Un gobierno, previo a su sesgo diacrónico, es siempre una teoría ideológica, o al menos cierta homogeneidad conceptual del entorno en el que actúa y la finalidad de su propia existencia. En este contexto, no existe la neutralidad, pues no está en la esencia de las propias funciones ejecutivas. Por ello, la eficacia y bondad política de un gobierno siempre será la consecuencia de la coherencia entre la teoría, es decir, la característica ideológica con la que se posiciona en el imaginario colectivo y la naturaleza de sus acciones. Esto condiciona un principio incuestionable de idoneidad que se compadece más con una claridad de criterio ideológico de sus miembros en el ámbito de sus responsabilidades que cualquier otro repertorio de habilidades tecnocráticas. La gran trampa de los gobiernos denominados “técnicos” siempre fue el de airear una neutralidad imposible, al objeto de actuar en pro de intereses minoritarios instrumentando políticas que eran expuestas no como producto de una cosmovisión ideológica sino sobre supuestos “científicos” inconcusos. De ahí parte el concepto unidimensional, que diría Marcuse, del pensamiento único que conlleva la abolición de las alternativas a las políticas conservadoras y neoliberales.

España vive una crisis poliédrica: institucional, política, social, territorial y cultural, como consecuencia de los desequilibrios introducidos en el sistema por los déficits democráticos y sociales de un régimen político cada vez más restrictivo en los ámbitos de lo pensable y de lo posible. Este régimen ha provocado en la izquierda lo que en Francia llaman entropie représentative, término con el que se alude al deterioro de la relación entre electores y electos, donde la ciudadanía se encuentra enclaustrada en una dimensión de consumidores políticos, desencantados ya respecto de la posibilidad de controlar de alguna manera, directa o indirectamente, los mecanismos de las decisiones públicas. Porque la izquierda ha tenido que adaptarse a un régimen donde, por las rígidas hechuras sistémicas e intereses fácticos, su desnaturalización es una coda obligada ya que cualquier proceso de auténtico cambio social, la pulpa nutritiva de la izquierda, es considerado un extremismo intolerable.

La quiebra del sistema de la Transición ha supuesto la bunkerización de un régimen de poder que procura su supervivencia en la fagocitación de las libertades y los derechos ciudadanos, la criminalización del malestar de las mayorías sociales, lo cual supone un grave reflujo democrático en un sistema con un alto grado de inercias autoritarias. Todo gobierno, por su parte, se define, una vez concretados los contextos y la línea ideológica y diacrónica de sus miembros despejando dos interrogantes: para qué (gobierna) y para quién (gobierna). Si es dificultoso llegar a las respuestas desde la objetividad del análisis es posible que estemos ante una operación de marketing precisamente para que esas dos respuestas sean confusas. Hacer política con imágenes puede ser muy imaginativo, pero no deja de ser una devaluación de la política como acción cívica para la convivencia.

Muchos analistas han definido al gobierno de Pedro Sánchez como transversal que podría ser asumido sin problemas por Ciudadanos, lo cual más que transversal su definición correcta sería intercambiable. A pesar de la grave emergencia democrática, la crisis institucional y del régimen de poder, ha desaparecido de la agenda de los partidos dinásticos la regeneración democrática, la reforma del Estado y de la Constitución, la reconstrucción del mundo del trabajo, con obreros sumidos en la depauperación; las políticas sumarias contra las desigualdades económicas y sociales, las acciones para constreñir el retroceso escandaloso de las libertades cívicas y los derechos ciudadanos cuyo ejercicio se ha transferido a los espacios caliginosos del orden público y el código penal.

Esta crisis sistémica no supone tanto la desaparición del bipartidismo, como la inexorable necesidad del régimen del unipartidismo, es decir, la imposibilidad estructural de poder asumir auténticas políticas de izquierdas, ni tan siquiera las derivadas del moderado reformismo escolástico que hoy representan las fuerzas de progreso. Unipartidismo en el sentido de que sólo es posible la aplicación ejecutiva de políticas conservadoras sean cuales sean las siglas que las encarnen. De ahí la reelaboración conceptual de los espacios políticos que ya no se sustancian entre izquierda o derecha sino en constitucionalistas o no constitucionalistas en un intento de unificación ideológica. La política también puede ser evasión para apartarla de sus fines trascendentes. Mitad tecnocracia, mitad espectáculo. Veremos.

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