Es verano. Hace calor y no estás tú. Te has ido al lugar donde el frío cala hondo y el sol nunca se pone. Un país inexistente que he inventado para ti.

Es verano. En este Madrid de verbenas y terrazas, leo en el jardín medio en penumbra, y la sombra del tilo se proyecta en la hoja del libro siempre abierto por el primer poema, aquel leído mil veces contigo y que comienza así: En paz, al fin conmigo, puedo ya recordarte…

Me acuerdo ahora de otro verano, siendo adolescentes, en el que venías a rescatarme. Nos habíamos quedado sin vacaciones por haber suspendido los exámenes finales. Poco tiempo parabas en tu casa. Te venías a la mía que era espaciosa y había ventiladores y perros. Jugábamos al escondite, corríamos por los pasillos, cazábamos lagartijas, nos refrescábamos en la fuente del zaguán y dormíamos interminables siestas abrazados sobre la hierba. Era nuestra forma de hacer el amor.

Nadie nos vigilaba. Una vieja empleada nos daba de comer y de cenar. Y al anochecer, regresabas a tu casa, donde tu abuelo te esperaba para tomarte la lección nunca aprendida.

Al día siguiente, volvías al mediodía. Y el ladrido de los perros te daba la bienvenida. Juntos emprendíamos nuevas aventuras: que si poner un nombre distinto a cada una de las rosas antes de que se marchitaran, que si descubrir viejas fotografías en los arcones de madera del desván, que si contar chistes o leer poemas. Todo estaba por descubrir.

Un día, a principios de septiembre, no viniste y supe que ya no te vería más. Nunca nos despedimos. Me habías dicho que tus padres volverían esa noche y que te iban a llevar a un internado en El Escorial para evitar que perdieras el curso siguiente.

Llegó el invierno con sus rutinas y sus días tan cortos. Tan cortos, que no me daba tiempo a pensar en ti.

Un día me dijeron en el colegio que habías tenido un accidente. Un desafortunado accidente subiendo a la silla de Felipe II con tus compañeros. Te resbalaste con una piedra y rodaste monte abajo, rompiéndote por entero. Te llevaron como pudieron al hospital pero estabas deshecho por dentro. Parece mentira como algo tan tonto te consiguió parar. Algo que ni tus padres ni yo, jamás logramos.

Ni un grito de dolor salió de tus labios. Ni tampoco una palabra dirigida a mí. Nada más que un terrible silencio. Y luego, nada… Sólo el vacío.

A los pocos días falleciste. Tenías dieciséis años.

Tardé mucho en reponerme. Años en intentar que te fueras de mi cabeza, sin conseguirlo. La nostalgia se aposentaba todos los veranos en mí. Y ni otros novios ni otras aventuras conseguían borrarla.

Crecí. Me hice mayor. Estudié una carrera. Me casé. Tuve hijos. Trabajé como jardinera y contadora de cuentos para niños. Fui feliz, pasé momentos difíciles. Me caí y me levanté.

Ahora, mediada ya la vida, he vuelto a aquel jardín, a aquella casa donde el cielo y el infierno juntos me traen tu nombre y tu sonrisa. Y aquellos inocentes besos adolescentes me devuelven un deseo que nunca he conseguido saciar.

Bajo las enredaderas dibujo tu silueta en la tierra y regresan al instante imágenes felices.

No necesito nada más. En paz, al fin conmigo, puedo ya recordarte…

 

(Cris 2017)

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