ya a la ola del ladrillo con su correspondiente burbuja, la peseta daba sus últimos pasos y nuestro país moría ya de éxito. “¿Éxito?”, nos preguntamos ahora en plena depresión postraumática.

Pablo Casado estudiaba COU, aplicado en los estudios y con inquietudes políticas incipientes. Le gustaban los mimbres con los que se construía un PP ganador, pero no sabía nada de Bárcenas y Correa como es lógico. Aún veía la política con los ojos con los que nunca se debería dejar de mirar. Desde fuera.

Pero en ese momento Correa era ya el gran conseguidor, un aprovechado, un listo que incluso había hecho sus pinitos (según cuenta) con Julio Feo, uno de los más próximos a Felipe. Era, en fin, un aspirante a corrupto transversal a la sombra alargada de una partidocracia cada día más agigantada.

Atrás quedaba, dice, el pasado comunista asociado a su infancia y los mítines apasionados de La Pasionaria a los que asistía con su padre. 

Entró en Génova, sede central del PP, y aquello se convirtió en su casa, en si casino y en si negocio. A cargo de la ruleta estaba ya un tal Luís Bárcenas. Las llaves de la casa las guardaba Francisco Álvarez Cascos, al que ahora Correa no inculpa. “Paco no es PAC”, afirma. ¿Quién es entonces? 

José María Aznar pasaba por allí. Daba el visto bueno, ¿viendo sin mirar?. Pasaba por allí y se iba a Moncloa.

Pablo Casado dice que cuando pasaba todo esto él estaba en COU, y ese bien podría ser el lema, el grito de defensa transversal de todos aquellos que desde un empuje de decencia reivindiquen una profunda regeneración de la política, una apertura real al aire nuevo.

Que se abran las ventanas de los partidos para que entre el aire fresco de la libertad política, las listas abiertas, incluso la circunscripción uninominal, en cualquier caso el menor peso de las cúpulas de los partidos en la toma de decisiones de los ciudadanos. Que para mí representante sea más importante darme cuentas a mí que callar ante la cúpula del partido que lo coloca (o no) en la lista.

Que se abran esas ventanas para que los partidos sean lo que deben ser, canalizadores de tendencias de opinión, y no chiringuitos de golferías recurrentes a la sombra de las administraciones públicas y sus contratos múltiples.

Si esto no ocurre seguirá habiendo mucha más corrupción de la tolerable por más leyes que se hagan.

Yo estaba en COU

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