Valle venía a decir que pasear por la madrileña Puerta del Sol en agosto resultaba un acto de valientes. El cambio climático no aturdía a los niveles de ordinario y desconocería que los julios solían ser más cálidos que los agostos, menos el presente, donde los polos siguen fundiéndose y su amada Grecia, a la que tanto estudió, está ardiendo mientras Europa, que le debe la democracia de Pericles, prosigue despreciándola; y averiguaría, revivido, al retrotraerse a su pasado, que la Unión Soviética no fue el paraíso al que en cierta manera sirvió y que Putin se asemeja a su Tirando Banderas. El maestro se aventuraría (los quevedos empañados, la barba luenga, los ropajes raídos) a cruzar la plaza y no comprendería cómo han colocado una tienda de lenguaje digital, él, que era hombre de plumilla. Cerraría los ojos y al igual que la lucidez del ciego de sus quimeras, contemplaría una realidad que quizás le suscitaría escribir unas Comedias Bárbaras de mayor histrionismo que las primigenias.

Su personaje, Max, con la vista cercenada, observaría que el romanticismo ha muerto y que el Marques de Bradomín, alter ego del autor, no enamoraría a mozuelas y se dedicaría a la práctica gimnástica del sexo, exiliado el querer. El patriarca del modernismo (con el permiso de Juan Ramón) no se tragaría las patrañas del post, prefijo de su obra ahora patente en las humanidades, siempre desde el absurdo, pues no lo hay y forma parte del devenir de las corrientes culturales. Acaso fuese capaz de descifrar la frase de Ardorno que nos quiebra las entendederas: “Después de Auschwitz no se puede escribir poesía”. Tal vez, solo en este caso, con su hermosa letra, escribiría postmodernismo.

Max, aún de vista sana, sería incapaz de atisbar la ciudad a través de la hilera de taxis y al levantar la quijada, mediada la contaminación, no se toparía con los aeroplanos que no alzan el vuelo inmersos en similar y justa huelga. Don Ramón María de Valle-Inclán, patidifuso, se detendría a parlamentar con un africano y descubriría asombrado que no pertenecería a la Guardia Mora de su aborrecido, y mío, Franco (conocía la revolución de Asturias donde Franco fue apodado El Carnicerito). El marroquí o subsahariano le manifestaría su pesadumbre de inmigrante cuya cuota pactada con luces y taquígrafos no cumple ninguna nación de la UE.

Luego, Valle-Inclán subiría Carretas y se detendría en un banco de la Plaza de Jacinto Benavente, y se quejaría de nuevo del Nobel inmerecido del anterior que habría de haber recaído en el maestro.

Abrumado aunque feliz de renacer en una democracia sólida, notaría la presencia de una mujer de 55 años a su vera, bella y ajada a la par, y con su galantería le preguntaría el porqué. La dama soliloquiaría sobre la presencia de un gobierno socialista y el maestro, otrora amigo de Azaña, se congratularía. Empero, la mujer, le confesaría que desde la larga crisis, en esta canícula ya recesión para algunos, los distintos gobierno han y vienen diseñando planes de máximos contra el desempleo, menos uno, el de los mayores de 50 años, un millón de parad@s a l@s que restan quince años de cotizar para recibir una pensión digna, y que todavía conservan las fuerzas y la experiencia que harían avanzar a España mientras enseñarían a la generación anterior.

Valle, estupefacto, acaso retornaría a su tumba.

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