He escuchado o leído muchas veces la frase que ilustra mi artículo de hoy. Las primeras veces que la oí mencionar no entendía muy bien qué querían decir con ella. O… creo que más bien la entendía mal. ¿Se han parado a pensar alguna vez en la importancia de los acentos y de las tildes? Pues bien, cuando yo escuchaba aquella frase, la escuchaba poniendo en mi cabeza una tilde en la o del segundo “como”. Y no entendía gran cosa. En fin, ha pasado mucho tiempo desde entonces, y ahora sí creo comprender el significado de la sentencia. Nunca he sabido a quién era atribuida, aunque hace unos días, preparando el presente artículo, leí en Internet que la dijo Gandhi. En cualquier caso, es lo de menos. Lo importante es el significado y la sabiduría que encierra dicha máxima.

Todos hemos recibido de pequeños una educación, una educación que ha podido ser mejor o peor (siempre nos han educado lo mejor que han sabido), pero que nos ha ayudado a transitar por la vida. Después, a medida que hemos ido creciendo, hemos ido haciendo nuestras las cosas que nos enseñaron. Evidentemente, habrá cosas más importantes que las habremos hecho completamente nuestras, y habrá habido otras que habremos dejado de lado, ya sea porque no eran importantes, porque los tiempos cambian, o porque nuestra forma de ser y pensar se ha ido forjando y separando en algunos aspectos de la de nuestros padres y educadores. Pero poco a poco, entre la educación recibida, los estudios realizados, los libros leídos, las experiencias vividas, los fracasos aprendidos, hemos ido formando nuestra conciencia, creando nuestra propia forma de pensar, haciendo de nosotros, si lo hemos hecho bien, personas libres e independientes, con una personalidad determinada.

El problema viene cuando renunciamos a esa forma de pensar, a esos ideales que nos definen, a esa educación recibida y después trabajada hasta llegar a forjar una personalidad propia. El problema viene cuando traicionamos a nuestra conciencia, que ha sido trabajada a lo largo de los años, y nos guía -si está bien formada- a través de los avatares de la vida. Es cuando dejamos de vivir como pensábamos, y empezamos a pensar como vivimos. O sea, justificamos nuestras nuevas actitudes, cambiamos nuestra forma de pensar de siempre para adaptarla a nuestra nueva forma de hacer las cosas, de conducirnos por la vida. Esto suele ocurrir cuando en nuestra vida aparecen personas que piensan diferente a nosotros, y queremos “adaptarnos” a ellas, por las razones que fueren.

Pero entonces es cuando nos resquebrajamos por dentro, cuando nos venimos abajo, cuando no entendemos nada, cuando perdemos el norte, la orientación, y perdemos las fuerzas y los recursos para navegar con éxito por las procelosas aguas de la vida. Cuando eso ocurre, cuando traicionamos a nuestros ideales, a nuestra forma de pensar, a nuestra conciencia, cuando dejamos de ser coherentes con nosotros mismos, solemos tratar de justificarnos, de engañarnos, diciendo que no, que en realidad no pensábamos así, que nuestra forma de pensar era arcaica y había que modernizarla, o que estábamos demasiado encorsetados por rígidas normas. Pero, en general, sabemos que no es así. Sabemos que lo hacemos, que nos traicionamos a nosotros mismos, para adaptarnos a la forma de pensar, como adelantaba más arriba, de determinados ambientes, para adaptarnos a determinadas personas, a determinadas formas de pensar o actuar, a determinadas parejas de un momento dado, a determinadas amistades. Y acabamos adoptando formas de pensar y actuar que sabemos no son nuestras, son contrarias a lo que nosotros somos, pero que muchas veces son más “atractivas”, más seductoras, más favorables a la corriente. Y es que, navegar a contracorriente, no es siempre fácil. Es más, casi nunca es fácil. Navegar, pensar, a contracorriente, requiere muchos sacrificios, exige renuncia, demanda fortaleza y unidad de vida.

Uno puede acallar su conciencia a base de traicionarla, de pensar al revés de como siempre había pensado, a base de justificar lo que sabe que no es justificable. Puede “aprender” a vivir de otra forma a como en realidad sabe que debe vivir. Pero entonces ocurre que vive incómodo. Es como si se acostumbrara a llevar unos zapatos o un vestido que no son de su talla. Esos zapatos, ese vestido, aprietan y no estamos cómodos. Y hasta que no lo reconozcamos, estaremos desorientados, viviremos en la confusión. Creo que es algo que todos hemos experimentado alguna vez, ya sea por temporadas más largas o más cortas.

Es difícil, sí, vivir a contracorriente, pensar diferente a como lo hace la mayoría. Pero a veces es necesario. Y sin duda, aunque sea a la larga, reconfortante. También atractivo. La autenticidad siempre atrae. No pretendo decir que haya que ir por ahí siempre llevando la contraria a todo el mundo. Pero sí, a veces hay que tener criterios propios y hay que pensar y actuar diferente a como lo hace la mayoría. Y sí, es difícil mantener esos criterios. Pero la paz, la alegría, la felicidad que ello trae consigo bien merecen cualquier esfuerzo y cualquier sacrificio que tengamos que hacer. La recompensa siempre, SIEMPRE, está detrás del sacrificio. Tardará más o menos en llegar, pero llegará. Por eso merece la pena vivir como se piensa, haciendo caso a nuestra conciencia y a nuestras ideas, y siendo valientes para pensar por libre.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

1 × tres =