Hundido en un butacón de primera clase Javier Panizo, disminuido por el dolor que afecta a su mano diestra, que lleva en cabestrillo, parece más pequeño, más frágil, más panizo que nunca. Aunque por otra parte Javier está encantado de que su novia haya comprado grande classe; alguna ventaja tenía que tener el haberse lesionado. Ah, la comodidad. Ah, la luz. Ah, el servicio de restauración que ofrece al viajero la cena en su propio asiento. Ah, ah, aahhh…, la puñetera niña que no acaba de llorar. Aunque aún es peor cuando su madre  para que se calle recurre a un librito interactivo que emite agudísimos e insoportables pitidos.

Y aún hay otro niño. Un animalote todo salud y energía a quien su progenitora ha vestido de verde pistacho y de modo tan cursi que Panizo se pregunta si no será un trajecito de niña. El niño, claro, también quiere jugar con el librito pitador. Se lo quita a la niña, que de inmediato reanuda su llanto. Llora la niña. Pita el niño. Llora el niño. Pita la niña. Así no hay quien se concentre en la lectura, en el dolor que atenaza su mano predilecta.  Paciencia, Javier, paciencia. Pero no ayuda a la paciencia el que un grupo de ancianas modelo for ever young entre en el vagón para visitar a una amiga que ha tenido la desfachatez de viajar ella sola en primera. Cotorrean a pleno pulmón. La misma frase con veintitrés entonaciones diferentes. Entorpecen la visión de los pasajeros que seguían la película en las pantallas de vídeo. En suma, montan tal alboroto que finalmente consiguen (¡bravo, señoras!) que Panizo se ponga nervioso y el tomazo de mil doscientas páginas se escape de su única mano sana y caiga al suelo…, obligando a su chica -ella sí que tiene paciencia- a salir del sueño y bajar la mano con un movimiento aún dormido para recuperar el mamotreto.

¡Las golden girls se van! ¡ Y los niños detrás de ellas! A ver si ahora puedo leer tranquilo!

¡Atchús!

Joder, menudo estornudo. Peor que los míos. Y tenía que pararse justo a mi lado, este tío.

¡Atchús!

¿Otro atchús?

Sí, señor Panizo. Otro atchús. Y otro. Y otro. Y muchos más… Esto no se va a acabar nunca. El tipo no parará de estornudar hasta que le haya transmitido a todo el vagón – sobre todo a usted, señor Panizo- sus miasmas.

-¡Atchús!

Es inútil tratar de protegerse tras el libro. A las miasmas no las detiene ninguna edición de bolsillo. Panizo mira con irritación al Gran Estornudador. Lo tiene muy cerca. Más cerca que nadie. El tipo hace pensar en un dibujo de cómic: cuerpo de tonel que acaba en una pelota abollada y prematuramente calva rematada por dos orejas enormes. Atchús, atchús, atchús. No puedes hacer nada para defenderte, Panizo. No te esfuerces. De nada vale que intentes seguir hundiéndote en el asiento. Cuando llegues a Madrid no sólo tendrás una mano fuera de servicio sino que además estarás incubando el virus de la gripe. No hay escapatoria, no hay…

Pero, ¡señor Panizo! ¿Qué hace usted? ¿Se ha vuelto loco?

La mano izquierda de Javier Panizo ha comenzado a aletear como una paloma borracha que sin embargo se eleva. Se eleva. Gana en agilidad. En altura. La mano izquierda. Que ya no se mueve como una paloma, sino como un águila. Un águila que vuela, ciega y suicida, hacia su objetivo. Hacia la nuca sin pelo del hombre que estornuda.

-¡Paf!

Sensacional papirotazo. De los que hacen época. Sólo es gracias a la ayuda de otro pasajero que la víctima del ataque de la mano izquierda de Panizo logra mantener el equilibrio. Naturalmente ha dejado de estornudar.

El hombre abre la boca para replicar. Decirle algo al imbécil que le ha dado el golpe antes de noquearle de un puñetazo. Pero Javier Panizo es más rápido.

-Disculpe la confianza, caballero, pero le estaba viendo a usted sufrir tanto que no he dudado en aplicar el método que mi abuela utilizaba conmigo cuando era niño: una colleja… y la cabeza se despeja. ¿A qué está usted mucho mejor ahora?

El hombre-caricatura no sabe que replicar. Baila la barbilla. Se sorbe los mocos, y por fin, vencido por la amplia sonrisa de Javier Panizo que ha desarmado, no sólo a su víctima, sino también al resto del vagón, acaba por darle las gracias.

-De nada hombre, de nada.

Y el resto del viaje transcurre ya en relativa calma. Javier puede seguir leyendo su libro pues después de verle en acción ya nadie se atreve a sacar los pies del tiesto, ni los niños, ni la golden girl que se lleva a sus amigos al coche-bar, ni ningún otro viajero. Aunque cuando llegan a Madrid su novia, que en el momento tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir la risa, le reprocha el bofetón que ha dado al hombre que estornudaba. Pero lo hace sin fuerza, sin convencimiento, porque sabe que su novio es así: capaz de la mejor de las sonrisas tras haberse dejado llevar por cualquier neurastenia injustificada.

 

(Artilato, aunque más relato que artículo, dictado por Javier Puebla sobre un original de El Año del Cazador, y mecanografiado por Ángel Arteaga Balaguer).

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