Descartes, con sus vértices y sus átomos enlazados lo explicaba todo y no calculaba nada. Newton, con la ley de la gravitación lo calculaba todo y no explicaba nada. La historia le ha dado la razón a Newton y ha relegado las construcciones cartesianas al nivel de fantasías gratuitas y recuerdos de museo. No explicaba, obviamente, las causas. Pero no podemos disimular una cierta simpatía, si no nostalgia, por el punto de vista de Descartes.

La victoria del punto de vista newtoniano está plenamente justificada desde la perspectiva de la eficacia, de la posibilidad de establecer predicciones, y por lo tanto de actuar sobre los fenómenos… Pero no estoy del todo convencido de que nuestro intelecto pueda contentarse con un universo regido por un esquema matemático coherente, desprovisto sin embargo de contenido intuitivo… La acción a distancia tenía un cierto tufillo y aun lo tiene de magia.

La razón, (teórico – práctica) en su optimismo enfermizo, piensa ingenuamente, que es capaz de proporcionar a los humanos unos útiles (utensilios) para hacer de la vida de las personas, tanto individual como colectivamente más decente. Uno de estos instrumentos podría ser, no tanto la utopía como lo utópico.

Lo utópico permite al ser humano la articulación de praxis, siempre provisionales, de dominación de la eventualidad. Esto nos permite enfrentarnos a los rostros, tan habituales en los últimos tiempos, de la represión, de la negación como nación, de la humillación, con esperanza y con éxito. Pero debo advertir que la esperanza no es una realidad esencial, que está ahí esperando que suene la última campanada.

Estructuralmente anclada (la esperanza) en el ser humano, solo puede activarse históricamente, en las situaciones diversas, embrolladas y enigmáticas que, para bien o para mal vivimos los humanos. La autentica esperanza es movimiento, implicación, riesgo. ¡Vaya, con el pueblo catalán! con sus épicas movilizaciones sostenidas en el tiempo si ha propiciado la esperanza. Mientras, la simple espera de algunos es incomodidad, rabia, rencor. Mañana saldrá el sol si no llueve.

La esperanza reclama de forma inaplazable el principio de responsabilidad que es respuesta decidida a pesar del mal y la muerte; el convencimiento de que, para hablar como Horkheimer, ni el mal ni la muerte tendrán la última palabra. Aquí podríamos apuntar que ni las mentiras ni las imposiciones tendrán la última palabra.

No creo que el principio de esperanza sea incompatible con el principio de responsabilidad. Avancemos por este camino.

 

Joan Martí

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