El otro día me levanté algo “lombrosiano” y me dio por estudiar en profundidad el crimen; así que, tapándome la nariz y la boca con una mascarilla quirúrgica, decidí analizar un espécimen bien representativo y me fui al paraíso de los terroristas suicidas a entrevistarme con algún heroico yihadista. Mi llegada coincidió con la de uno que se acababa de inmolar y, claro, como lógicamente había llegado desmembrado, lo primero que hizo el angelito fue, como en un remedo idiota de Mr. Potato, colocarse sus cositas que habían venido revueltas por otro lado. Una vez recompuesto, me dirigí a él que, al contrario de lo que podría parecer, no sólo me dijo cosas muy interesantes e ilustrativas acerca de su naturaleza, sino que, además, estuvo de lo más cordial. De hecho, lo primero que hizo cuando me presenté fue estrechar mi mano con su pezuñita…

Lo cierto es que no puedo decir si el yihadista en cuestión era hembra o macho porque la cara se la había colocado al revés. Como debajo del jersey tenía bultitos, pensé que tal vez era una hembra de crianza y que los bultitos eran los diez o doce pezones sanos necesarios para alimentar a su camada. No obstante, como también cabía la posibilidad de que los bultitos no fueran pezones nutricios sino explosivos, sigo con la duda acerca de su sexo. En cualquier caso, tras los saludos de rigor, una vez que terminó de comerse un paquetito de bellotas que yo le había llevado como muestra de mi buena voluntad, nos sentamos a charlar.

—¿Se puede vivir con tantos crímenes en la conciencia? —le pregunté mientras él me olfateaba.

—¡Oink, oink! —respondió el yihadista moviendo graciosamente su rabito enroscado para espantar la molesta nube de moscas que le seguía.

Debo reconocer que no me esperaba ese grado de implicación moral que mostró en su breve pero contundente respuesta. Porque lastrada sin duda por ciertos recelos derivados de mi sectarismo de europeo prepotente, mi capacidad analítica carecía de esa asepsia ideológica que debe tener toda investigación científica. Y es que yo pensaba que los yihadistas eran todos una pandilla de orates descerebrados, pero esas reflexiones, que dejaban entrever un alto nivel intelectual, me hicieron reconocer en mi interlocutor a un ser realmente asombroso. Así pues, con la misma fascinación que debió de sentir Robert Koch cuando descubrió el pernicioso bacilo que lleva su nombre, yo asistía absolutamente deslumbrado al persuasivo discurso yihadista. A pesar de todo, como su salivación era excesiva mientras me olfateaba, por evitar que me manchara y, sobre todo, por evitar cualquier desgracia mayor en caso de que el yihadista fuera un macho verriondo, para apartarlo no tuve más remedio que darle una patada en el lomo. Aunque dio gruñidos de disgusto, al final se alejó para hozar tan ricamente mientras yo continuaba examinándolo.

—Todo eso está muy bien, pero no me negará que el terrorismo es aborrecible —le dije, para provocarlo un poco y así estudiar mejor sus reacciones.

—¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink! ¡Oink, oink!—me contestó, categórico, mientras masticaba unas raíces tiernas que había encontrado al remover la tierra celestial con su hociquito.

Verdaderamente estaba frente a un tipo con las ideas muy claras. Su argumentario ratificaba mi impresión de que no era tonto del culo como equivocadamente yo había supuesto antes de conocerlo, pues hablaba de guerra santa, de la decadencia de Occidente o de lo turgentes que son los pechos de los luchadores del Daesh con tanta soltura, que daba gusto verlo. De hecho, daba tanto gusto verlo, que me entró un hambre tremenda y le tuve que cortar una de sus patitas traseras. ¡Y cómo se nota que los yihadistas están hechos de otra pasta!: mientras yo le cortaba la patita, como si no fuera carne de su carne, el valeroso islamista ni se inmutó. Él, inasequible al desaliento, siguió a lo suyo dándome sus ponderados oinks a favor de la violencia.

Y es que, como dice la fábula, el que nace lechón…

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