Foto del año de Unicef

Pocas veces tiene uno la sensación del vértigo histórico; quizá la Caída del Muro de Berlín o el 11S han sido momentos determinantes que mi generación ha podido vivir, pero esto del Brexit ha conmovido la seguridad de nuestras consciencias de forma parecida, no tanto por el impacto inmediato de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, sino porque es la pieza que confirma el profundo efecto de la crisis del sistema.

Yo creo en Europa, comparto su cultura y tengo el convencimiento de que existe una identidad europea con personalidad suficiente como para constituir una entidad supranacional por encima de los países que la componemos, pero ¿es ahora mismo este proyecto el reflejo de las necesidades de esos pueblos? No soy antieuropeo, sí antidemagogos. Se lamentan nuestros burócratas del voto populista que ha generado esta hecatombe, dicen… No voy a negar ese componente porque mi posición ideológica es la contraria de los partidarios del Brexit, pero hágamos un poco de autocrítica: Europa se deshace como un azucarillo en un café ácido y ardiente que ha destruido la clase media culta que hacía posible la democracia, son los defensores de la Europa del capital los que han puesto las bases para que el patriotismo ramplón emerja como remedio a unas instituciones que sólo legislan para esa enorme clase pasiva de la especulación que no crea riqueza y, sin embargo, se la lleva calentita.

El Brexit no es el problema, es el síntoma de algo mucho mayor y peligroso. Las grandes crisis mundiales se han resuelto con guerras grandes. De momento, y toco madera mirando a Rusia y al polvorín con mecha islámica, no tenemos contienda abierta, pero está claro que hay una revolución en marcha que lo va a cambiar todo. Se queja el solemne político conservador europeo de la emergencia de populismos, me recuerda a ese padre elitista y erudito que jamás atendió a su hijo, que jamás le dio un gesto de afecto, que le proporcionó los dineros y desprecios por igual, y ahora se lamenta de no haber sabido que era heroinómano. No valoro, soy de espíritu europeísta, soy consciente de que el voto en contra de Europa tiene raigambre fascista, pero quienes lo han generado son los antieuropeos que enfundados en la bandera azul han robado el futuro de las generaciones que vienen, han favorecido una economía a imitación de la China dictatorial, se las han dado de laicos y liberales consolidando regímenes teocráticos por trincar el flujo de los petrodolares, una Europa que ignora la tragedia de sus exteriores, una Europa sin una izquierda que modere el egoísmo del lujo surrealista, una Europa cuya sangre era ilustrada y ha sido convertida en mercado de la nueva esclavitud que llaman contrato laboral.

La Europa fina se queja de los modales de la Europa tosca. Como dijo aquél, la economía condiciona el pensamiento. Como no consigamos reconducir la situación, como no devolvamos a los gobiernos la posibilidad de regular al mercado evitando sus salvajismos, este hundimiento va a proseguir. No tengo miedo, sí vértigo; la economía mundial no necesita crecer, necesita enfriarse empós de la sostenibilidad, y lo hará de una de estas dos formas: o manteniendo la acumulación en esas élites soberbias que usan la política a su mayor gloria (generando turbas de pobreza ignorante que son el medio ideal de los extremismos), o reparando los desequilibrios en favor de la libertad y la felicidad, sí, la felicidad, esto es: el conocimiento.

La izquierda es una actitud de búsqueda, una especie de escepticismo político, es pensamiento vivo frente al conservadurismo estático que sólo mira desde la poltrona del que no quiere cambios (porque no le compensan); ahora es el momento de la izquierda… o el horror.

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Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual.
Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003).
Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008.
Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013).
Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013).
Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información.
Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»:

-Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008)
-El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010)
-Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011)
-Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013)

Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros:

-Las apoteosis (2000)
-Libro de las taxidermias (2002)
-Libro de los humores (2005)
-Libro del ensoñamiento (2007)
-Álbum blanco (2011)
-Tenebrario (2013)
-De la luz y tres prosas granadinas (2014).
-Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub)
-Mar de historias. Libro decreciente (2016)

He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es

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